Aprendimos de niños que la cruz es el signo del cristiano. Nos santiguamos con
frecuencia para recordar que en ella Cristo expresó su amor de manera definitiva
e inefable. La cruz preside los hogares cristianos, templos, asambleas y hasta
centros sociales de diversa índole: escuelas, hospitales, albergues de
peregrinos.
En los sacramentos que imprimen carácter, el celebrante marca solemnemente la
cruz, con el santo crisma, a quien es ungido por Cristo con una gracia nueva,
trasformadora de su existencia. «Oh, cruz gloriosa», canta la liturgia. La cruz
es el sello que nos remite a Cristo, como Señor al que pertenecemos. Aún hoy,
los cristianos coptos, son tatuados con la cruz en una muñeca de sus manos para
indicar que han sido sellados por Cristo y para Cristo.
En sí misma, la cruz es un horrendo y cruel patíbulo de muerte inventando por
los persas. ¿Llevaría hoy alguien colgado en el cuello como adorno una silla
eléctrica, una horca o un garrote vil? Pues esa macabra impresión hubiera
producido en los contemporáneos de Cristo ver utilizada la cruz como un adorno,
una joya o algo meramente decorativo. San Pablo dice que para los judíos la cruz
es un escándalo y para los griegos una necedad. Desde la perspectiva de ambos
grupos, no le faltaba razón. Los judíos se escandalizaban de que un “maldito”
colgado en la cruz por blasfemo pudiera ser confesado como Mesías. Y a los
griegos no les cabía en sus entendederas que la salvación anunciada por los
cristianos dependiera de un patíbulo ignominioso de la muerte.
¿A qué viene todo esto en este domingo que presenta a Jesús trasfigurado en
el Tabor? El evangelio de hoy ha cambiado las palabras “seis días más tarde” por
“en aquel tiempo”. Este cambio descontextualiza el hecho de la trasfiguración
que ocurre, ciertamente, seis días más tarde de que Jesús anunciase a
los discípulos que debía ser ejecutado y recriminara duramente a Pedro por
intentar apartarlo del camino de la cruz. Intencionalmente sube al Tabor con los
tres discípulos que, en Getsemaní, verán la agonía de Jesús ante su muerte. La
trasfiguración tiene como fin mostrar que la cruz es el camino de la gloria,
como dice el prefacio de la eucaristía. Jesús revela su gloria a quienes un día
serán testigos de su terror ante la muerte. Así, los fortalecía de antemano ante
una de las pruebas más duras que deberían pasar los tres primeros apóstoles:
superar el escándalo de la cruz para poder predicarlo a todos los pueblos. Nada
extraña, pues, que Pedro, recordando el hecho en el Tabor, escriba así: «Os
hemos dado a conocer el poder y la venida de Nuestro Señor Jesucristo, no
siguiendo fábulas ingeniosas sino después de haber visto con nuestros propios
ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria cuando la sublime
Gloria le dirigió esta voz: “Este es mi Hijo amado en quien me complazco”.
Nosotros mismos escuchamos esta voz, estando con él en el monte santo» (2Pe
1,17-18).
+ César Franco
Obispo de
Segovia
Fuente: Obispado de Segovia
