LIBRO CUARTO: SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR. EXHORTACIÓN DEVOTA PARA LA SAGRADA COMUNIÓN.

 ¿Por qué, pues, no me inflamo más en tu venerable presencia? ¿Por qué no me dispongo con mayor cuidado para recibirte en el Sacramento, al ver que aquellos antiguos santos patriarcas y profetas, reyes y príncipes, con todo su pueblo, mostraron tanta devoción al culto divino?

Jesucristo:
Venid a Mí todos los que tenéis, trabajos y estáis cargados, y yo os aliviaré, dice el Señor. El pan que yo os daré, es mi carne, por la vida del mundo. Tomad y comed: este es mi cuerpo; que será entregado por vosotros. Haced esto en memoria de Mí. El que come mi carne y bebe mi sangre, está en Mí, y yo en él. Las palabras que os he dicho, espíritu y vida son.

Capítulo primero: Con cuánta reverencia se ha de recibir a Jesucristo.

El Alma:
1.     Estas son tus palabras, ¡oh buen Jesús, Verdad eterna! Aunque no fueron dichas en un tiempo, ni escritas en un mismo lugar. Y pues son tuyas, y verdaderas, debo yo recibirlas todas con gratitud y con fe. Tuyas son, pues, Tú las dijiste; y también son mías, pues las dijiste por mi bien. Muy de grado las recibo de tu boca, para que sean más profundamente grabadas en mi corazón. Despiértanme palabras de tanta piedad, llenas de dulzura y de amor; mas por otra parte mis propios pecados me espantan, y mi mala conciencia me retrae de recibir tan altos misterios. La dulzura de tus palabras me convida; mas la multitud de mis vicios me oprime.

2.     Me mandas que me llegue a Ti con gran confianza, si quiero tener parte contigo, y que reciba el manjar de la inmortalidad, si deseo alcanzar vida y gloria para siempre. Dices: Venid a Mí todos los que tenéis trabajos y estáis cargados, que yo os recrearé. ¡Cuán dulces y amables son a los oídos del pecador estas palabras, por las cuales Tú, Señor Dios mío, convidas al pobre y al mendigo a la comunión de tu Santísimo Cuerpo! Mas ¿quién soy yo, Señor, para que presuma llegarme a Ti? Veo que no cabes en los cielos de los cielos; y Tú dices: ¡Venid a Mí todos!

3.     ¿Qué quiere decir esta tan piadosa dignación, y este tan amistoso convite? ¿Cómo osaré llegarme yo que no reconozco en mí cosa buena en que pueda confiar? ¿Cómo te hospedaré en mi habitación yo que tantas veces ofendí tu benignísima presencia? Los ángeles y arcángeles tiemblan: los Santos y justos temen. Y Tú dices: !Venid a Mí todos! Si Tú, Señor, no dijeses esto, ¿quién lo creería? Y si Tú no lo mandases, ¿quién osaría llegarse a Ti.

4.     Noé, varón justo, trabajó cien años en fabricar una arca para guarecerse en ella con pocas personas: ¿pues cómo podré yo en una hora prepararme para recibir con reverencia al que fabricó el mundo? Moisés, tu gran siervo y tu amigo especial, hizo una arca de madera incorruptible, y la guarneció de oro purísimo para poner en ella las tablas de la Ley; ¿y yo, criatura podrida, osaré recibirte tan fácilmente a Ti, hacedor de la ley y dador de la vida? Salomón, el más sabio de los reyes de Israel, edificó en siete años, en honor de tu nombre, un magnífico templo. Celebró ocho días la fiesta de su dedicación,   ofreció   mil  hostias   pacíficas,  y   colocó   solemnemente  el   Arca  del Testamento, con músicas y regocijos, en el lugar que le estaba preparado. Y yo, miserable y más pobre de los hombres, ¿cómo te introduciré en mi casa, que difícilmente estoy con devoción media hora? Y ¡ojalá que alguna vez gastase bien media hora!

5.       ¡Oh Dios mío! ¿Qué no hicieron aquellos por agradarte? Mas ¡ay de mí! ¡Cuán poco es lo que yo hago! ¡Qué corto tiempo gasto en prepararme para la Comunión! Rara vez estoy del todo recogido, y rarísima me veo libre de toda distracción. Y en verdad, que en tu saludable y divina presencia no debiera ocurrirme pensamiento alguno poco decente, ni ocuparme criatura alguna; porque no voy a hospedar a algún ángel, sino al Señor de los ángeles.

