Giovanni Gigliozzi, periodista muy devoto y afín a él, lo reflejó en un libro sobre las cosas que escuchó al santo capuchino
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A última hora
de la tarde del 16 de julio de 1947, una lancha motora partió de Albenga,
localidad ribereña del Mar de Liguria, en dirección a la cercana y
bella isla Gallinara, en el noroeste de Italia.
El objetivo era
enseñársela, como formación y diversión, a 84 niños, en su mayor
parte huérfanos por la recién concluida Segunda Guerra Mundial.
La tragedia
Al poco de
empezar la travesía, la nave chocó contra un poste de hierro y acabó
hundiéndose. Hubo 48 víctimas mortales, 44 de ellas pequeños.
La imagen de
sus cuerpecitos alineados conmocionó a todo el país. Y aún hoy continúan
siendo homenajeadas las víctimas con coronas de flores y discursos públicos
institucionales.
Uno de los
periodistas que cubrió entonces aquella dura información fue Giovanni
Gigliozzi (1919-2007). En aquel momento dirigía un programa
radiofónico en la RAI.
Como es
comprensible, lo que vivió de aquella desgracia le marcó profundamente.
Gigliozzi era, eso sí, un hombre de activa fe y además hijo espiritual del
Padre Pío.
¿Qué piensa el
santo?
De hecho, pocos
días después de esta tragedia acudió a visitar, como solía hacer, al ya célebre
capuchino. Y atribulado como tantos por aquel hecho que había costado tantas
vidas incipientes e inocentes, le preguntó cómo es que Dios había
permitido algo así, tan horrible y sin explicación comprensible.
Fue entonces
cuando el Padre Pío formuló una de sus propuestas espirituales más
conocidas. Y de las más valoradas, pues nos permite entender el sentido
del mal que vivimos cada día en nuestra vida o que vemos en la vida
ajena.
La explicación
figura en el libro donde el propio Gigliozzi recogió numerosas
experiencias que compartió con aquel santo. De ahí el título, …y el Padre
Pío me dijo…, presentado como "vida y mensaje del religioso de
Pietrelcina a través del impactante testimonio de uno de los hombres más
cercanos a él".
“Imagina
a una madre bordando”, comenzó la respuesta del Padre Pío a Gigliozzi ante
aquella cuestión: “Su hijo pequeño está sentado enfrente sobre un taburete que
le permite ver el reverso, la parte de abajo de cuanto ella cose. El niño
lo ve todo al revés, solo aprecia nudos horribles e hilos entremezclados. Así
que le dice a su madre: ‘Mamá, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué tu labor es tan
incomprensible?’".
"Entonces",
continúa el Padre Pío, "su madre baja el bordado y enseña a su hijo el
otro lado de su trabajo, el anverso, la parte de arriba: el lado bello.
Cada color se encuentra en su lugar, y la totalidad de los hilos ofrecen una
composición clara y armónica”.
El santo
explicó enseguida Gigliozzi lo que quería transmitir con esta doble escena: “Aquí
abajo, en este mundo, solo vemos el reverso del bordado. Somos como el hijo
sentado en ese pequeño taburete”.
La conclusión
era clara: durante nuestra vida, rodeados por el reverso de las cosas, no
podemos ver el anverso del bordado, que es el que responde a la voluntad
de Dios. Pero sabemos que ese anverso existe y ofrece a tanto horrible reverso
que nos hace sufrir un sentido y una belleza que veremos en el cielo...
Allí llegaremos si confiamos en que hay un anverso y en que es Nuestro
Señor quien lo teje.
Dios es amor
Comentando esta
historia, Bret Thoman, piloto casado y
con dos hijos pero miembro de la rama franciscana seglar, explica que un
sufrimiento ('reverso') como el referido por el Padre Pío “solo tiene sentido
según la enseñanza divina sobre la esencia de Dios, de que ‘Dios es amor’”,
como sentenció San Juan Evangelista (1 Jn 4, 16) porque relacionaba
“la profundidad del amor de Dios... con el misterio del dolor y de la
muerte”.
“El Padre Pío
comprendió esta realidad”, concluye Thoman: “No solo él comprendió el
valor potencial y la importancia del sufrimiento, del que la mayoría de la
gente intenta naturalmente escapar, sino que, al contrario, fue más lejos y,
como los grandes santos, lo pidió y lo deseó [el sufrimiento]”. Millones de
personas fueron testigos mientras vivió el santo de cómo lo asumía él,
sangrando incluso.
Porque el Padre
Pío y los santos, como tantos buenos cristianos que aceptan los sufrimientos
que viven asumiéndolos como parte de un plan de Dios que ignoran… asumen como
propios no solo los sufrimientos, sino dicho plan. Esto forma parte de la fe y
sabemos que tendrá su premios porque el Señor lo agradece.
Es la
gran lección y la gran esperanza de los cristianos, y la que
quiso explicar el Padre Pío tras aquella cruda tragedia colectiva de 1947.
C. L.
Fuente:
ReligiónenLibertad
