Reivindica la ley natural como fundamento del orden social
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Del pecado
original a los no nacidos sin protección legal. El arzobispo de Utrecht explica
por qué una sociedad que olvida el orden de la creación pierde la paz, y por
qué los jóvenes católicos le dan esperanza.
El Creador,
y no el Estado, es la fuente de la dignidad humana. Sobre esa convicción
levanta el Cardenal Willem Jacobus Eijk, arzobispo de Utrecht, su
lectura del orden social, que expone en una entrevista concedida a La Nuova
Bussola Quotidiana en vísperas de la lección inaugural que pronunciará el
viernes 9 de octubre.
La intervención
abre el videocurso de Doctrina social de la Iglesia que organizan el
diario italiano y el Observatorio Internacional Cardenal Van Thuan.
El purpurado neerlandés hablará en directo a las 21.00 horas sobre «El orden
social según la Doctrina social de la Iglesia», y en la entrevista adelanta las
líneas maestras de su exposición. «Los cristianos debemos presentar
continuamente, sin temor y de forma clara, la verdad a todos, para que los
miembros de la sociedad lleguen a tomar conciencia de que el Creador es la
fuente de la dignidad humana y no el Estado», afirma.
El orden de la
creación como fundamento
El arzobispo de
Utrecht parte de una aclaración de términos. Cuando se habla de orden social se
piensa habitualmente en una sociedad donde reinan la verdadera paz y la
serenidad, y cuando se habla de desorden, en el caos, la lucha entre sus
miembros y otras tensiones. Para el Cardenal, estas imágenes «no son de por sí
erróneas, pero descuidan el nivel más profundo que está en la base del orden y
del desorden».
Ese nivel más
profundo es el orden de la creación. «Una sociedad en la que prevalece el orden
es una sociedad cuya organización y estructura se basan, en último término, en
el orden de la creación, es decir, en los designios que Dios tenía en mente
cuando creó el mundo», explica. La sociedad desordenada es, en cambio, aquella
en la que no se respeta ese orden y se va contra los designios divinos, y ese
desinterés, advierte, «tiene graves consecuencias para la sociedad».
Eijk ilustra
estas consecuencias con el relato del Génesis. Tras el pecado original, los
primeros seres humanos se alejan el uno del otro y comienzan a enfrentarse. El
hombre culpa a su mujer del primer pecado, «La mujer que me diste por compañera
me dio del árbol y comí» (Gn 3,12), y Dios dice a la mujer, entre otras cosas,
«Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará» (Gn 3,16). «La paz y la
serenidad en la célula primordial de la sociedad se pierden y, por tanto,
también en las sociedades más grandes», concluye.
Los principios
de una sociedad ordenada
Preguntado por
los cimientos de una sociedad ordenada, el Cardenal remite a los principios
fundamentales de la Doctrina social de la Iglesia. El primero es el respeto
permanente a la dignidad fundamental de la persona humana, que constituye,
según subraya, «el fundamento de los demás principios». Estos son el cuidado
del bien común, el principio de subsidiariedad, el principio de solidaridad y
la opción fundamental por los pobres.
Ley natural
frente al voto de la mayoría
La entrevista
aborda la tensión entre el orden fundado en la ley natural, que remite a una
objetividad válida para todos los hombres, y la concepción moderna del Estado,
en la que los criterios del orden social los fija quien detenta el poder o la
mayoría.
El arzobispo
responde situando el origen de la ley moral natural en la creación. «Es Dios
quien ha creado al hombre a su imagen y semejanza y quien, por ello, le ha
conferido una dignidad inviolable que es la fuente de sus derechos y deberes»,
sostiene. Cuando se niega la existencia del Creador y de la creación, añade,
«es el Estado el que, a través de una mayoría autocrática o democrática,
determina qué derechos corresponden a la persona humana y qué cabe esperar de
ella».
El Cardenal
pone un ejemplo concreto de esa deriva, ya que el Estado puede así establecer
que el derecho a la protección se niegue, en determinadas condiciones, a los no
nacidos. A su juicio, esta dicotomía solo puede superarse cuando el Estado
reconoce que Dios es la fuente de los derechos y deberes del hombre y que la
legislación debe basarse en ellos.
Los jóvenes, un
signo de esperanza
Eijk cierra la
entrevista con una nota de esperanza. «El gran número de nuevos jóvenes
católicos en Francia, pero también en los Países Bajos y en Inglaterra en los
últimos años, es un signo de esperanza de que el anuncio de la verdad en
Jesucristo sigue dando fruto», afirma. Estos jóvenes, señala, abrazan en
general la doctrina de la Iglesia, también en lo que se refiere al recto
ordenamiento de la sociedad.
Fuente: InfoCatólica
