El calendario sigue su caída
imparable. Tan sólo hace unos días estábamos acabando de poner el belén y
ultimando preparativos para la Nochebuena. Ya son historia. Como historia,
aunque más reciente, es la celebración de la Sagrada Familia que vivimos en el
día de ayer.
La liturgia de la Iglesia sitúa esta fiesta siempre en el domingo
más próximo al día de Navidad. Desde hace varios años, a la vista de la
situación que atraviesa la familia, se ha potenciado y consolidado la
celebración visible, pública, en las
calles, de forma multitudinaria, de esta fiesta tan entrañable y tan llena
de significado para la fe.
Tan importante, tan esencial a
nuestra naturaleza humana es la familia, que Dios mismo quiso nacer y crecer en
una. Una familia concreta, con circunstancias concretas. Con valores,
dificultades, disgustos, alegrías, momentos buenos y malos… como la tuya y la
mía, como cualquier familia humana. ¡Qué maravilla!
También como en años
anteriores, algunas familias de San Cristóbal nos hemos unido a otras de nuestra
Diócesis y de distintos lugares de España y Europa, para participar en Madrid,
en la Plaza de Colón en esta gran Fiesta de la Sagrada Familia. Algunas de las
familias con personas ancianas, niños, enfermos, en sillas de ruedas, habían
viajado toda la noche para asistir. Al regreso, lo mismo. Nosotros no tuvimos
que hacer mucho esfuerzo, saliendo a las 9,15h desde Segovia y entrando en casa
a las 16,00h. Digo esto, sin ánimo de criticar, porque me llama la atención la
pobre respuesta que aprecio a esta convocatoria en las familias segovianas. No
llegamos a llenar dos autocares.
¿Qué nos pasa? Hablando,
estamos de acuerdo en que la familia es importante. Sabemos por experiencia que
es en la familia donde hemos nacido a la fe, donde la hemos “mamado”. Si es que
ha sido así. Sabemos que hoy más que nunca, no es posible vivir la fe, si no
tenemos el “calor” de una familia en la que se pueda vivir de forma concreta el
amor incondicional que Dios nos da a cada uno, su perdón. ¿Quién nos conoce,
nos acepta, nos corrige, nos comprende, nos aguanta, nos perdona y en
definitiva nos AMA tal como somos si no es nuestra familia, nuestros padres,
nuestros hermanos, nuestros hijos, mi marido, mi esposa…?
También sabemos la
importancia vital de transmitir la fe en familia, de rezar en familia, de
expresarnos y expresar hacia fuera de nosotros, al mundo, a las periferias,
citando al Papa, todo eso que creemos. Pero a la hora de actuar en consonancia
con todo ello… nos quedamos un poco lejos, fríos, como el tiempo en que estamos.
El movimiento se demuestra andando. Y la fe es para darla, para testimoniarla,
para ofrecerla como el gran regalo que Dios me ha hecho sin merecerlo, lo mismo
que la familia.
Por eso el lema de este año me ha parecido precioso: “La
familia es un lugar privilegiado”. En la pasada JMJ de Río de Janeiro, el Papa
Francisco invitaba a los jóvenes y a todos
los cristianos a no “balconear” la vida, a no ser espectadores, sino actores. A
participar de forma viva, intensa, ofreciendo sin fanatismos, pero sin complejos
ni falsa humildad lo que nos está salvando: la FE en Cristo, vivida en familia, en nuestra
primigenia comunidad, en la Iglesia-doméstica, como ya dijo el Concilio
Vaticano II.
Durante la celebración de ayer
en Madrid, ciento cuarenta familias, la
mayoría numerosas, pertenecientes al Camino Neocatecumenal, fueron bendecidas y aplaudidas porque serán
enviadas el día uno de febrero a lugares de misión en los cinco continentes.
Los
miles de familias que nos reunimos ayer en Madrid, en Barcelona, en Loreto, en
Nazaret o en Roma para celebrar la Sagrada Familia no somos mejores, ni más
“cristianos” que los que no fueron. Somos afortunados y estamos gozosos de
serlo y agradecidos a Dios. Por eso
vamos. Por eso lo contamos. ¡¡¡ Feliz Navidad y que Dios nos bendiga cada día
del nuevo Año 2014!! Para que podamos ser sus testigos en cada uno de esos días
desde nuestra familia, desde nuestra vida.
Antonio-María Sanz de Frutos.

