Luis Arroyo y Amparo Martínez soñaban con ser misioneros lejos de España, pero la Providencia los unió para crear hace 60 años la Fundación Juan XXIII, al servicio de las personas con discapacidad
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| Luis Arroyo y Amparo Martínez fundadores de la Fundación Juan XXIII |
Casi
nonagenarios, siguen al frente de esta misión que aborda una realidad: en
España hay más de cuatro millones de personas que declaran tener una
discapacidad, según el Instituto
Nacional de Estadística. Y sólo uno de cada cuatro en edad de
trabajar logra un empleo.
Luis y Amparo,
junto a su hijo Javier, director general de la fundación, han comprobado a lo
largo de su vida que, con la formación y los medios adecuados, estas personas
pueden mejorar su calidad de vida, desarrollar su autonomía personal y, en
muchos caos, obtener un empleo.
Un joven
torero y una huérfana de guerra con alma de misioneros
Luis Arroyo iba
para torero. Ganó un concurso para jóvenes talentos taurinos y cortó una oreja
en la Plaza de Las Ventas. "Los toros en realidad fueron los que me
llevaron a la fe. Claro, ante el miedo, pues 'bendito seas, Señor'",
explica en conversación con ACI Prensa.
La experiencia
de los ejercicios espirituales ignacianos transformo su vida:
"Ahí tuve un impacto de fe muy fuerte y ya mi obsesión era las
misiones", recuerda Así, ingresó en el Colegio Mayor de Vocaciones Tardías
de Salamanca, donde estuvo cuatro años. Nunca llegó a ser misionero. Al menos,
como lo soñó en un primer momento.
Amparo fue
llevada en su infancia a un colegio religioso en Toledo donde iban hijas
huérfanas tras la Guerra Civil española. Allí le dieron "una formación muy
buena, tranquila, en época de postguerra, sin decir nada de la guerra ni nada
de odios, nunca".
Al cumplir 12
años, se unió a un grupo de niñas comprometidas a "hacer cada día un
sacrificio para la conversión de los pecadores", como pidió la Virgen
María en Fátima. A los 19 decidió ingresar como novicia en una orden de
religiosas misioneras. Su madre, pese a ser muy religiosa, no la acompañó.
Allí fue feliz "Cuando ya hice el noviciado y el primer año en
Cataluña, me dicen: usted no sirve para misionera", recuerda.
Así volvió a la
vida secular a los 26 años con su título de pedagogía, con el que
logró trabajo en un colegio para personare sordas durante un año. Poco
después, puso en marcha un colegio de niñas al que le puso el nombre de
Inmaculada Concepción.
Una misión
confiada a la Providencia
En 1966 ambos
fundan el colegio de Educación Especial Juan XXIII. La humildad y la
bonhomía del Papa les cautivó. Por eso eligieron su nombre, tres años
después de fallecer el Pontífice que convocó el Concilio Vaticano II.
Allí acogieron
a los primeros 50 alumnos con discapacidad y en un centro que es el origen
de la actual fundación, que hoy abarcar centros de día y de formación
especial, servicios de empleo y pisos tutelados, entre otros servicios,
que dan apoyo a más de 3.500 personas.
Toda esta labor
está confiada a la Providencia: Nunca hemos tenido una peseta, pero nunca nos
ha faltado una peseta. Nunca. Y el camino después de 60 años es muy
largo", detalla Amparo.
"Tengo la
seguridad del patronato que yo tengo arriba: el Señor, la Virgen, San José, mi
banquero de ahora que no falla", expone con humor.
"Señor,
qué bonito, qué bien lo haces"
"Voy a
hacer 91 y es como si tuviera 50", afirma Luis. A los 65 se jubiló, pero
sólo de forma momentánea. Volvió porque su mayor preocupación es "que todo
el mundo conozca a Dios, porque todavía no dejo de sorprenderme el abandono en
el que está la fe todavía en España".
"Cuanto
más conozco a Jesucristo, más me enloquece", añade, antes de subrayar:
"Si no nos enamoramos de él, ¿de qué nos vamos a enamorar? Y entonces eso
es lo que tenemos que dar a conocer, que Jesucristo además está vivo" y
que "va a venir en cualquier momento a preguntarnos a ver qué tal nos
va".
La perspectiva
de la muerte está muy presente también en Amparo, quien espera poder sumarse al
"patronato del cielo" de la fundación: "Hasta tengo ganas de
morir. Digo: ¡Ay!, voy a estar en el patronato de arriba, voy a continuar, pero
desde arriba".
Ella afronta
estos últimos años "aunque llore, alegre o tranquila, esperando con
mi maleta lo que realmente me viene. Seguro, seguro, es la muerte".
¿Y cómo lo
afronta?, le preguntamos. Amparo responde con serenidad y emoción contenida:
"No digo gana, porque la vida es bonita. Pero voy diciendo: Señor, que me
vas a venir a buscar: Que yo te he buscado a Ti y Tú me vas a venir a
buscar a mí".
"Lo único
que me llevo de verdad es lo que yo haya ayudado a la gente. No hay otra cosa.
No queda nada. Ni dinero, ni bienestar", añade Amparo.
Luis, mirando
el camino recorrido, añade: "¿Qué hemos hecho? Nada. Hacer bien, pero no
hemos has hecho nada. Venir, trabajar. Pero el camino ha sido un camino bonito,
que te permite ver las situaciones de cada persona, masticarlas también y
decir: Señor, qué bonito, qué bien lo haces".
Por Nicolás de
Cárdenas
Fuente: ACI Prensa
