SI CREYÉRAMOS MÁS EN LA EUCARISTÍA

Este título es una provocación consciente que tiene su respuesta en el artículo

Adoración eucarística en Medjugorge

Participantes en la naturaleza divina

Existe un temblor primordial en las Escrituras que a menudo ha quedado adormecido bajo el peso de un cristianismo que para muchos se ha convertido en una vivencia puramente moral, burocrática o normativa que poco a poco ha ido calando en tantas almas anodinamente. Es el anuncio audaz y deslumbrante predicado por el apóstol san Pedro, primer pontífice, que define el horizonte último de la vida humana del siguiente modo: “[el Señor]… por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Pedro 1, 4. Reina-Valera, 1960).

¡Despertemos de nuestro sopor y asombrémonos porque podemos llegar a estar cerquísima de Dios, uno y trino, y participar de su naturaleza divina! Esta comunión esencial transforma el cristianismo en una vivencia muy íntima gracias a que el Espíritu Santo conduce a Dios a plantar su morada en el creyente en gracia. Dios deja de ser una figura distante para muchos creyentes, para habitar en el interior del ser humano, convirtiéndolo en su templo. Lo sabemos: es la inhabitación. Lo explica muy bien el Catecismo de la Iglesia Católica en su numeral 260. Es la presencia real que, como manantial inagotable, la Santísima Trinidad se derrama en el alma del justo en gracia. Por ella, Dios no solo opera en la persona, sino que reside en su interior como amigo, huésped e íntimo principio de vida. Esta presencia cambia la rutina con una profunda relación filial, donde es posible dirigirse a Dios como un Padre cercano y amoroso. ¡Porque somos hijos de Dios en el Hijo! Y a través de este vínculo, la oración se convierte en un diálogo cotidiano en el que se percibe su guía, consuelo y dirección constante.

El mismo santo Tomás de Aquino, cumbre del pensamiento escolástico, recogió la sentencia patrística, en el corazón de la liturgia romana, para declarar con precisión incontestable: “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” (Opusculum 57, Officium de festo Corporis Christi). Esta cita y la anterior de san Pedro la encontramos desarrollada en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 460) para quien tenga dudas sobre estas maravillosas promesas.

La divinización del hombre en gracia: theosis

¿Qué implica?: la participación en la naturaleza divina consiste en la divinización del hombre recibida por gracia a través de la unión con Cristo y los sacramentos cuyo centro es la Eucaristía. Esto, insistimos, significa que la vida trinitaria habita en la persona, elevando su alma con la gracia santificante sin perder su condición humana. Como consecuencia, el creyente deja de actuar con solo sus fuerzas naturales y comienza a amar, perdonar y vivir como verdadero hijo en el Hijo.

Esta participación en la naturaleza divina se denomina theosis. Para la teología oriental (tanto ortodoxa como greco-católica), la theosis no es una metáfora piadosa ni un concepto secundario, sino el núcleo mismo de la salvación y el fin último de la vida humana. Es necesario recordar aquí que el cristianismo occidental mira con mucho respeto la theosis oriental y la estudia y la vive. Un gran ejemplo lo tenemos cuando san Juan Pablo II en 1995 escribe la carta apostólica Orientale Lumen, que es una llamada urgente e ilusionada a la Iglesia latina de Occidente para que descubra, valore y se alimente de la riqueza espiritual, teológica, mística y litúrgica del Oriente cristiano donde uno de los centros es la Ortodoxia, la religión ortodoxa.

Si esta realidad ontológica de la theosis y la participación en la naturaleza divina por gracia no por esencia es cierta, ¿por qué la vivencia de la fe parece a veces ahogada en el tedio, la inercia o el activismo social? La pérdida del horizonte de la theosis priva al cristiano de la belleza magnética de la Trinidad. Cuando la fe se despoja de la dimensión deificante, la Iglesia corre el riesgo de reducirse a una ONG cargada de buenas intenciones o a un club de cumplimiento formal. Sin embargo, cuando la criatura comprende que la gracia santificante es ya el germen real y la antesala de la vida eterna en la tierra, la existencia entera se agita y se enciende.

