Cuidar la enseñanza de Religión significa cuidar a quienes la hacen posible. Significa reconocer su vocación, exigir y sostener su competencia profesional, ofrecerles comunidad y ayudarles a crecer
![]() |
| A. J. Marcos |
La profesión docente está viviendo un
proceso de profunda transformación. Distintos organismos internacionales y
europeos insisten en que la calidad de la educación depende de la capacidad de
los sistemas educativos para definir qué significa ser un buen docente,
acompañar sus primeros años de ejercicio y favorecer su formación permanente.
Ya no basta con determinar los requisitos de acceso a la enseñanza. Es
necesario pensar cómo crece un profesor y qué apoyos necesita ante una escuela
cada vez más compleja.
En este contexto se sitúa la
propuesta de Marco de Competencias Profesionales Docentes elaborada por el
Ministerio de Educación. Su conocimiento ha ofrecido una ocasión para revisar
nuestra manera de comprender el desarrollo profesional del profesorado de
Religión. No se trataba de reproducir el modelo civil ni de construir un
sistema paralelo, sino de compartir un lenguaje reconocible para el sistema
educativo y, al mismo tiempo, expresar la identidad y la misión específicas del
profesor de Religión Católica.
Esta doble exigencia resulta
decisiva. El profesor de Religión es, ante todo, profesor. Forma parte de un
claustro, participa en la vida del centro, programa, enseña, evalúa, acompaña
procesos de aprendizaje y responde a los mismos desafíos pedagógicos,
relacionales, institucionales y digitales que cualquier otro docente. Su
cualificación profesional debe poder ser reconocida mediante criterios
rigurosos, comprensibles y contrastables. La enseñanza religiosa escolar no
puede reclamar su pleno lugar en la escuela sin mostrar la calidad profesional
de quienes la hacen posible.
Pero el profesor de Religión no es
solo un docente especializado en determinados contenidos. En su tarea se
encuentran la fe de la Iglesia y el currículo escolar, la tradición cristiana y
las preguntas de los alumnos. Su profesionalidad integra preparación
pedagógica, formación teológica, identidad creyente y conciencia de su vocación
educativa y eclesial. No se trata de añadir un complemento confesional a las
competencias generales, sino de reconocer su forma concreta de habitar
profesionalmente la escuela.
De esta convicción nació el trabajo
impulsado por la Comisión Episcopal para la Educación y la Cultura. Durante los
últimos meses hemos querido avanzar, junto con los delegados diocesanos y los
responsables de la formación inicial y permanente, en la construcción de un
Marco de Desarrollo Profesional del Profesorado de Religión Católica. Su
arquitectura se organiza en cinco dominios: pedagógico-didáctico; relacional e
inclusivo; institucional y colaborativo; digital e innovador; e
identitario-eclesial. Esta organización permite describir las dimensiones del
desempeño docente y ofrecer un horizonte de crecimiento adaptable a las etapas
educativas, las trayectorias profesionales y las diferentes realidades
diocesanas.
La formación teológica y bíblica, la
comprensión del currículo y la dimensión vocacional atraviesan el conjunto del
Marco y adquieren especial expresión en el dominio identitario-eclesial. La
especificidad del profesor de Religión no lo sitúa fuera de la profesión
docente, sino que configura su modo de participar en ella y servir a la
educación integral.
El Marco, además, no pretende
limitarse a describir competencias. Quiere formar parte de un sistema más
amplio de acompañamiento. Por eso se ha trabajado en herramientas de
autoevaluación, una propuesta de mentoría para quienes comienzan y un plan de
formación permanente vinculado a las necesidades reales del profesorado. El
Marco ayuda a saber hacia dónde crecer; la autoevaluación permite reconocer el
punto de partida; la mentoría responde a la pregunta de quién acompaña ese
crecimiento; y la formación permanente le proporciona continuidad.
La mentoría posee aquí una
importancia particular. Quien comienza a enseñar Religión necesita más que
información administrativa o modelos de programación. Debe aprender a
relacionarse con los alumnos, participar en el claustro, traducir la teología
al lenguaje escolar y vivir con naturalidad su pertenencia eclesial. Necesita,
sobre todo, encontrar a alguien que le ayude a comprender sus dificultades
iniciales y a reconocerse dentro de una tradición profesional más amplia.
Monseñor Alfonso Carrasco Rouco lo
expresó con claridad en la apertura de la Escuela de Verano celebrada en Salamanca:
«La competencia profesional del profesor de Religión es una forma de caridad
educativa». La afirmación ayuda a superar una contraposición que nos ha hecho
mucho daño. La identidad creyente no sustituye la preparación profesional, del
mismo modo que la competencia pedagógica no vuelve innecesaria la hondura
teológica y espiritual. Quien ama la misión recibida procura realizarla bien;
estudia, actualiza sus conocimientos, revisa su práctica y busca los lenguajes
adecuados.
En aquella misma intervención,
Carrasco ofreció otra formulación que resume bien esta identidad: «En el
profesor de Religión se encuentran la fe de la Iglesia y el currículo escolar,
la tradición cristiana y las preguntas juveniles, los nuevos lenguajes y la
cultura contemporánea». Y añadía: «Es un lazo de unión entre la comunidad
eclesial y la comunidad educativa». Esta posición singular no debe conducir al
aislamiento, sino a una presencia plenamente escolar, capaz de dialogar,
colaborar y ofrecer un servicio reconocible al proyecto educativo.
La Escuela de Verano de Salamanca ha
permitido contrastar la propuesta con delegados, profesores, universidades,
centros DECA, instituciones educativas y editoriales. No se trataba simplemente
de validar documentos ya elaborados, sino de discernir si el sistema merecía la
pena, qué condiciones requería y cómo podía adaptarse a la diversidad y
extensión territorial de las diócesis. El resultado confirma la necesidad de
avanzar de manera gradual, participada y evaluable.
El Documento final de compromisos de
Salamanca recoge este horizonte. Propone dedicar el curso 2026-2027 a preparar
estructuras, equipos e instrumentos; desarrollar después experiencias piloto; y
llegar a un congreso en 2028 con aprendizajes reales y evaluados. Reclama
también una primera recepción por parte de los obispos diocesanos y anima a
crear espacios diocesanos o interdiocesanos de colaboración inspirados en la
dinámica participativa del Consejo General de la Iglesia en la Educación.
Pero, quizá, la aportación más
importante sea la conciencia que genera. Queremos decir al sistema educativo
que el profesorado de Religión está comprometido con los mismos criterios de
calidad, responsabilidad y mejora que definen a toda profesión docente. Y
queremos decir a cada profesor, especialmente a quien comienza o atraviesa un
momento de dificultad, que no está solo. Forma parte de un cuerpo profesional y
eclesial que aprende, acompaña y sirve.
Cuidar la enseñanza de Religión
significa cuidar a quienes la hacen posible. Significa reconocer su vocación,
exigir y sostener su competencia profesional, ofrecerles comunidad y ayudarles
a crecer. No para defender una parcela propia, sino para prestar un mejor
servicio a la escuela, a la sociedad y, sobre todo, a cada alumno que merece
encontrar en su profesor una presencia competente, cercana y esperanzada.
Por Antonio
Roura
Fuente: Ecclesia
