Nadie esperaba este aterrizaje o esta vuelta a la fe después de varias generaciones de anticlericalismo y una asentada «teología secular»
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| Revista Ecclesia |
Como católica
de cuna, asisto extasiada al desembarco de otros jóvenes contemporáneos en este
puerto que es la Iglesia. Algunos vienen de marejadas lejanas, de chapoteos
asfixiantes en esa sociedad líquida que nos describió Bauman; otros llevaban
tiempo fondeando en las inmediaciones de la fe, sin querer agarrarse del todo a
esta tierra firme que es el amor de Dios y su magisterio. Aunque llegan por
travesías y medios distintos, todos arriban con la fuerza propia de los
conversos, que obliga a los hermanos mayores de la parábola a volver a ser
conscientes de la belleza de la tierra prometida.
Nadie esperaba
este aterrizaje o esta vuelta a la fe después de varias generaciones de
anticlericalismo y una asentada «teología secular» —término que le robo a mi
amiga, conversa, Maider—. Y es que, durante la mayor parte de mi vida millennial,
una sacaba un pie fuera de su familia o su comunidad cristiana y lo que había
era un páramo. Conceptos (verdades) como trascendencia y Dios —no digamos
Cristo— producían inmediatamente bostezos o sospecha en tus congéneres. El
mundo, sobre todo en la parte pública de su esfera, te toleraba a pesar de tu
rareza. Hoy, fundamentar la existencia en un plano sobrenatural sigue siendo
algo extraño pero es, de repente, exótico. En apenas unos años hemos pasado del
desprecio al interés creciente.
Lo hemos visto
en cómo se ha inundado «el continente digital» —así denominado con gran acierto
por Benedicto XVI— de perfiles y contenidos que hablan abiertamente de la fe,
la doctrina y las Sagradas Escrituras. Lo mismo te hacen un GRWM (Get Ready
With Me) para ir a la Misa dominical que se marcan una exégesis bíblica
desde su habitación adolescente. Lo vemos en las parroquias y realidades
eclesiales, donde se engordan las catequesis de adultos sin que nuestro
apostolado haya experimentado una mejora equivalente. Y lo hemos visto
recientemente en la visita del Santo Padre a nuestra tierra. Jóvenes que en
2011 acampaban en la Puerta del Sol como parte del 15M y que miraban con
perplejidad ciega a aquellos otros que participaban en la JMJ han vivido estos
días el viaje apostólico del Papa en España como feligreses. «Nunca me había
pasado tanto de rodillas», confesaba hace poco el filósofo Ernesto Castro en un
artículo en el que narra sus vivencias como neófito en la reciente visita
papal.
Están llegando,
y debemos estar a la altura. Vienen exhaustos de eufemismos, hambrientos de
liturgia. Ruegan —así me lo transmiten los que afortunadamente acompaño— que
alguien les hable de ley natural, límites, mandamientos y pecado, porque llevan
años nadando en el pegajoso océano del nihilismo y el relativismo posmoderno.
Por eso, a aquellos que llevamos —sin mérito ninguno— ya una vida peregrinando,
no pueden encontrarnos adormilados, apocados. No podemos ofrecer un catolicismo
aguado a aquellos que llegan sedientos y descubren, por vez primera, la fuente
viva de la Eucaristía.
Menos mal que
hemos tenido tan cerca estos días el ejemplo del vicario de Cristo que nos ha
recordado que «la verdad es siempre más grande que nosotros». Ojalá sepamos
acercar a estos increíbles náufragos a la roca de Pedro, a la custodia de un
tesoro milenario y divino que no necesita aditivos ni disfraces. Qué suerte la
nuestra de estar vivos en un tiempo —de gracia— tan apasionante.
Por Almudena C.
Domper
Fuente: Ecclesia
