Cuesta acoger a quien nos pide perdón y más aún perdonar, pero es muy saludable bajo el punto de vista espiritual, psicológico y también a veces físico. No hay terapia más liberadora que el perdón
El Concilio Vaticano II conociendo la importancia y la necesidad del
Sacramento de la Reconciliación dio un fuerte impulso a su revitalización con su
reforma. El papa Francisco nos indica a los sacerdotes: «Nunca me cansaré de
insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del
Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos
hacemos nosotros penitentes en busca del perdón. Nunca olvidemos que ser
confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto
de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva.
Una de las claves de la toma de conciencia del pueblo cristiano de los bienes
de este sacramento es el compromiso y celo de los sacerdotes para catequizar,
invitar a practicarlo, vivirlo y fomentarlo. Es la forma de revitalizar la
Iglesia y las parroquias. El Ritual de la Penitencia invita a los sacerdotes a
«estar siempre dispuestos a confesar a los fieles cuando éstos se lo pidan. La
acogida ha de ser revelando el corazón del Padre a los hombres y reproduciendo
la imagen de Cristo Pastor» (cf. RP 10).
El Sacramento de la Reconciliación es necesario para reconstruir las
comunidades cristianas y la sociedad divididas por el pecado. Dice el Señor:
«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». (Lc 6, 36-37). Jesús
nos enseñó a rezar en el padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas como nosotros
perdonamos a los que nos ofenden» (Lc 11, 4). Sin perdón no se puede vivir. Si
se van sumando los agravios que pensamos que nos hacen, se hace insoportable la
convivencia entre las personas. Perdonar y no conservar memoria de las ofensas
es una característica del cristiano que, gracias a Dios, tiene la capacidad de
poner la otra mejilla. Después del aprendizaje pedagógico de los errores es
necesario en todas las actividades de la vida «hacer borrón y cuenta nueva» para
seguir progresando.
Perdonar y ser perdonados produce un gran consuelo y una paz del alma
inigualable. Cuando después de la celebración del Sacramento de la Penitencia el
sacerdote dice: Dios os ha perdonado, perdonaos también unos a otros, salimos
con el alma nueva. A partir de ese momento todo se puede rehacer. ¡Cuántas
situaciones dificilísimas de convivencia se han solucionado con la confesión!
Tenemos una doctrina portentosa del Señor para sanar los corazones heridos y
destrozados: Perdonar hasta setenta veces siete; no presentar la ofrenda ante el
altar si antes no te has reconciliado con tu hermano (cf Mt 5, 24).
Sólo quien ha tenido experiencia personal de haber sido objeto de la
misericordia de Dios tiene capacidad para practicarla con los demás. Es una
respuesta inmediata de correspondencia a la gracia y un acto de agradecimiento a
Dios. Si te perdonaron mucho ¿por qué no vas a ser capaz de perdonar poco? (cf
Mt 18, 23-35). Dice San Pablo: «Perdonaos los unos a los otros, como Dios os ha
perdonado en Cristo» (Ef 4,31-32) Y repite a los Colosenses: «Como el Señor os
perdonó, así también perdonaos vosotros» (Col 3, 12-13). «Nada nos asemeja más a
Dios que el estar siempre dispuestos a perdonar» (San Juan Crisóstomo, Homilía
Sobre San Mateo, 61). El ejemplo más sublime lo tenemos en Jesús que en el
trance supremo de su muerte injusta en la cruz suplica: «Padre, perdónalos
porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34-37).
Cuesta acoger a quien nos pide perdón y más aún perdonar, pero es muy
saludable bajo el punto de vista espiritual, psicológico y también a veces
físico. No hay terapia más liberadora que el perdón. Dice San Agustín que para
que la conciencia esté plenamente tranquila «si ya has perdonado te falta pedir
a Dios por tu hermano» (Sermón 211 sobre la concordia fraterna). El Sacramento
de la Reconciliación es el origen de acontecimientos portentosos porque se
recibe la capacidad de ir a pedir humildemente perdón y de recibir el perdón con
gozo y entrañas misericordiosas. San Pablo sabía que para construir comunidades
es necesario perdonarse «siempre que alguien diere a otro motivo de queja» (Col
3,12-14).
+ Francisco Pérez González, arzobispo de Pamplona y obispo de
Tudela
