La Editorial Vaticana publica un nuevo libro de León XIV titulado "Desarmada y desarmante. La paz es un don"
Una antología de los discursos de León XIV sobre el tema de
la paz. |
Este volumen,
editado por Alessandro Banfi, es la primera antología que recopila diversas
intervenciones del Papa Prevost sobre el tema de la paz desde su elección el 8
de mayo de 2025, y que incluye un texto inédito como introducción.
«¡La paz esté
con vosotros!»: este fue el primer saludo que Jesús Resucitado dirigió a sus
apóstoles (Jn 20,19). Este es también el primer don que Cristo resucitado
ofreció a sus amigos y al mundo entero: la paz. Sin embargo, ese don no se
concedía «a la ligera»: el cuerpo glorioso del Maestro de Nazaret mostraba las
llagas de la Pasión. Él atravesó el odio, la violencia, la crucifixión del
mundo. Jesucristo sufrió la injusticia, desarmado y desarmante, y resucitó. El
anuncio evangélico se inscribía y se inscribe en la historia. Hoy, al igual que
hace dos mil años.
La paz es el
gran anhelo que agita muchos corazones, pero también se ve a menudo amenazada,
pisoteada, ridiculizada. Hoy en día, nada menos que 103 Estados están
involucrados de alguna manera en una guerra en la Tierra (1). Las armas
retumban y matan en Ucrania, en Oriente Medio, en Sudán, en Myanmar, en Yemen,
en el Congo y en muchas otras situaciones.
Mi querido
predecesor, el Papa Francisco, acuñó en su momento la expresión «Tercera Guerra
Mundial a pedazos» para describir una situación de conflicto generalizado, sin
precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Al repasar mis
intervenciones sobre este tema, ahora recopiladas en esta antología, quiero
destacar algunos aspectos que me preocupan especialmente.
En primer
lugar, la paz es una responsabilidad. Si nuestro primer instinto ante un
problema con el que nos topamos, ante una tensión que vivimos, ante una ofensa
que sufrimos es juzgar a los demás, acusarlos e incluso condenarlos, será
inevitable que primero la indiferencia y luego el odio se desarrollen a nuestro
alrededor. Existe una forma de ver la realidad que destruye y no construye. En
cambio, la paz empieza por mí. Empieza por nosotros.
San Agustín
decía: «Son tiempos difíciles, son tiempos duros, tiempos de desgracias. Vivid
bien y, con una vida buena, cambiad los tiempos: cambiad los tiempos y no
tendréis de qué quejaros» (2). No podemos pedir paz a los poderosos del mundo
si no empezamos a vivirla nosotros mismos, a partir de nuestras relaciones
cotidianas: en nuestras familias, en nuestros hogares, en nuestras ciudades, en
los lugares donde trabajamos. La paz se construye con pequeños gestos
cotidianos: una sonrisa regalada, una ofensa perdonada, una palabra amable.
Además, la paz
se edifica con la verdad. Incluso quienes hacen la guerra afirman actuar «en
nombre» de la paz. Nadie tiene la desfachatez de declarar que quiere la guerra
por la guerra: incluso los poderosos de la Tierra saben que toda persona aspira
a la justicia y desea vivir en paz. Sobre todo, tras las terribles
consecuencias de los sucesos de Hiroshima y Nagasaki, recurrir a la guerra es
cada vez más una «aventura sin retorno», como señaló san Juan Pablo II (3).
He recordado en
varias ocasiones el sentido llamamiento que san Pablo VI dirigió a la Asamblea
de las Naciones Unidas. Lo que une a los hombres —señalaba mi venerado
predecesor— es un pacto sellado «con un juramento que debe cambiar la historia
futura del mundo: ¡nunca más la guerra, nunca más la guerra! ¡La paz, la paz
debe guiar el destino de los pueblos y de toda la humanidad!» (4).