6.       Además, hay grandísima diferencia entre el Arca del Testamento con cuanto contenía, y tu purísimo Cuerpo con sus inefables virtudes; entre aquellos sacrificios de la ley antigua que figuraban los venideros, y el sacrificio de tu cuerpo, que es el cumplimiento de todos los sacrificios antiguos.

7.       ¿Por qué, pues, no me inflamo más en tu venerable presencia? ¿Por qué no me dispongo con mayor cuidado para recibirte en el Sacramento, al ver que aquellos antiguos santos patriarcas y profetas, reyes y príncipes, con todo su pueblo, mostraron tanta devoción al culto divino?

8.      El devotísimo rey David bailó con toda su fuerza delante del arca de Dios, acordándose de los beneficios hechos en otro tiempo a los padres. Hizo diversos instrumentos músicos; compuso salmos, y ordenó que se cantasen con alegría; y aun él mismo los cantó frecuentemente el arpa, inspirado de la gracia del Espíritu Santo; enseñó al pueblo de Israel a alabar a Dios de todo corazón, y bendecirle y celebrarle cada día con voces acordes. Pues si tanta era entonces la devoción, y tanto se pensó en alabar a Dios delante del Arca del Testamento, ¿cuánta reverencia y devoción debo yo tener, y todo el pueblo cristiano, a presencia del Sacramento y al recibir el Santísimo cuerpo de Cristo?

9.       Muchos corren a diversos lugares para visitar las reliquias de los Santos, y se maravillan de oír sus hechos, miran los grandes edificios de los templos, y besan los sagrados huesos guardados en oro y seda. Y Tú estás aquí presente delante de mí en el altar, Dios mío, Santo de los Santos, Criador de los hombres y Señor de los ángeles. Muchas veces los hombres hacen aquellas visitas por la novedad y por la curiosidad de ver cosas que no han visto; y así es que sacan muy poco fruto de enmienda, mayormente cuando andan con liviandad, de una parte a otra, sin contrición verdadera. Más aquí, en el Sacramento del Altar, estás todo presente, Jesús mío, Dios y hombre; en él se coge copioso fruto de eterna salud todas las veces que te recibieren digna y devotamente. Y a esto no nos trae ninguna liviandad ni curiosidad o sensualidad; sino la fe firme, la esperanza devora, y la pura caridad.

10.   ¡Oh Dios invisible, Criador del mundo, cuán maravillosamente lo haces con nosotros! ¡Cuán suave y graciosamente te portas con tus escogidos, a quienes te ofreces a Ti mismo en este Sacramento para que te reciban! Esto, en verdad, excede sobre todo entendimiento; esto especialmente cautiva los corazones de los devotos y enciende su afecto. Porque los verdaderos fieles tuyos, que se disponen para enmendar toda su vida, de este Sacramento dignísimo reciben continuamente grandísima gracia de devoción y amor de la virtud.

11.      ¡Oh admirable y escondida gracia de ese Sacramento, la cual conocen solamente los fieles de Cristo! Pero los infieles y los que sirven al pecado, no la pueden gustar. En este Sacramento se da gracia espiritual, se repara en el alma la virtud perdida, y reflorece la hermosura afeada por el pecado. Tanta es algunas veces esta gracia, que de la abundante devoción que causa, no sólo el alma, sino aun el cuerpo flaco siente haber recibido fuerzas mayores.

12.      Pero es muy mucho de sentir y de llorar nuestra tibieza y negligencia, porque no nos movemos con mayor afecto a recibir a Cristo, en quien consiste toda la esperanza y el mérito de los que se han de salvar. Porque El es nuestra santificación y redención, El nuestro consuelo en esta peregrinación y el gozo eterno de los Santos. Y así es muy digno de llorarse el poco caso que muchos hacen de este saludable Sacramento, el cual alegra al cielo, y conserva al universo mundo. ¡Oh ceguedad y dureza del corazón humano, que tan poco atiende a tan inefable don, y por la mucha frecuencia ha venido a reparar menos en él!

13.      Porque si este sacratísimo Sacramento se celebrase en un solo lugar y se consagrase por un solo sacerdote en todo el mundo, ¿con cuánto deseo y afecto acudirían los hombres a aquel sacerdote de Dios para verle celebrar los divinos misterios? Mas ahora hay muchos sacerdotes, y se ofrece Cristo en muchos lugares, para que se muestre tanto mayor la gracia y amor de Dios al hombre, cuanto la sagrada Comunión es más liberalmente difundida por el mundo. Gracias a Ti, buen Jesús, pastor eterno que te dignaste recreamos a nosotros pobres y desterrados, con tu precioso cuerpo y sangre; y también convidarnos con palabras de tu propia boca a recibir estos misterios, diciendo: Venid a Mí todos los que tenéis trabajos y estáis cargados, que yo os aliviaré.

