Vivimos imbuidos en el activismo pero las redes sociales nos han atrapado y si no las gestionamos bien podrían ser un peligro para nuestra espiritualidad
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| Crédito: Worranan Junhom |
Lo encontramos
tiempo para anda en la vida apresurada que llevamos. El activismo nos arrolla y
a pesar de ello, sin darnos cuenta las redes sociales se instalado en nuestra
cotidianeidad. Por supuesto, hay sus excepciones, pero en general le pasa a
jóvenes, adolescentes y cada vez más, a los adultos. La pregunta clave es:
¿podrían afectar nuestra espiritualidad?
Expresión de
la cultura digital que llegó para quedarse
El documento Hacia una plena presencia -Reflexión pastoral sobre la
interacción en las Redes Sociales de 2023 advertía:
Muchos
cristianos solicitan inspiración y guía, porque las redes sociales, que
son una de las expresiones de la cultura digital, han ejercido un profundo
impacto en nuestras comunidades de fe y en nuestras trayectorias espirituales
personales (n. 2).
Desde que fue
publicado ese documento hasta nuestros días la situación ha cambiado
vertiginosamente. Según las estadísticas publicada por el informe 2026 Social Media Trends de Sprout Social, a nivel mundial
existen 5660 millones de usuarios de redes sociales, lo que representa el 68.7
% de la población mundial.
Todo tipo de
información y entretenimiento caben en la palma de la mano.
Es cierto que
la Iglesia también ha tenido que subirse a ese vehículo para transitar por las
"autopistas digitales" (n. 7), pero, ¿cómo podría afectar nuestra espiritualidad?
1. Nos
convertimos en "islas" humanas
Un riesgo es
bastante obvio. Cada quien navega en su mundo y prefiere interactuar con
personas que no conoce o incluso con la Inteligencia Artificial en lugar de
convivir con la gente que tiene cerca. Se convierten en islas humanas, a veces
viviendo situaciones irreales - ahora está muy de moda ver miniseries en las
redes, semejantes a las antiguas telenovelas -.
Deja de
interesarnos la comunidad real pero deseamos pertenecer a la
"comunidad" virtual".
2. De
usuarios a consumidores y a mercancías
La reflexión
pastoral alerta sobre de la transición que hemos sufrido los usuarios de la
tecnología: ahora somos no solo consumidores porque la publicidad cada vez
llega más personalizada; ahora somos mercancías porque nuestros perfiles y
datos son vendidos a otras empresas y además, aceptando sus "condiciones
del servicio” pasa que:
según un viejo
adagio que dice: “Si no pagas el producto, entonces el producto eres tú”.
En otras palabras, no es gratuito: estamos pagando con minutos de nuestra
atención y bytes de nuestros datos (n. 13).
Además,
deseamos tener todo lo que aparece en las ventas que promueven los
"creadores de contenido" y los "influencers", creyendo que
si ellos lo ofrecen entonces es bueno. Entonces cedemos y nos llenamos de cosas
inútiles que no necesitamos, olvidando que hay hermanos que podríamos apoyar
con ese dinero.
3. Perdemos
nuestra capacidad de profundizar
Ante la gran
cantidad de información que recibimos y que no podemos procesar, evitamos
detenernos a pensar en lo que llega a nuestro cerebro, como dice el número 33 del documento:
Un considerable
problema cognitivo de la cultura digital es la pérdida de la capacidad de
pensar de modo profundo y centrado.
Por eso, hay
que estar más atentos a ese aspecto, dice el número 34:
Sin silencio ni
espacio para pensar despacio, en profundidad y con un propósito, corremos el
riesgo de perder no sólo las capacidades cognitivas, sino también el espesor de
nuestras interacciones, tanto con los demás como con Dios. El espacio para la
escucha, la atención y el discernimiento de la verdad es cada vez más escaso.
En conclusión,
nuestra vida espiritual necesita ser alimentada con oración, sacramentos y
obras de misericordia, por eso, piensa, ¿las redes sociales me ayudan o limitan
mi relación con Dios?
Tu respuesta te
ayudará a tomar las acciones para mejorarla.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
