La Santa Sede rechaza la pretensión de «fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias se vean aplanadas»
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| El Papa Juan Pablo II en el Encuentro interreligioso por la paz en Asís (1986) |
El Dicasterio
para la Doctrina de la Fe, junto a los de la Unidad de los Cristianos y Diálogo
Interreligioso, firman un documento aprobado por el Papa León XIV que repasa
seis décadas de magisterio de la Declaración conciliar Nostra aetate
La Santa Sede
ha publicado este 16 de septiembre la Nota vaticana titulada «Un camino de
esperanza: Sesenta años de diálogo y de fraternidad interreligiosa a la luz de
la Declaración conciliar Nostra aetate». El documento, aprobado Ex
Audientia por el Papa León XIV el pasado 22 de junio, lleva la
firma conjunta de los prefectos y secretarios de tres dicasterios romanos:
Doctrina de la Fe (cardenal Víctor Manuel Fernández), Promoción de la Unidad de
los Cristianos (cardenal Kurt Koch) y Diálogo Interreligioso (cardenal George
Jacob Koovakad).
La Nota realiza
un balance teológico e histórico de las seis décadas transcurridas desde la
promulgación del histórico texto del Concilio Vaticano II el 28 de octubre de
1965, trazando además las orientaciones para el futuro de las relaciones con
otras tradiciones religiosas en un mundo asolado por los conflictos.
Una respuesta a
la Shoá y el valor de las raíces judías
La Nota
recuerda que la Declaración Nostra aetate no nació originalmente para
abarcar el diálogo con todas las confesiones, sino como una respuesta directa a
las trágicas consecuencias del antisemitismo que culminó en la Shoá (el
término hebreo utilizado para referirse al Holocausto). Impulsado por San
Juan XXIII tras su encuentro con el historiador judío Jules
Isaac y redactado bajo la dirección del cardenal Augustin Bea, aquel
proyecto inicial creció «como el grano de mostaza evangélico» hasta convertirse
en un gran árbol que incluyó el diálogo con las diversas religiones.
En el texto
conciliar, la Iglesia afirmó explícitamente que «nada rechaza de lo que hay de
verdadero y santo en estas religiones». El nuevo documento del Vaticano subraya
el reconocimiento explícito de las raíces judías del cristianismo. Rememorando
la reinterpretación del teólogo Karl Barth, el texto enfatiza cómo la
Palabra se hizo «carne judía» en Jesús, de quien se recuerda que es «judío y lo
es para siempre».
Nota Vaticana
«Esto no
significa para los cristianos que existan dos caminos de salvación[21] ni que
la alianza con el pueblo judío sea paralela al camino de salvación cristiano:
la Iglesia enseña que Cristo es el único redentor[22]. Sin embargo, dicha
alianza irrevocable tiene un significado teológico. Cuanto más conoce y ama un
cristiano las raíces judías de su propia tradición, más se comprende a sí mismo
en su práctica de la fe y más se fortalece su identidad religiosa, aunque, para
que esto suceda, es esencial que el cristiano conozca bien su propia tradición
de fe y esté bien arraigado en ella. Cuando, en referencia al judaísmo,
afirmamos que no podemos prescindir unos de otros, esto implica también que la
religiosidad de los judíos actuales —y no solo la vinculada al Antiguo
Testamento— es relevante para los cristianos».
Asimismo, se
reafirma que la alianza de Dios con el pueblo judío es «irrevocable» y que el diálogo
judeocristiano no es una práctica accesoria ni diplomática, sino esencial para
tomar plena conciencia de la propia identidad cristiana. En este contexto, la
Santa Sede reitera su rechazo al antisemitismo y recoge las palabras de Benedicto
XVI al recordar las víctimas de Auschwitz: «la violencia hecha contra un
solo ser humano es violencia contra todos».
Sin embargo, la
Nota aclara que el reconocimiento de la alianza irrevocable con el pueblo
judío no implica la existencia de dos caminos de salvación ni de dos
vías paralelas, ya que la Iglesia profesa firmemente que Cristo es el único
redentor. Sin embargo, esta alianza posee una trascendencia teológica
fundamental para el propio creyente: cuanto más profundiza y valora un
cristiano las raíces judías de su tradición, más se fortalece su identidad y
mejor comprende su propia fe, siendo esencial estar bien fundamentado en ella.
