Se puede decir que es una película que recoge mucha belleza: la belleza de la tierra, de la naturaleza, del amor familiar, del amor de hombre y mujer, de la comunidad fraterna…
En 2003, el pequeño Colton Burpo, de Nebraska,
empezó a contar a sus asombrados padres sus experiencias en el
Cielo, que había experimentado meses antes estando anestesiado en una
sala de quirófano, con 4 años de edad.
Un interrogatorio sistemático no
era posible… durante unos años el niño fue contando distintos episodios
o recuerdos de esa visión del Cielo.
Su padre, Todd Burpo,
pastor metodista wesleyano –una tradición protestante muy poco dada a
visiones, profecías y misticismos- los fue recogiendo, intentando
encajarlas con lo que conocía por la Biblia. Después, con la periodista Lynn
Vincent, le dio forma de libro.
8 millones de ejemplares
vendidos
Así, el libro
“El Cielo es real” ha vendido más de 8 millones
de ejemplares en EEUU y la película que promociona Sony, muy
fiel al libro, ha recaudado 90 millones de dólares, superando a
cualquier otra película de tipo “testimonio cristiano” o “testimonio
sobrenatural” hasta el momento (no nos referimos a películas de trama bíblica).
En España se estrena el 19 de junio.
Pero lo que hace
que se venda el libro y lo que hace que se venda la película son dos cosas
distintas, porque son dos géneros distintos.
Lo que la gente busca en una película son
emociones, conflictos y una trama.
Lo que la gente busca en el
libro es una “guía de viaje” del Cielo. Queremos saber lo que hay allí.
Al gran público le interesa saber algo de Dios, allí en el
Cielo, ya que es el anfitrión, pero interesa mucho más saber sobre
nosotros mismos: ¿veremos a nuestros difuntos?, ¿qué aspecto tendrán?,
¿qué haremos allí?, ¿qué aspecto tiene?, ¿a qué se parecen los
ángeles?
Cuando San
Pablo vio el Cielo dijo que...
En 2 Corintios 12, San Pablo, que
predicaba a un público ávido de revelaciones místicas y competía con otros
predicadores muy dados a las visiones celestiales, por primera y única vez
accede reticentemente a hablar de su experiencia mística en el Cielo. "Sé de un
hombre en Cristo, que hace catorce años - si dentro del cuerpo o fuera
del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe - fue arrebatado hasta el tercer
cielo" (dice refiriéndose a sí mismo, a algo que le pasó hacia el año
40 siendo predicador "novato" en Antioquía). “Y sé que ese hombre - si dentro
del cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe - fue arrebatado al
Paraíso”, continúa. Y aquí es donde todo el público espera que explique las
maravillas que vio en esa morada celestial de los santos y los
justos.
Pero Pablo, en vez de dar detalles, dice simplemente que
allí sólo “oyó palabras inefables, que el hombre no puede pronunciar”.
Parece que no vio nada: sólo oyó, y lo que oyó, no se puede ni explicar. Y
además, para no engreirse, añade, Dios le otorgó un "aguijón de la carne"
(probablemente un dolor físico o enfermedad) para mantenerle humilde. Y predicar
la Cruz, no maravillas celestiales.
Teresa y Juan de la
Cruz
Un gran místico y poeta como San Juan de la Cruz, aunque en su
“Cántico Espiritual” aporta muchas citas bíblicas sobre lo delicioso que es el
Cielo, al hablar de su propia experiencia mística se limita a admitir que sobre
el Cielo, aunque “todos los términos excelentes y de calidad y de grandeza y
bien le cuadran”, ni siquiera todos juntos son capaces de expresarlo. Nada de
detalles ni de imágenes.
Y el viaje de Santa Teresa al Cielo es
interesante porque en su autobiografía escribe: “Las primeras personas
que allí vi fue a mi padre y mi madre”… y ya no escribe más sobre su
familia. Hablar de reencuentros humanos no le interesa, y enseguida va a
lo que importa: Dios, la unión con Dios, el Dios que llena la eternidad y quiere
llenar a Teresa también. “Sólo Dios basta”.
Pero la gente de la
calle no quiere saber mucho sobre Dios –ya se entiende que Él está bien allí-
sino sobre los seres queridos, perdidos y reencontrados, y sobre
nuestras relaciones personales.
