«¡Apuntad con odio! ¡disparad con ira!»
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| Fusilamiento del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles por parte de milicianos del Frente Popular (7 agosto de 1936) |
Tal día como ayer de 1936,
los republicanos organizaron un simulacro de juicio militar contra la imagen de
Cristo en el Cerro de los Ángeles, la declararon «culpable» y abrieron fuego.
Después vino la dinamita. Se cumplen 90 años.
Más que un símbolo es una realidad de la persecución de los
católicos en la Segunda República que pretenden presentarnos como una Arcadia
feliz. Y un recordatorio de lo que puede esperarnos de unos «herederos» que la
tienen como paradigma de sociedad, porque esa es la «Memoria democrática» real
y la historia de la izquierda, el PSOE incluido.
Un monumento levantado por suscripción
popular
El monumento, obra del arquitecto Carlos Maura Nadal y
del escultor Aniceto Marinas, había
sido erigido por suscripción popular, con medio millón de pesetas de la época,
e inaugurado el 30 de junio de 1919. Aquel día, el rey Alfonso
XIII, ante miles de fieles llegados de toda España, pronunció
la fórmula de consagración del país al Sagrado Corazón: «Reinad en los
corazones de los hombres, en el seno de los hogares, en la inteligencia de los
sabios, en las aulas de las ciencias y de las letras, y en nuestras leyes e
instituciones patrias».
La ceremonia contó con la bendición del nuncio del Papa Benedicto
XV, Francesco Ragonesi, y
la presidencia litúrgica del arzobispo de Madrid, Prudencio
Melo. En todas las iglesias de España repicaron las campanas
mientras se elevaban oraciones por la paz. La consagración respondía a una
larga tradición devocional que se remontaba al jesuita Bernardo
de Hoyos (1711-1735), a quien Cristo había prometido:
«Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes».
Desde su inauguración, el monumento se convirtió en objetivo de
los sectores más hostiles a la fe católica. La devoción al Sagrado Corazón,
lejos de ser un acto meramente privado, había quedado vinculada a la identidad
pública de España, lo que lo convertía en blanco privilegiado.
Cinco jóvenes mártires
El estallido de la Guerra Civil hizo del Cerro de los Ángeles un
objetivo inmediato. El sábado 18 de julio de 1936, una treintena de
congregantes de las Compañías de Obreros de San José y del
Sagrado Corazón de Jesús se habían dirigido al cerro para
su acostumbrada vigilia de adoración nocturna. Tras la misa celebrada en la
madrugada del 19 por el capellán del monumento, José María Vegas Pérez,
la mayoría regresó a Madrid. Cinco jóvenes de Acción Católica decidieron
quedarse para mantener una guardia de honor ante la imagen.
Eran Pedro-Justo Dorado Dellmans,
de 31 años; Fidel Barrios Muñoz, de 21; Elías
Requejo Sorondo, ebanista, de 19; Blas
Ciarreta Ibarrondo, de 40; y Vicente de Pablo García,
carpintero, de 19 años, dos de ellos menores de veinte. Tras la inspección de
los milicianos y el desalojo del monasterio de las Carmelitas
Descalzas, se refugiaron en las cercanías y se acercaron a
comer a una finca de Perales del Río, donde fueron denunciados por habérseles
visto rezar y bendecir la mesa. Los cinco murieron el 23 de julio dando vivas a
Cristo Rey.
Tanto el sacerdote que había celebrado aquella última misa como
el congregante Fidel de Pablo García,
hermano de Vicente, que le acompañó de vuelta a Madrid, fueron también
asesinados posteriormente. Los milicianos sacaron del templo imágenes y
ornamentos y lo quemaron, como habían hecho con tantos otros desde el inicio de
la Segunda
República. La conocida República
«de la ciencia».
Un juicio al Sagrado Corazón
Los milicianos no se limitaron a destruir el monumento.
