El arzobispo de Nápoles mostró la sangre licuada a los fieles, clamó por el fin de las guerras y condenó a la Camorra como «una blasfemia»
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| La sangre licuada de San Genaro durante la celebración del 19 de septiembre de 2026. |
“Se repitió el milagro de la licuefacción de
la sangre de San Jenaro”: con estas palabras, el portal de la diócesis de Nápoles anunciaba segundos después de las
10:04 horas la repetición del milagro, al que sucede cada año la celebración de
la Santa Misa presidida por el cardenal Domenico Battaglia. El anuncio del
milagro estuvo acompañado del tradicional ondear del pañuelo blanco, recibido
con un prolongado aplauso en una catedral abarrotada. Desde primera hora
de la mañana, fieles y numerosos turistas se congregaron para presenciar el
milagro de la licuefacción de la sangre, revelado segundos después por el
arzobispo.
El "prodigio
milagroso" representa para la Iglesia de Nápoles un momento culminante en
el que el arzobispo de la ciudad napolitana hace oír su voz sobre las
cuestiones más delicadas e importantes de su iglesia. Este año, Battaglia
vertebró su extenso mensaje en torno a una petición de intercesión especial a
San Jenaro por la paz en Nápoles y en el mundo.
“Que cuando
volvamos aquí el año que viene, la única sangre de la que hablemos sea la tuya.
De nadie más. Porque no quiero volver aquí, frente a tu frasco, y tener que
decir que tu sangre se parece a la de niños asesinados”, expresó el arzobispo
napolitano.
En un discurso
que alternaba momentos de oración con otros de reflexión y
de denuncia, el obispo remarcó que la sangre, lejos de ser una
estadística, “tiene un nombre, una madre, un hogar, un olor”.
Es precisamente
cuando el otro se convierte en un número, cuando se convierte en un objetivo y
cuando el otro ya no es un hermano, sino un enemigo, cuando todo se vuelve
posible, denunció Battaglia: “Las bombas se vuelven posibles, las represalias,
las masacres, las tumbas, niños bajo los escombros… Por eso hoy, ante la sangre
de San Jenaro, quisiera que se lanzara un grito desde Nápoles: Deteneos.
Porque no hay bandera lo suficientemente grande como para cubrir el ataúd de un
hombre inocente. No hay razón de Estado capaz de devolver un hijo a su madre.
La paz, sin duda, requerirá política, diplomacia, el estado de derecho. Pero
primero necesitará algo mucho más sencillo e infinitamente más difícil: reconocer
al otro como un hombre”.
Una guerra sin
declaración
El arzobispo
mencionó a Ucrania, a Palestina, pero no se olvidó de Nápoles y
de la “guerra” que supone la camorra o mafia napolitana, a la que comparó con “una
guerra sin declaración, sin uniformes, sin tratados de paz”.
En un mensaje
que parecía dirigido a sus integrantes y simpatizantes, lamentaba las derrotas
que se dan cada vez que un niño es reclutado en las calles, que una madre teme
que su hijo no vuelva a casa o que alguien compra el silencio de un barrio.
“No basta con
inclinarse ante una estatua. Puedes encender cien velas a San Jenaro: si le
quitas la vida a tu hermano, esas velas no darán luz alguna. Puedes llevar una
imagen de la Virgen sobre tus hombros, pero si has infundido miedo, chantaje y
violencia a otros, esa procesión no te exime de culpa. Incluso puedes
pronunciar el nombre de Dios. Pero Dios no se convierte en cómplice porque
alguien pronuncie su nombre”, sentenció.
"La
Camorra es una blasfemia"
Del mismo modo,
equiparó la camorra a “una blasfemia”, pues “toma lo que Dios creó libre y lo
esclaviza. Toma a un joven y le roba su futuro. Toma un vecindario y le roba su
confianza. Toma la necesidad y la convierte en un mercado. Toma el miedo y lo
convierte en poder. Toma sangre y la convierte en dinero”.
A las
reiteradas peticiones por la paz, Battaglia también hizo público su deseo de
que la sociedad napolitana aprenda a cuidar de sus niños y jóvenes, a
“preocuparse antes de que una dificultad se convierta en abandono, una
fragilidad en ira, la soledad en violencia, de que un joven deje de creer que
tiene un lugar en el mundo”. También dirigió a la ciudad su deseo de “aprender
a unir fuerzas” y de que la sociedad, organizaciones y benefactores, escuelas y
responsables públicos participen de “una verdadera colaboración” y hagan de la
paz “una responsabilidad compartida”.
El arzobispo concluyó su homilía con una petición directa al santo mártir y patrón de Nápoles: “Concédeme este favor, Jenaro. Que cuando volvamos aquí, dentro de un año, la única sangre que hayamos visto correr sea la tuya. Solo la tuya. Y quizás entonces comprendamos que el milagro, al fin, no ocurrió en el frasco. Ocurrió en el mundo”.
La ceremonia
completa, en italiano:
Fuente: ReligiónenLibertad
