Juan Pablo II dedicó una serie de catequesis a explicar la vigencia de estos himnos milenarios, subrayando que son el «camino» para una oración profunda y el espejo donde el ser humano se descubre a sí mismo
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| Liturgia de las Horas, en el Monasterio de Silos |
Los
salmos no son solo textos antiguos del Antiguo Testamento; son
la «fuente ideal de la oración cristiana» y el libro en el que la Iglesia sigue
inspirándose en el nuevo milenio. San Juan Pablo II explicaba
que estos himnos constituyen la estructura fundamental de la Liturgia de las
Horas, la oración de la Iglesia que se recomienda encarecidamente no solo a
sacerdotes, sino también a laicos. El Catecismo afirma que cada salmo «es de
una sobriedad tal que verdaderamente pueden orar con él los hombres de toda
condición y de todo tiempo» (CIC, 2588).
Más allá de los
nombres históricos de sus autores, san Juan Pablo II subraya que el verdadero
autor de los salmos es el Espíritu Santo, que inspiró a los
escritores para que sus palabras expresaran toda la riqueza del alma humana y
enseñaran a orar cantando las maravillas realizadas por Dios en la creación del
mundo y en la historia de la salvación. Estos himnos han acompañado «desde hace
milenios la oración de Israel» y, desde los primeros siglos, los cristianos, al
hacerlos propios, se «insertaron vitalmente en la tradición orante del pueblo
judío».
Al mismo
tiempo, el Papa polaco explicaba que los santos Padres de la Iglesia
descubrieron en Cristo la gran «clave» de lectura del
Salterio. Para ellos, los salmos no solo hablan de Cristo, sino que es el
propio Cristo total —la Cabeza unida a todos sus miembros, que es la Iglesia—
quien continúa hablando y orando a través de estas palabras milenarias.
¿Qué son los
Salmos?
En esencia, los
salmos son oraciones y composiciones poéticas que alcanzan
niveles altísimos de expresión simbólica y lírica. Pero, más allá de su valor
literario, son una radiografía de los sentimientos del alma humana. En ellos se
manifiesta todo el abanico de la experiencia vital: desde la alegría, el amor y
la gratitud, hasta el sufrimiento intenso, la recriminación y la solicitud de
justicia. Como afirmaba el Papa, en los salmos «el ser humano se descubre
plenamente a sí mismo».
¿Por qué
seguimos rezándolos hoy?
Existen razones
fundamentales, explicadas por Juan Pablo II, de por qué estas oraciones siguen
resonando en los templos y hogares de todo el mundo:
1. Son las
palabras de Jesús: Al rezar los salmos, el cristiano utiliza las
mismas palabras que Jesús usó para dirigirse al Padre. Cristo es la «clave» de
lectura de estos textos; los santos Padres de la Iglesia sostenían que en los
salmos se habla de Cristo o es Cristo mismo quien habla a través de los
miembros de su Cuerpo.
2. Una vía
de oración profunda: Citando a san Romualdo, Juan Pablo II recordaba
que los salmos son el «único camino para hacer una oración realmente profunda».
Permiten al fiel cantar las magnalia Dei, es decir, las
maravillas realizadas por Dios en la creación y en la historia.
3. Sintonía
con el Espíritu Santo: Al cantar o recitar un salmo, el creyente
experimenta una sintonía entre el Espíritu presente en las Escrituras y el
Espíritu que habita en él por el bautismo. Los antiguos monjes estaban tan
convencidos de su eficacia que veían en sus versículos una «energía» particular
del Espíritu Santo capaz de fortalecer ante las tentaciones.
4. Santifican el tiempo: La Iglesia organiza el rezo de los salmos según las fases del día (mañana, tarde, noche) para recordar el misterio pascual de Cristo. Así, al amanecer y al ponerse el sol, la vida entera se convierte en oración, cumpliendo el mandato del Señor de «orar sin cesar».
Finalmente, el Papa destacaba que la oración de los salmos impide que el cristiano se encierre en sí mismo. Al ser una oración eclesial, recuerda que es imposible dirigirse al Padre celestial sin una auténtica comunión con los hermanos en la tierra. Cada salmo concluye con la doxología trinitaria («Gloria al Padre...»), lo que transforma la plegaria en una inmersión continua en el misterio de la Trinidad, fuente de toda paz.
Fuente: El Debate