Seis décadas de
magisterio pontificio: de Pablo VI a León XIV
A lo largo de
sus secciones, la Nota expone cómo los sucesivos Pontífices han enriquecido la
intuición conciliar. De San Pablo VI se destaca la creación del
Secretariado para los No Cristianos en 1964 y su llamamiento en la
encíclica Ecclesiam suam a que la Iglesia sea capaz de «entrar en
diálogo con el mundo en que le toca vivir». San Juan Pablo II confirió
una gran visibilidad internacional a esta labor mediante el histórico encuentro
de oración en Asís en 1986 y su visita a la Sinagoga de Roma, donde definió a
los judíos como «nuestros hermanos mayores», dejando fijado un principio
definitivo: «La religión y la paz van de la mano: declarar la guerra en nombre
de la religión es una evidente contradicción».
Por su parte,
Benedicto XVI vinculó la búsqueda de la paz con las exigencias de la razón y la
verdad, afirmando que «la difusión de la fe mediante la violencia es algo
irrazonable» y calificando a los judíos como «nuestros padres en la fe». El
documento resalta también las aportaciones del Papa Francisco, quien
estableció que el diálogo requiere tres orientaciones fundamentales: «el deber
de la identidad, el coraje de la alteridad y la sinceridad de las intenciones».
Francisco promovió la «cultura del encuentro» frente al aislamiento y situó la
atención a los pobres como la «brújula» de discernimiento para saber si se avanza
en la dirección correcta.
Finalmente, la
Nota incorpora el magisterio reciente del Papa León XIV, quien ha
reafirmado que con Nostra aetate «se plantó una semilla de esperanza
para el diálogo interreligioso». El Pontífice reprueba rotundamente cualquier
legitimación sagrada del terrorismo: «Quien usa el nombre de Dios para
legitimar terrorismo, violencia o guerra traiciona su rostro: combatir en
nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma».
Frutos,
resistencias y la persecución de los cristianos
Entre los
frutos del diálogo iniciado hace seis décadas, el documento resalta la
consolidación de relaciones duraderas de amistad con el hinduismo, el
budismo o el islam, la creación de la red de mujeres para el diálogo
interreligioso (Women's Network for Interreligious Dialogue) y la articulación
de cuatro ámbitos prácticos: el diálogo de la vida, el de la acción, el
teológico y el de la experiencia religiosa o monástica.
Sin embargo,
también se aborda la complejidad de las relaciones interreligiosas.La Nota
realiza una distinción explícita entre las corrientes extremistas y la
práctica religiosa pacífica. Respecto a las actitudes de islamofobia, el
documento señala de forma concreta que estas manifestaciones resultan
problemáticas porque «no distinguen adecuadamente los casos de fundamentalismo
y violencia de la existencia pacífica de los demás creyentes musulmanes» que
viven e integran su trabajo en los países de acogida. El texto del Vaticano
advierte con claridad que «el crecimiento de los fundamentalismos, la
persistencia de los prejuicios, la manipulación política de las pertenencias
religiosas o las violencias en nombre de Dios minan las bases mismas del
diálogo».
En este
contexto, la Nota rescata las palabras del Papa Francisco en las que exige
reciprocidad de derechos y libertad religiosa: «Ruego e imploro humildemente a
tales países [de tradición islámica] que aseguren la libertad a los
cristianos para que puedan celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta
la libertad de la que gozan los creyentes del Islam en los países
occidentales».
Asimismo, el
documento resalta que «es necesario poner de relieve las persecuciones que
sufren los cristianos, en varias partes del mundo, por parte de grupos
religiosos extremistas», recordando que todo acto de persecución por motivos
religiosos constituye una violación directa de la dignidad humana. Para
afrontar estos desafíos y superar tanto las posturas extremistas como los
prejuicios, la Santa Sede pide renovar la «pedagogía del diálogo» mediante «una
formación profunda en los seminarios, en los institutos teológicos y en los
itinerarios pastorales», promoviendo una adecuada competencia o «alfabetización
religiosa» (religious literacy) que integre la comprensión de las dinámicas culturales
y geopolíticas contemporáneas.
El modelo del
poliedro: ni confusión ni insularidad
De cara al
futuro, la Santa Sede rechaza la pretensión de «fundar una gran religión
mundial en la que todas las creencias se vean aplanadas». En su lugar, propone
la construcción de una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias bajo
el modelo de un «poliedro». Citando el discurso de Francisco en Bangkok, la
Nota recuerda que «han terminado los tiempos en los que la lógica de la
insularidad podía predominar».
En su
conclusión, el documento invita a todos los creyentes a convertirse en
«constructores de puentes, no de muros» y cita el deseo del Papa León XIV para
nuestros días: «Nostra aetate, hace sesenta años, trajo esperanza al mundo
de la posguerra. Hoy estamos llamados a refundar esa esperanza en nuestro mundo
devastado por la guerra».
María Rabell García
Fuente: El Debate