Este es un anhelo humano y
comprensible, y cuando la Iglesia no lo responde, aparecen otras
propuestas –los mormones y los swedenborguianos, por ejemplo- que lo
hacen con todo lujo de detalles. Incluso los Testigos de Jehová lo hacen, no
tanto con sus textos como con sus deliciosas ilustraciones de niños
multirraciales jugando con el león y el cordero en verdes prados. La
gente quiere imágenes, y la Iglesia es reticente a darlas, como
reticentes fueron Pablo, Juan de la Cruz y Teresa. En la “Historia del
Cielo” de McDannell y Lang (Taurus, 2001) recuerdan una cita de Doctrina de
la Fe de 1979: “Al tratar de la situación del hombre tras la muerte hay que
ser especialmente precavidos ante las representaciones imaginativas y
arbitrarias; el exceso en este aspecto es una de las dificultades con
las que se encuentra la fe cristiana”.
Hay una lucha de 2.000 años entre
el impulso de los artistas de expresar lo inexpresable y la tendencia de los
pastores y teólogos por desanimarlos con un “déjalo, cualquier cosa que
hagas se quedará corta… y eso suponiendo que busques expresar a Dios, y no a ti
mismo”.
Las
películas han de usar imágenes
Akiane Kramarik, de familia no creyente,
pintó ese retrato de Jesús titulado
"Príncipe de Paz: la Resurrección"
cuando tenía 8 años; dice que fue
una visión del Cielo;
el pequeño Colton, al verlo, dijo que
era como el Jesús que vio é
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Pero un niño de 4 años, ¿cómo puede
hablar del Cielo si no es con imágenes? Y una película sobre ello, ¿qué puede
hacer sino tomar decisiones sobre imágenes? El Islam no puede mostrar con
imágenes a Mahoma ni a Dios. Tampoco el judaísmo puede mostrar a Dios con
imágenes. Incluso la historia del arte cristiano -Cristo, imagen visible del
Dios invisible- ha luchado siempre contra el dilema de dar imagen a lo
que “ni el ojo vio ni el oído oyó”. Pero una película tiene que dar
imágenes porque una película se hace con imágenes.
Así que la película
de “El Cielo es real” empieza con el acto de
anti-iconoclastia por excelencia: una niña en un desván pinta un rostro,
el rostro de Jesús, con todo detalle, empezando por los ojos. Y al
final, el pequeño Colton –en la vida real y en la película- dirá que así
era Él, Jesús, que así eran sus ojos. Ojos verdes… como los de sus
padres.
(Compárese con Santa Teresa, que en su Autobiografía
escribe: “Aunque yo estaba extremadamente deseosa de contemplar el color de sus
ojos [de Jesucristo] o su forma, para poder describirlos, no alcancé a verlos y
nada pude hacer por conseguirlo”).
Y la imagen de ojos verdes que vio
Colton y pintó la niña está accesible a todos en Internet: se llama “Príncipe de
Paz” y la pintó con 8 años Akiane Kramarik, impresionante pintora
prodigio, hija de familia no creyente, educada sin religión en Idaho
(aunque su madre es de Lituania), pero desde niña pintora “inspirada” de temas
espirituales (la web de Akiane, www.akiane.com, agradece la presencia de su cuadro en
la película).
Lo sobrenatural y la
familia
Decíamos que la gente compra
el libro buscando la “guía de cosas interesantes del Cielo” que los santos y
la Iglesia se niegan a dar.
Pero en la película los espectadores buscan
que les cuenten una historia, un conflicto. El director ha dicho que al
público no religioso lo que les interesará es la historia de un padre que lucha
por mantener unida su familia ante la llegada de lo sobrenatural e
incomprensible.
La primera intriga es: ¿realmente pasa algo
sobrenatural? La película aprende de filmes anteriores, que buscan
respetar tanto al público cristiano como escéptico, como “El exorcismo de
Emily Rose”(2005) o “El Tercer Milagro” (1999) que hay que
dosificar poco a poco las revelaciones sobrenaturales y que hay que
mantener la posibilidad hasta el final, o casi hasta el final de que
haya una explicación naturalista para todo. Eso mantiene atento al
espectador.
La experiencia del pequeño Colton desata tensiones
en la familia del Todd y Sonja
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Como apunta una psicóloga
no creyente, ¿acaso no es el Cielo que ve el pequeño Colton igual que su
parque de juegos preferido? ¿No encuentra a Jesús en un espacio
idéntico a la parroquia wesleyana que conoce?
Pero, por otra parte,
Colton va dejando caer conocimientos que no podía tener, sobre su abuelo muerto
y su hermanita que no llegó a nacer… y en ese conocimiento hay sanación para la
familia.