Sobre todo, en
la era atómica, la verdad debe abrirse paso: no son las armas atómicas las que
generan la paz, sino el desarme. Esa verdad, que parecía indiscutible en las
últimas décadas —durante las cuales hemos sido testigos de una desescalada
nuclear—, se ha visto empañada por una carrera armamentística que hoy asusta y
aterroriza. Como escribió el cantautor y poeta Bob Dylan, dirigiéndose en
sentido figurado a la bomba atómica, en uno de sus poemas: «Te odio porque te
ha creado el hombre, y el hombre te posee y te maneja» (5).
La Iglesia
plantea, hoy, humildemente a todos una pregunta: ¿debe la especie humana seguir
habitando la Tierra? La combinación del dominio cibernético con el rearme
global nos lleva a plantearnos seriamente esta cuestión.
La paz busca
testigos. Esta antología nos lo recuerda con la fuerza de tantos rostros. Las
figuras de las que aquí se habla, entre ellas, el beato Floribert Bwana Chui,
los siervos de Dios Giorgio La Pira y Dorothy Day, son emblemáticas de tantos
hombres y mujeres que, en primera persona, han promovido la paz, venciendo la
tentación de la corrupción, socorriendo a los pobres y fomentando la
diplomacia.
Junto a hombres
y mujeres conocidos, la paz se encarna en «protagonistas desconocidos» que han
seguido su propia conciencia. Ya ha ocurrido en la historia que se ha estado a
punto de llegar a una catástrofe nuclear. Las crónicas relatan que la decisión
de un solo hombre, el oficial soviético Stanislav Petrov, contribuyó a evitar
una posible guerra atómica mundial: fue el 26 de septiembre de 1983. Los
radares del búnker cercano de Moscú, donde Petrov estaba de guardia, detectaron
el lanzamiento de varios misiles balísticos intercontinentales desde Estados
Unidos dirigidos hacia la Unión Soviética. Sin embargo, se trataba de un error
del sistema de localización por satélite soviético. Petrov, desobedeciendo las
órdenes, decidió no informar del supuesto ataque: una decisión tomada con la
conciencia de quien sabía que ese simple gesto podría haber causado millones de
muertos.
Un mundo en el
que fueran las máquinas, por muy sofisticadas y rápidas que fueran, las que
decidieran bombardear a personas indefensas sería realmente aterrador. La
conciencia de un solo hombre puede valer tanto como el mundo entero.
La paz, en
definitiva, necesita esperanza. La Iglesia seguirá predicando la caridad hacia
todos los hombres y mujeres. Si hay algo que el mundo busca hoy en día, creo
que es un mensaje de esperanza para el futuro. Miremos hacia el mañana con
esperanza, habiendo encontrado en el mensaje de Jesús la única fuente. Porque
la esencia de la enseñanza de Cristo es esta: la caridad, el amor, dar la vida
por los demás vencen a la muerte, al aislamiento y a la violencia: «He venido
para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).
A quienes
corren el riesgo de caer en la tentación de la desesperación ante las numerosas
guerras que se libran en el mundo, les dirijo la invitación que ya el Papa Pío
XI extendió a toda la Iglesia: «Demos gracias a Dios porque nos hace vivir en
tiempos difíciles. Ahora, a nadie le está permitido ser mediocre». Que Dios nos
guíe por los caminos de la no violencia. Que los creyentes y las personas de
buena voluntad no dejen nunca de actuar como artífices de la paz. Que cada uno
haga de la paz la causa de su vida.
Desde el
Vaticano, 19 de junio de 2026
LEÓN XIV
1 Cf. Global Peace Index 2026, Sídney 2026.2 San Agustín de Hipona, Discursos, 311, 8.8.
3 San Juan Pablo II, Oración por la paz, 2 de febrero de 1991.
4 San Pablo VI, Discurso ante las Naciones Unidas, 4 de octubre de 1965.
5 Bob Dylan, Go Away You Bomb, 1963.
Fuente: Vatican News