Capítulo II: De la bondad y caridad de Dios, que se manifiesta en este Sacramento para con los hombres.

El Alma:
1.        Señor, confiando en tu bondad y gran misericordia, vengo yo enfermo al médico; hambriento y sediento, a la fuente de la vida; pobre, al rey del cielo; siervo, al Señor; criatura, al Criador; desconsolado, a mi piadoso consolador. Mas ¿se dónde a mí tanto bien, que Tú vengas a mí? ¿Quién soy yo para que te me des a Ti mismo? ¿Cómo se atreve el pecador a comparecer delante de Ti? Y Tú ¿cómo te dignas de venir al pecador? Tú conoces a tu siervo, y sabes que ningún bien tiene por donde pueda merecer que Tú le hagas este beneficio. Yo te confieso, pues, mi vileza, reconozco tu verdad, alabo tu piedad, y te doy gracias por tu extremada caridad. Pues así lo haces conmigo, no por mis merecimientos, sino por Ti mismo, para darme a conocer mejor tu bondad; para que se me infunda mayor caridad, y se recomiende más la humildad. Pues así te agrada a Ti, y así mandaste que se hiciese; también me agrada a mí que Tú lo hayas tenido por bien. ¡Ojalá que no lo impida mi maldad!

2.        ¡Oh dulcísimo y benignísimo Jesús! ¡Cuánta reverencia y gracias acompañadas de perpetua alabanza te son debidas por habernos dado tu sacratísimo cuerpo, cuya dignidad ningún hombre es capaz de explicar! Mas ¿qué pensaré en esta comunión, cuando quiero llegarme a mi Señor, a quien no puedo venerar debidamente, y sin embargo deseo recibir con devoción? ¿Qué cosa mejor y más saludable pensaré, sino humillarme profundamente delante de Ti, y ensalzar tu infinita bondad sobre mí? Yo te alabo, Dios mío, y deseo que seas ensalzado para siempre. Despréciome y me rindo a tu majestad en el abismo de mi bajeza.

3.      Tú eres el Santo de los Santos, y yo la basura de los pecadores. Tú te bajas a mí, que no soy digno de alzar los ojos para mirarte. Tú vienes a mí, Tú quieres estar conmigo, Tú me convidas a tu mesa. Tú me quieres dar a comer el manjar celestial, y el pan de los ángeles; que no es otra cosa por cierto sino Tú mismo, pan vivo que descendiste del cielo, y das vida al mundo.
4.      ¡Cuánto es, pues, tu amor, cuál tu dignación! y ¡cuántas gracias y alabanzas te son debidas por esto! ¡Oh cuán saludable y provechoso designio tuviste en la institución de este Sacramento! ¡Cuán inefable tu verdad! Pues Tú hablaste, y fue hecho el universo; y se hizo lo que Tú mandaste.
5.      Admirable cosa es, digno objeto de la fe, y superior al entendimiento humano, que Tú, Señor Dios mío, verdadero Dios y hombre, eres contenido entero debajo de las especies de pan y vino, y sin detrimento eres comido por el que te recibe. Tú, Señor de todo, que de nada necesitas, quisiste habitar entre nosotros por medio de este Sacramento. Conserva mi corazón y mi cuerpo sin mancha, para que con alegre y limpia conciencia pueda celebrar frecuentemente, y recibir para mi eterna salvación este digno misterio, que ordenaste y estableciste principalmente para honra tuya memoria continua.

6.      Alégrate, alma mía, y da gracias a Dios por don tan excelente y consuelo tan singular que te fue dejado en este valle de lágrimas. Porque la caridad de Cristo nunca se disminuye, y la grandeza de su misericordia nunca mengua.

7.      Por eso te debes preparar siempre con nueva devoción del alma, y pensar con atenta consideración esta gran misterio de salud. Así te debe parecer tan grande, tan nuevo y agradable cuando celebras u oyes Misa, como si fuese el mismo día en que Cristo, descendiendo en el vientre de la Virgen se hizo hombre; o aquel en que puesto en la Cruz padeció y murió por la salud de los hombres.

Fuente: Encuentra