Afirmó que «Jesús se enfadó mucho con los Apóstoles porque no dejaban que
los niños se le acercasen»
Del mismo modo que puso ante los ojos de toda Bolivia la vergonzosa
cárcel
de Palmasola el viernes, el Papa Francisco convirtió el sábado en
protagonistas a los niños
enfermos del Paraguay visitando a primera hora un hospital pediátrico en las afueras
de Asunción. Fue un encuentro alegre, un poco desordenado, informal y muy
conmovedor: un momento de alegría con familias que sufren mucho en silencio.
El Santo Padre llegó en un sencillo automóvil
blanco –como
siempre, el más pequeño de la comitiva–, y fue recibido por algunos jóvenes
pacientes y los directivos del Hospital «Niños de Acosta
Ñú», que cuenta con un centenar de camas y recibe ayuda del Policlínico
de Módena, Italia.
Francisco dedicó un buen rato a charlar con cuatro niñas que han
recibido trasplantes de corazón, acompañadas de sus padres. Se emocionó, sobre todo,
con los pequeños pacientes
de oncología: niños con cáncer, de los cuales algunos saldrán adelante y
otros no. Los chiquillos le entregaban dibujos, cartas y pequeños regalos,
incluido uno bastante inesperado: el gallo «Felipe», la mascota de uno de
ellos.
Un Papa cercano y espontáneo
A continuación, en un encuentro con los niños, los
padres y el personal a las puertas del pediátrico, el Papa comentó a los
chiquillos que «Jesús se enfadó mucho una vez con los Apóstoles. ¿Y saben por
qué? ¡Porque no dejaban que los niños se le acercasen!». El aplauso de los
pequeños fue inmediato y atronador.
Una chiquita lo tomó al pie de la letra y se fue corriendo con un
paquetito para regalárselo al Papa. Naturalmente, el servicio de seguridad no
hizo nada para impedir que se acercase, y la pequeña logro su objetivo.
Era todo muy
espontáneo. Cuando Francisco les dijo que iba a dar la bendición, uno de
los chiquillos que se le habían acercado y que lo agarraba por la cintura,
le interrumpió para decirle algo y entregarle un objeto rectangular amarillo.
El Papa le escuchó, le hizo un gesto de cariño, tomó el regalo y lo
enseño a todos conmovido y
orgulloso: «Me acaba de dar su credencial para que le recuerde. Eso es lo
que tenemos que ser: sencillos como los niños».
Cuando iba a subir al automóvil, una mujer se acercó llevando a su
hija pequeñísima y semidormida apoyada en el hombro. Era evidente que la
chiquilla estaba enferma. El
Papa la besó con cariño mientras los adultos, a su alrededor, lloraban.
El cariño de las «Villas de la miseria»
Francisco continuó su camino hacia el santuario de la Virgen de
Caacupé, patrona del Paraguay, que conoce muy bien pues buena parte de
los habitantes de las «villas miseria», las ciudades de chabolas de Buenos Aires,
son inmigrantes muy pobres de Uruguay, sobre todo mujeres que hacen trabajos
domésticos, sin permiso de residencia ni protección social.
El entonces arzobispo Jorge Bergoglio dedicó la nueva iglesia, muy
modesta, de una de las
«villas miseria» a la Virgen de los Milagros de Caacupé, y la visitaba
con frecuencia para ayudar al párroco y charlar con las familias, lo mismo que
hacía en las otras «villas», que suelen contar con veinte o treinta mil
habitantes.
Por eso el viernes, durante su encuentro con las
autoridades del Paraguay en el palacio presidencial de Asunción, el Papa
añadió al discurso que estaba leyendo un saludo muy cariñoso a «los paraguayos
de Buenos Aires».
Algunos de ellos, junto con muchos argentinos se han puesto en camino
para participar en la misa del sábado en Caacupé o la del domingo en Ascensión.
Llegarán más de medio millón, incluida la presidenta, Cristina Fernández de
Kirchner, para su sexto encuentro con el Papa.
Fuente: ABC