San Dionisio Areopagita y la gran tradición mística occidental -desde san Bernardo de Claraval hasta san Juan de la Cruz- explicaron que la invasión de la gracia en la sustancia del alma produce un éxtasis divino, una "locura de amor" que saca a la persona de la mediocridad del mundo. Los exegetas de estas afirmaciones dicen que esta locura de amor está al alcance del justo, de todos los justos, que se vacían para llenarse de Dios. No es privativa de los místicos. Esta locura además es posible en la vida ordinaria de aquellos que se deifican en las tareas de cada día. San Josemaría dice explícitamente: “Hay un endiosamiento bueno, el endiosamiento santo, que no es soberbia, sino humildad. No es presunción, sino fe. No es endiosarse el hombre por sus propias fuerzas, sino dejarse endiosar por Dios. Es la divinización que el Señor opera en nosotros por la gracia, haciéndonos participes de la naturaleza divina, hijos suyos en el Hijo” (Amigos de Dios, n.º 145). Aquí vuelve a resonar san Pedro en su segunda carta cuando nos habla de ser participantes de la naturaleza divina.

Quien se sabe habitado por la Trinidad y transformado en Cristo no puede permanecer indiferente; se vuelve, por contagio de la luz no creada, en un misterio vivo, atractivo y radiante capaz de arrastrar a las almas hacia la fuente de la belleza. Y todo ello en il bello mezzo della strada, es decir, estamos hablando de una luminosa santificación en medio del mundo para expresarnos con palabras de san Josemaría.

La Eucaristía, como centro de la vida cristiana

El lugar supremo donde esta transformación se realiza y se consuma en el tiempo presente, lo venimos diciendo, es la Eucaristía. Se inicia en el Bautismo, sigue en la Confirmación y culmina en la gozosa frecuencia de la Eucaristía. La Eucaristía no es un mero recuerdo ni una representación teatral piadosa: es el memorial vivo y eficaz de la última cena y del sacrificio del calvario. Es el taller real e incandescente de la theosis. Ocurre aquí una inversión divina: a diferencia del alimento terrenal, que es asimilado por el cuerpo que lo consume, al recibir el pan de vida es el propio alimento divino, Cristo uno y trino, el que transforma, consume y deifica al ser humano que lo acoge en gracia. En el altar, la materia humilde del pan y del vino queda transusbtanciada en el cuerpo y la sangre del Señor, convirtiéndose en el vehículo por el cual el fuego del Espíritu Santo penetra la el corazón del creyente. Consecuentemente, una comunidad que redescubre la Eucaristía, como el centro absoluto de su vida, recupera de inmediato una fuerza atractiva irresistible, porque la belleza de la gloria de Dios -el pulchrum divino- manifestada en el culto no es un adorno superfluo, sino el resplandor de la verdad que diviniza. ¡Escucha cristiano actual, el Señor tu Dios está realmente presente en la Eucaristía! Admítasenos esta Shemá improvisada.

Adoración eucarística en Medjugoge

Esta capacidad del Cristo Eucarístico para deslumbrar y transfigurar a las multitudes no es una teoría del pasado, sino un fenómeno cósmico y tangible que se renueva ante los ojos del mundo contemporáneo. Cada mes de agosto, en el pequeño enclave de Medjugorje (Bosnia-Herzegovina) donde se aparece la Virgen desde el 24 de junio de 1981, cientos de miles de jóvenes venidos de todos los rincones del planeta se congregan en el Festival de la Juventud. Allí, además de las apariciones, ocurre un prodigio que desafía la lógica de la cultura del ocio y del ruido: en medio del sofocante calor del verano balcánico, decenas de miles de almas se arrodillan sobre la tierra en un silencio deslumbrante ante la custodia, tan visible desde muy lejos, donde está expuesto el Santísimo Sacramento.

Sin necesidad de escenografías artificiosas ni de discursos acomodados a las modas del momento, la contemplación de la Eucaristía ejerce sobre la multitud una atracción arrolladora. La luz de las velas, los cantos litúrgicos impregnados de recogimiento y, sobre todo, la presencia real del Señor en la hostia santa, convierten la explanada en un cenáculo al aire libre donde la divinización deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una experiencia viva. Allí, la juventud contemporánea experimenta la “locura luminosa” del Evangelio con algunos rostros bañados en lágrimas de conversión, miradas transfiguradas por el perdón y una alegría desbordante que ofrecen un ejemplo del camino a recorrer. Todo ello demuestra que la Eucaristía, cuando es colocada en el centro de la vida litúrgica y comunitaria, posee todavía el poder de abrasar el corazón humano y elevarlo a la participación misma de la vida de Dios.

Ignasi de Bofarull

Fuente: ReligiónenLibertad