La purificación del templo, que Jesús realiza expulsando a los animales y
derribando la mesa de los cambistas, es un gesto profético que nada tiene que
ver con la imagen de Jesús, convertido en un revolucionario político contra los
poderes establecidos: la clase sacerdotal y el poder de Roma.
Nada más lejos de Cristo que el uso de la violencia como método de
transformación religiosa o política. Si hubiera sido así, la policía del templo
y los soldados romanos le hubieran apresado. La pregunta que las autoridades
judías hacen a Jesús —«¿qué signos muestras para obrar así?»— indica más bien
que su gesto fue interpretado como lo que realmente era: una acción profética
con el fin de devolver al templo su carácter sagrado de casa de oración. De ahí
que le exijan a Jesús algún signo que justifique la autoridad con la que actúa
en el templo, lugar santo por excelencia.
Jesús responde de manera enigmática con unas palabras que sus interlocutores
entienden como referidas al templo de Jerusalén: «Destruid este templo y en tres
días lo levantaré» (Jn 2,19). El evangelista explica que se refería al templo de
su cuerpo, en una clara alusión a la resurrección al tercer día. Sus palabras,
por tanto, son un anuncio de su muerte y resurrección. La muerte destruirá su
cuerpo, y la resurrección lo levantará de entre los muertos. Con esta respuesta,
Jesús ofrece el signo que le piden sus oponentes. Su signo no es otro que su
misterio pascual. La autoridad de Jesús para purificar el templo se fundamenta
en el hecho de que, con su muerte y resurrección, Jesús establecerá un templo
nuevo que terminará con el antiguo. Él mismo se convierte en el templo
definitivo donde el hombre puede encontrarse tú a tú con Dios.
En este sentido las palabras del salmo 69, que los discípulos recuerdan
cuando Jesús realiza la purificación, son muy significativas: «El celo de tu
casa me devora». Interpretadas literalmente, estas palabras apuntan a la causa
de la muerte de Jesús: ha sido devorado por la muerte al querer purificar de
todo lo inmundo la casa de su Padre. De hecho, san Marcos precisa que, después
de la expulsión de los mercaderes del templo, los sumos sacerdotes y los
escribas buscaban el modo de acabar con él. Esta es la paradoja de Cristo: que
aquél que purifica el templo para hacer de él una casa de oración y no una cueva
de bandidos termina devorado por su propio celo. Pero, gracias a ello, se
establece el verdadero culto, del que habló con la samaritana, cuando le dijo
que los verdaderos adoradores de su Padre no le darían culto ni en el monte de
Samaria ni en el de Jerusalén, sino en el Espíritu y la Verdad.
A medida que avanzamos hacia la Pascua, la Iglesia nos señala con más
claridad nuestra meta: estamos llamados a dar culto a Dios en el templo que él
mismo nos ofrece en la persona de Cristo. Pero no debemos olvidar que cada
cristiano es un templo vivo de Dios, necesitado de purificación. La Cuaresma es
un tiempo propicio de gracia para dejar que Cristo entre en nuestro templo
interior y lo purifique de todo aquello que lo convierte en cueva de bandidos:
ídolos, manipulaciones de lo religioso, fariseísmo, fe fingida, falta de
autenticidad en el amor de Dios y del prójimo, búsqueda de seguridades y
chantajes a Dios para que se avenga a nuestros intereses, oraciones largas e
interminables carentes de verdad y de espíritu, injusticias con apariencia de
bien. Nada de esto pertenece al verdadero culto establecido por Cristo, quien
busca agradar al Padre de tal modo que entrega su vida para recuperarla de nuevo
y ofrecernos la posibilidad de ser también nosotros lugares donde la presencia
de Dios se hace visible a los demás mediante la verdad, la justicia y la
misericordia. Vivir o no vivir en Cristo es el signo que los cristianos podemos
ofrecer hoy al mundo si queremos purificarlo de toda maldad.
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Obispado de Segovia
