PAUSA DE HIDRATACIÓN

El descanso nos devuelve la conciencia de que somos hijos antes que trabajadores, miserables antes que sujetos dignos de misericordia

OSV. News. Agustín Marcarian. Reuters

Cada vez que el calor aprieta en el Mundial, el árbitro detiene el partido para una pausa de hidratación. Durante unos minutos, el balón deja de rodar, los jugadores beben agua, recuperan el aliento, reciben indicaciones y vuelven al campo. Aunque al principio algunos éramos reticentes, ahora nadie interpreta esa interrupción como una pérdida de tiempo.

Resulta llamativo que hayamos asumido con tanta naturalidad que un deportista necesite detenerse para seguir compitiendo y, sin embargo, nos cueste tanto reconocer que también nosotros necesitamos pausas para seguir viviendo.

Las vacaciones de verano llegan cada año casi como una concesión del calendario, cuando en realidad responden a una verdad profundamente humana: no estamos hechos para «producir» sin descanso. El ser humano no es una máquina capaz de funcionar indefinidamente. De hecho, no somos máquinas, por mucho que esa expresión se use como un piropo. Tenemos un cuerpo que se fatiga, una inteligencia que se dispersa y un corazón que también se deshidrata cuando vive demasiado tiempo lejos de aquello que le da sentido.

Quizá por eso muchos llegamos al verano con la esperanza de descansar y descubrimos que cambiar de paisaje no basta. Seguimos contestando correos, pendientes del móvil, consumiendo un entretenimiento tras otro y llenando cada hueco de estímulos. Descansamos físicamente, pero seguimos interiormente agotados.

La tradición cristiana siempre ha comprendido algo que nuestra cultura parece haber olvidado: el descanso no consiste solo en dejar de trabajar, o en un ocio que parece una huida hacia delante; el descanso es, en definitiva, volver a aquello para lo que hemos sido creados. Dios mismo instituye el descanso en el relato de la creación, no porque se canse, sino porque el hombre necesita aprender que su valor no depende de lo que produce. El descanso nos devuelve la conciencia de que somos hijos antes que trabajadores, miserables antes que sujetos dignos de misericordia.

No es casual que Jesús invitara tantas veces a retirarse. Después de predicar, de curar y de atender a la multitud, decía a los suyos: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Antes de cualquier eficacia, está siempre el cuidado de la persona. También Dios sabe que un corazón exhausto escucha peor, ama menos y termina viviendo en la superficie.

Que el verano vuelva a convertirse en esa pausa de hidratación que tanto necesita nuestra vida. Una oportunidad para recuperar conversaciones sin prisas, contemplar la belleza, leer con calma, rezar sin mirar el reloj, compartir la mesa con quienes queremos y volver a experimentar ese silencio donde Dios habla sin hacer ruido.

También nuestra alma tiene sed. Y esa sed no se sacia con más actividad, más consumo o más distracciones. Se sacia allí donde el hombre recuerda quién es y para quién vive. La vida humana alcanza su plenitud cuando deja de relacionarse con el mundo únicamente como algo que producir o consumir y vuelve a descubrirlo como un don que contemplar, agradecer, servir y celebrar.

En el fútbol, la pausa de hidratación permite volver al partido con fuerzas renovadas. Ojalá las vacaciones no sean solo un paréntesis para soportar mejor el resto del año, sino un tiempo para volver a la fuente. Porque solo quien aprende a detenerse descubre que descansar no es abandonar la vida, sino la manera más humana de volver a ella.

Por Carla Restoy

Fuente: Ecclesia