El obispo analiza lo ocurrido en Ceuta desde la doctrina social de la Iglesia: «No es una crisis migratoria, sino un ataque geopolítico»
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| El obispo José Ignacio Munilla. En tí confío |
El obispo de
Orihuela-Alicante, monseñor José Ignacio Munilla, ha realizado una extensa
reflexión sobre los graves acontecimientos vividos en Ceuta y ha rechazado
interpretarlos como una crisis migratoria convencional.
«La tragedia
vivida estos días en Ceuta no es una crisis migratoria», afirmó el prelado
durante su programa Sexto Continente, en Radio María. A su juicio, lo sucedido
responde a «la utilización de la demografía en el juego geopolítico como un
arma».
Munilla partió
de una reflexión del presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor
Luis Argüello, quien había advertido en redes sociales sobre la utilización de
las migraciones dentro de las estrategias de poder: «La biopolítica es clave en
el actual poder mundial. Se juega con la vida y se utiliza a las personas,
sus sueños, hambre, sexualidad y datos en favor del lucro y del poder».
«No eran peones
de un tablero geopolítico»
Munilla fue
especialmente contundente al denunciar la instrumentalización de miles de
personas para ejercer presión sobre España.
«La catadura
moral de quien utiliza su propio pueblo como munición es repugnante. Es una
de las formas más graves de depravación del poder que cabe imaginar», aseguró.
Para el obispo,
el elemento fundamental no es únicamente que miles de personas intentaran
cruzar la frontera, sino las circunstancias en las que se habría producido ese
movimiento.
Según su
análisis, decenas de miles de personas fueron empujadas hacia la frontera
española alimentando «falsas expectativas», convirtiéndolas en piezas de
una estrategia política.
«Cada uno de
esos fallecidos tenía un nombre, una familia. No eran peones de un tablero
geopolítico, no eran munición diplomática. Eran personas creadas a imagen de
Dios», recordó.
Munilla
considera que cuando un gobernante induce a sus propios ciudadanos a dirigirse
masivamente hacia una frontera, exponiéndolos a graves riesgos para conseguir
un objetivo político, está traicionando una de las primeras obligaciones
de cualquier autoridad: proteger a su pueblo.
«Cuando los
ciudadanos dejan de ser considerados personas con dignidad y pasan a ser instrumentos
de una presión política, la política ha degenerado en cinismo al máximo grado».
España también
tiene responsabilidades
El obispo no
eximió, sin embargo, a España ni a la Unión Europea de sus propias
responsabilidades.
España, señaló,
«tiene el deber de proteger sus fronteras con proporcionalidad, humanidad y
respeto a la legalidad», mientras que la Unión Europea también debe asumir las
responsabilidades que le corresponden.
Pero pidió distinguir
los diferentes planos de responsabilidad.
«No confundamos
los planos», insistió. A su juicio, una cosa es la responsabilidad de quien
utiliza deliberadamente movimientos de población como instrumento de presión y
otra la obligación de España de custodiar eficazmente sus fronteras.
Munilla
considera que lo ocurrido se asemeja más a «un ataque geopolítico contra la
soberanía de España en forma de invasión temporal» que a los habituales
movimientos migratorios que llegan a las costas españolas.
¿Son inmorales
las devoluciones en caliente?
El obispo
abordó también una de las cuestiones más polémicas relacionadas con la
inmigración: las llamadas devoluciones en caliente.
Munilla
discrepó de las organizaciones que consideran que esta práctica es siempre moralmente
inaceptable.
«Creo que se
equivocan las asociaciones u ONG que califican de inmorales las devoluciones en
caliente», afirmó.
Para
argumentarlo recurrió a dos principios que, según explicó, deben mantenerse
unidos dentro de la doctrina social de la Iglesia.
Por una parte,
existe el deber de acoger al extranjero, especialmente cuando huye de
una guerra, una persecución o una situación de extrema gravedad. Pero,
simultáneamente, los Estados poseen «el derecho y el deber» de regular los
flujos migratorios y proteger sus fronteras en función del bien común.
«La defensa de
una frontera nacional no es en sí misma un acto de hostilidad hacia el
inmigrante», afirmó.
Eso no
significa, matizó inmediatamente, que cualquier devolución sea legítima ni
que la defensa de las fronteras pueda justificar actuaciones que vulneren la
dignidad humana.
«Entonces, la
verdadera respuesta moral exige sostener al mismo tiempo dos exigencias. Sí
a una acogida solidaria con quien verdaderamente necesita un sistema de
protección y, además, un ejercicio responsable de custodiar las fronteras.
Cuando uno de estos principios se absolutiza hasta anular el otro, dejamos de
servir al bien común. La caridad nunca puede separarse de la prudencia, como
tampoco la justicia puede desligarse de la misericordia. La doctrina social de
la Iglesia no nos invita a escoger entre una u otra, sino a hacer un
equilibrio. Y solo desde ese equilibrio podemos afrontar uno de los
desafíos más complejos que estamos viviendo en el momento presente».
«La caridad
nunca puede separarse de la prudencia»
Munilla planteó
además una cuestión práctica: si se transmite la idea de que basta con
conseguir atravesar físicamente una frontera para obtener automáticamente un
derecho de permanencia, pueden generarse incentivos para asumir riesgos
cada vez mayores.
Por eso
considera que determinadas devoluciones pueden contribuir a evitar situaciones
de violencia, siempre que se realicen respetando la dignidad de las
personas y atendiendo las circunstancias particulares.
«El derecho a
emigrar no equivale a un derecho incondicional a establecerse en cualquier
país al margen de las leyes que regulan el acceso», explicó.
La posición
católica, concluyó, obliga precisamente a evitar dos extremos: ignorar el sufrimiento
de quien necesita verdaderamente protección o negar a los Estados su
responsabilidad de ordenar la inmigración y custodiar sus fronteras.
«La caridad
nunca puede separarse de la prudencia, como tampoco la justicia puede
desligarse de la misericordia».
Para Munilla,
esa búsqueda del equilibrio es imprescindible para afrontar uno de los
problemas políticos, sociales y humanos más complejos de nuestro tiempo.
Fuente: ReligiónenLibertad
