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| Una cruz con los retratos de los siete capuchinos martirizados en Antequera, cinco de ellos el 6 de agosto de 1936. Dominio público |
Ellos eran «verdaderos padres de los pobres», afirma uno de los
diarios que se hizo eco sobre los fusilamientos, La Unión de
Sevilla. Cinco monjes franciscanos fueron asesinados a
sangre fría un día como hoy, hace 90 años, a manos de varios miembros del bando
republicano. El cruento episodio ocurrió en la ciudad de Antequera,
Málaga.
Fray Ángel de Cañete, fray Ignacio de Galdácano, fray Gil de Puerto de Santa María, fray José de Chauchina y fray Crispín de las Cuevas de San Marcos son los los nombres de los hombres que murieron por el mero hecho de haber entregado su vida a Cristo como capuchinos franciscanos.
Si en algún momento notaban algún ruido externo que pudiera significar peligro, los monjes tenían la consigna de reunirse conjuntamente dentro de la iglesia. Durante la mañana del 3 de agosto de 1936 todos corrieron dentro de las estancias parroquiales al oír varios disparos en la proximidad del convento.
Cada día que pasaba los golpes en la puerta de la arquitectura se sucedían de manera cada vez más violenta. Doce escopeteros, bien armados, pedían a grandes voces la salida rápida de los religiosos. Tras tres días de asedio, Fray ángel de Cañete, el padre guardián del grupo, encabezó al conjunto de franciscanos en la salida forzosa, todos con sus hábitos capuchinos y aferrados fuertemente a sus crucifijos.
Todas las limosnas y ayudas materiales que se repartían diariamente a los más pobres y necesitados en la puerta de aquella iglesia no bastaron para frenar el ímpetu de los republicanos. Y es que, aquel grupo de religiosos era famoso en la zona por «poner siempre al servicio de los obreros todas sus actividades», recogen los diarios del momento.
Llevaron a los franciscanos a una gran explanada que tenía en el centro una columna con la imagen de la Virgen. Allí, mientras recitaban sus últimas palabras en forma de oraciones marianas, fueron fusilados violentamente. El episodio fue presenciado por una inmensa multitud y el trágico suceso se trasmitió por todos los alrededores andaluces.
Algunas crónicas de la época cuentan que en el horizonte el sol, primero, se puso rojo; después, negras nubes amenazadoras lo ocultaron. El sol había perdido su brillo. Sus últimos rayos orlaban de gloria aquella sangre, derramada como la de Cristo. Eran como cinco rosas rojas, inmoladas en el ara de la cruz, a los pies de la Virgen, reina de los mártires, que venían a engrosar la larga lista del martirologio que sufrieron tantos religiosos en los comienzos de la cruenta Guerra Civil.
Federico León García
Fuente: El Debate
