Para la Iglesia, los grupos mayoritarios y los minoritarios son, igualmente, hijos amados a los que dirige su amor de Madre y su instrucción de Maestra
![]() |
| Shutterstock I blvdone |
En todas las
sociedades hay grupos mayoritarios y minoritarios en muy diversas materias y
realidades: la política, la religión, las etnias, la cultura, entre otras. Es
frecuente encontrar que la sociedad, sin mayor ponderación, es propensa a
desplazar a las minorías a un término secundario y periférico de la gestión
social.
Pareciera que,
ante la multitud de problemas sociales y la ingente cantidad de retos que la
operación social trae consigo, se toma conciencia y se atienden los casos más
urgentes e importantes; y suele pasar que los asuntos de las minorías no
siempre se ubican entre tales supuestos.
Valor de las
minorías
Toda la
sociedad –no solo el Estado– está llamada a reconocer el valor de las minorías.
Valor que poseen por el hecho de estar formadas por personas que gozan de una
misma dignidad e iguales derechos que las personas de los grupos mayoritarios.
Las minorías
tienen capacidad para aportar y enriquecer a la sociedad en que se encuentran
insertas; siempre y cuando se decidan a hacerlo con respeto a los derechos de
cualquier otro grupo humano y en torno al Bien común. Nadie puede vulnerar
estos derechos y objeto social en aras de una expresión cultural propia. En
este sentido, todos –mayorías y minorías–, estamos obligados a vivir con apego
al ordenamiento constitucional de la nación en que se vive, y principalmente,
conforme la ley moral natural inscrita por Dios creador en todas las
personas.
Las
particularidades de las minorías son bienvenidas en tanto enriquecen la cultura
y la visión humanista de la sociedad. En este sentido, son dignas de acogida
las expresiones artísticas y culturales, lingüisticas y tradicionales,
culinarias y rituales, también su cosmovisión e incluso su credo ya que estos
dan la oportunidad de ser iluminados y transformados con la revelación plena de
Jesucristo; semejante a lo sucedido en México con el acontecimiento
guadalupano de 1531, que no se vino a imponer destruyendo, sino a
transformar amando
Democracia y
minorías
El Estado, y la
sociedad en general, no pueden excluir a nadie, ni marginar a nadie. La Iglesia
es muy clara al señalar la relación que existe entre la democracia y la
minorías:
“Para asegurar
el bien común, el gobierno de cada país tiene el deber específico de armonizar
con justicia los diversos intereses sectoriales. La correcta conciliación de
los bienes particulares de grupos y de individuos es una de las funciones más
delicadas del poder público. En un Estado democrático, en el que las decisiones
se toman ordinariamente por mayoría entre los representantes de la voluntad
popular, aquellos a quienes compete la responsabilidad de gobierno están
obligados a fomentar el bien común del país, no sólo según las orientaciones de
la mayoría, sino en la perspectiva del bien efectivo de todos los miembros de
la comunidad civil, incluidas las minorías”.
(Compendio
de la Doctrina Social de la Iglesia –CDSI–, n. 169).
No sólo
derechos… también deberes
Toda vez que la
dignidad humana es el elemento común que nos hermana a todos; y considerando
que esta dignidad tiene su fuente en Dios que nos creó con amor a su imagen y
semejanza, todos gozamos de derechos; y la Doctrina Social refina al instruir, también,
las obligaciones. Para el caso de la minorías, nos enseña:
“En primer
lugar, un grupo minoritario tiene derecho a la propia existencia (...) Además,
las minorías tienen derecho a mantener su cultura, incluida la lengua, así como
sus convicciones religiosas, incluida la celebración del culto. En la legítima
reivindicación de sus derechos, las minorías pueden verse empujadas a buscar
una mayor autonomía o incluso la independencia: en estas delicadas
circunstancias, el diálogo y la negociación son el camino para alcanzar la paz.
(...) Las minorías tienen también deberes que cumplir, entre los cuales se
encuentra, sobre todo, la cooperación al bien común del Estado en que se hallan
insertos. En particular, el grupo minoritario tiene el deber de promover la
libertad y la dignidad de cada uno de sus miembros y de respetar las decisiones
de cada individuo, incluso cuando uno de ellos decidiera pasar a la cultura
mayoritaria.”
(CDSI, n. 387).
La vocación
del Estado y la misión de la Iglesia
Si bien es
cierto que el Estado debe ser laico (no laicista); es decir, garante de los
derechos religiosos de todos sus miembros, también es justo señalar el apoyo
que este debe dar a las Iglesias para el cumplimiento de su misión. Queda claro
que no corresponde al Estado la evangelización de sus ciudadanos, pero sí el
garantizar condiciones sociales para que la Iglesia lo haga.
En este mismo
sentido, las minorías religiosas deben ser protegidas por el Estado, y
evangelizadas por la Iglesia con su testimonio de caridad y la predicación
clara e inequívoca de la Buena Noticia de Jesús, según el mandato misionero:
“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15).
Luís Carlos
Frías
Fuente: Aleteia