Organizaron ante la imagen una parodia de juicio militar, con una mesa y tres
jueces dispuestos a modo de tribunal castrense. Acusaron a la estatua de Cristo
de varios delitos: ser enemiga del pueblo, estorbo para la nueva República,
símbolo de un régimen monárquico y clerical, y haber sido colocada sin
consentimiento popular en un espacio público. La imagen fue declarada
«culpable» y se leyó una sentencia de muerte.
Se improvisó entonces un pelotón de fusilamiento. Una miliciana
dio la orden: «¡Apuntad con odio! ¡Disparad con ira!», y los milicianos
descargaron sus fusiles contra el rostro, el pecho y el corazón de la imagen.
Según los testimonios y las fotografías que se conservan, la zona del Sagrado
Corazón permaneció casi intacta pese a los cientos de impactos.
Cables, mazas y dinamita
El fusilamiento ritual no bastó. A continuación colocaron
gruesos cables de acero alrededor del cuello de la estatua y los engancharon a
un tractor. Tiraron en varias ocasiones, pero el cable se partió. Acudió
entonces una muchedumbre armada con mazas y cinceles que arremetió contra las
esculturas durante horas sin lograr abatirlas, dada la dureza de la piedra. El
monumento quedó dañado, pero al final de la jornada seguía en pie.
Al amanecer del 7 de agosto llegaron varios camiones cargados de
explosivos. Se dice que dinamiteros asturianos, que iban de camino a Toledo
para volar el Alcázar, se detuvieron en el cerro para ayudar a colocar la
carga. Tras perforar la base, una fuerte detonación hizo saltar el conjunto por
los aires. En Getafe temblaron los cristales de las casas. Cuando la estatua
cayó, un hombre gritó: «¡Ya cayó el barbudo!». La cabeza decapitada de Cristo
fue atada a un caballo y arrastrada por las calles en un último acto de
humillación.
Propaganda y silencio
La prensa del Frente Popular publicó
las fotografías en portada bajo el titular «Desaparición de un estorbo» y
comentó favorablemente la destrucción. El Ayuntamiento de Getafe,
con refrendo del Gobierno de la República, rebautizó el enclave como «cerro
Rojo». Mientras tanto, el Gobierno de Madrid proclamaba en el extranjero que en
la zona bajo su dominio se respetaba la libertad de cultos y la religión. Las
imágenes, sin embargo, hablaban por sí solas: el mundo contempló con horror el
furor anticlerical desatado en España.
Las carmelitas del convento del Cerro pudieron salvar la vida
gracias a la ayuda de un vecino de Getafe que facilitó su huida.
La recuperación y el nuevo monumento
El 6 de noviembre de 1936, primer viernes de mes, el general Varela,
al frente de sus legionarios, recuperó el Cerro de los Ángeles tras la caída de
Getafe. Entre las ruinas levantaron una gran cruz blanca e izaron la bandera
española. El capellán castrense celebró allí mismo, en un altar improvisado,
una misa de desagravio. Bajo el fuego de los cañones y fusiles republicanos en
retirada, jefes, oficiales y soldados se arrodillaron para devolver al lugar la
dignidad que la profanación había querido arrebatarle. El 13 de noviembre, la XII
Brigada Internacional lanzó un ataque para recuperar la
posición que terminó en fracaso, con más de 270 milicianos muertos.
El 25 de junio de 1965 se inauguró el nuevo monumento, con una
réplica de la imagen original de 11,50 metros de altura, obra también de
Aniceto Marinas. En el mismo cerro se ubican hoy el convento de Carmelitas
Descalzas (cuya comunidad, fundada por Santa Maravillas de Jesús,
celebra este 2026 un Año Jubilar concedido
por el Papa León XIV por su centenario) y el
seminario de Getafe. Hasta allí peregrinan cada año decenas de miles de
personas.
Noventa años después, el Cerro de los Ángeles sigue en pie como
testimonio de una fe que ni las balas, ni los cables, ni la dinamita lograron
destruir. Y quizá un ejemplo de que lo que se está destruyendo en España hasta
las raíces puede ser reconstruido…, nuestro mayores lo hicieron.
Fuente: Info Católica