La segunda intriga es la familiar, aunque al público español le
costará más empatizar con ella. Se trata de una familia genial:
el padre no sólo es pastor y predicador, sino bombero, entrenador de lucha
grecorromana, empresario de puertas mecánicas… A cualquier hora puede
ser llamado para confortar a un moribundo, o apagar un incendio, y su
economía siempre es algo precaria. Hay que señalar que aunque en el libro el
pastor Todd confronta continuamente las visiones del niño con los textos
bíblicos, en esta película no se cita la Biblia casi nunca. El pastor
consulta Google muchas veces, pero apenas consulta la Biblia.
La
esposa, Sonja, sabe que ese es el ministerio de su marido y lo tiene
perfectamente bien encajado en su vida: ella dirige el coro parroquial, atiende
parroquianos, cuida los niños, intenta cuadrar la economía familiar…Son esposos
siempre cariñosos y encantadores, con una sana vida de
pareja y sin beaterías extremas. A veces cantan cosas irreverentes como
“We will rock you” en el coche. Son cristianos sinceros y entregados, aunque no
les vemos bendecir la mesa, quizá para no acumular “cosas cristianas” en el
metraje.
Cuando Colton empieza a hacerse famoso con su viaje
al Cielo y eso empieza a afectar a la situación pastoral-laboral de su
padre, Sonja se quiebra, llora, protesta. Aquí es donde el
espectador español tendrá más dificultades en empatizar. Sí, todos tenemos
experiencia de tener que atender demasiadas cosas y que además nos caiga “otra
más”… pero ¿acaso no se ha casado ella con un pastor, no comparte a su
marido con la feligresía, los enfermos y moribundos y con Dios desde hace
años? ¿De qué se queja de repente? El espectador pensará que “va con el
sueldo”.
Hermosísima fotografía
Por lo demás, la película, que dura una hora y
cuarenta minutos, no se hace pesada -para adultos- en ningún momento. La
fotografía es hermosísima y también ella nos habla del cielo, con sus
campos inmensos y media pantalla ocupada de azul. La
luz de los atardeceres es especial y evocativa.
No hay nada que no pueda ver un niño, pero a la mayoría les aburrirá
algo. En ReL hemos hecho la prueba de verla con un niño de 10 años bastante
paciente y reflexivo: lo que más le gusta es cuando la hermana da un puñetazo a
unos matones en el colegio; al final ya estaba cansado.
Se puede decir
que es una película que recoge mucha belleza: la belleza de la
tierra, de la naturaleza, del amor familiar, del amor de hombre y mujer, de la
comunidad fraterna…
¿Y qué pasa con el
Cielo?
¿Y del Cielo? Pues del Cielo…¡no hay mucho! La “guía de visita
celestial” es el libro, no la película. Hay sólo 3 escenas “celestiales”: los
ángeles no son muy impresionantes, Jesús tampoco. Más tierno, y sanador, es el
encuentro con la hermanita fallecida antes de nacer, en el jardín de juegos
celestial. La película, sabiamente, prefiere centrarse en lo terrenal.
El gran éxito vivencial de “El
cielo es real”, tanto del libro como de la película, es que vuelve a
poner el Cielo en el pensamiento popular. La nota de Doctrina de la Fe de 1979
pedía ser “precavidos ante las representaciones imaginativas y arbitrarias y el
exceso”, pero hoy lo que la mayoría de cristianos, practicantes o no,
sufren no es el exceso, sino la escasez, y no ya de representaciones
imaginativas y arbitrarias, sino de la mera mención del Cielo.
Si no se predica un Cielo cristiano, la gente sustituirá el
hueco con un cielo pagano o new age o un vago “fundirse con el cosmos”
que en realidad consuela bastante poco (porque las personas lo que de verdad
desean es reencontrarse sanadas y tener relaciones personales sanas, de amor, y
para siempre).
El Cielo católico, lleno de santos, de familias, de
relaciones, sigue siendo tan atractivo como antaño. Incluso el muy metodista
reverendo Burpo en el libro comenta, ante preguntas de amigos católicos, que
“Colton vio a María, la Madre de Jesús, arrodillada ante el trono de
Dios y otras veces la vio de pie junto a Jesús. Ella lo sigue
amando con amor de mamá, dice Colton”.
Quizá no todos los detalles
teológicos de Colton sean exactos, pero que el Cielo es real e implica la
relación con Dios y con las personas, y que eso ilumina nuestra vida ya en la
tierra, es algo que la película nos ayuda a recordar. Porque si el Cielo
es real –y esto es la gran revelación- ¿no viviríamos de otra manera en la
tierra?
Fuente: ReL