Gaudí veía la naturaleza, por tanto, como la arquitectura creada por Dios y se veía a sí mismo como el intermediario arquitectónico entre Dios y los hombres, como el interpretador y el prolongador de la creación de Dios
El interés
universal que suscita nuestro Antonio Gaudí ha llevado a algunos a calificarlo
como ecologista. Si con esta afirmación se quiere remarcar que Gaudí, en su
obra creadora, se inspiró en la naturaleza, la afirmación es obvia. Es conocida
su frase: "Este árbol que hay delante de mi obrador, este es mi maestro".
Sin embargo, durante la vida de Gaudí la naturaleza no era vista como un entorno amenazado por la acción del hombre que hay que salvar o preservar. Este sentimiento es posterior a Gaudí, y obviamente tiene razones sólidas.
La naturaleza en la que Gaudí buscaba la inspiración y la armonía de sus
creaciones era una creación divina, con unas leyes que se debían comprender y
una belleza que había que admirar e imitar. Gaudí, más que un salvador de la
naturaleza, era un admirador, un descifrador de sus misterios, en los que veía
la huella divina.
La
calificación de Gaudí como el arquitecto de
Dios la utilizó
un sacerdote de Barcelona muy sensible a las cuestiones del arte, mosén Manuel
Trens, en un artículo publicado con ocasión de la muerte del arquitecto. Decir
que Gaudí quiso ser el arquitecto de Dios no es una afirmación gratuita. En
casi todas sus obras, de forma subyacente, hay una clara voluntad de
reproducir, continuar y mejorar la obra de la naturaleza, que para él era tanto
como decir la obra divina.
Gaudí veía la naturaleza, por tanto, como la arquitectura creada por
Dios y se veía a sí mismo como el intermediario arquitectónico entre Dios y los
hombres, como el interpretador y el prolongador de la creación de Dios. Gaudí quería terminar sus creaciones con la cruz de
cuatro brazos en el punto más alto, como se cumplirá cuando se acabe la Sagrada
Familia.
En 1991, al cabo de ciento cuarenta años del nacimiento de Gaudí, se
fundó en Barcelona una asociación para promover su beatificación. Ya completados
los trámites del proceso a nivel diocesano, ahora la causa está en Roma.
Tenemos la esperanza de que un día podremos ver al gran arquitecto en los
altares. Si este deseo se cumple, será el primer arquitecto de la historia que
haya entrado en el santoral cristiano.
Y, ciertamente, entrará como una mirada
sobre la naturaleza profundamente franciscana y como un genio que expresó en
toda su obra la voluntad de prolongar la obra de la naturaleza, identificada
como la obra de Dios. En este sentido, el título de arquitecto de Dios se
convierte en una clave para entender toda su actividad creadora.
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Lluís Martínez Sistach
Cardenal
arzobispo de Barcelona
