"No basta con organizar servicios, hay que construir relaciones": solo así "la certeza de no ser olvidados por Dios» se traduce «en la experiencia cotidiana de no ser olvidados por la propia parroquia y por la propia familia"
| La Jornada Mundial de los Abuelos fue instituida por el Papa Francisco en 2021. |
Entrevista con
Vittorio Scelzo, responsable de la pastoral de los ancianos del Dicasterio para
los Laicos, la Familia y la Vida, a dos días de la VI Jornada Mundial de los
Abuelos y de los Ancianos, que este año se celebra el domingo 26 de julio,
fiesta de los santos Joaquín y Ana: «No basta con organizar servicios, hay que
construir relaciones».
"No basta
con organizar servicios, hay que construir relaciones": solo así "la
certeza de no ser olvidados por Dios» se traduce «en la experiencia cotidiana
de no ser olvidados por la propia parroquia y por la propia familia". Así
lo explica Vittorio Scelzo, oficial del Dicasterio para los Laicos, la Familia
y la Vida, responsable de la pastoral de los ancianos, quien hace para los
medios de comunicación vaticanos un balance seis años después de la institución
de la Jornada Mundial dedicada a las personas mayores, que este año se celebra
el domingo 26 de julio, en la fiesta de los santos Joaquín y Ana, padres de la
Bienaventurada Virgen María, es decir, "los abuelos de Jesús".
La Jornada
Mundial de los Abuelos y de los Ancianos llega a su sexta edición. ¿Qué balance
se puede hacer del camino recorrido hasta ahora?
En estos años,
la Jornada ha comenzado a consolidarse como una cita estable en la vida de la
Iglesia. Nacida para responder al aislamiento impuesto por la pandemia de
Covid-19, ha dado a la reflexión sobre la tercera edad un enfoque más orgánico.
El objetivo nunca se limitó a celebrar una jornada especial, sino que buscó
desarrollar una verdadera pastoral de los ancianos, capaz de superar una visión
de la vejez reducida a la asistencia: el anciano, que ya no es únicamente
destinatario de servicios caritativos, se convierte en sujeto activo de la
pastoral. Los ancianos constituyen una parte importante del pueblo de Dios y es
necesario ofrecerles la atención pastoral que merecen. El desafío a largo plazo
es transformar esta sensibilidad en una práctica ordinaria, arraigándola en los
procesos formativos de las comunidades eclesiales.
El tema
elegido por León XIV, "Yo, en cambio, nunca te olvidaré" (Is 49,15),
recuerda la cercanía de Dios y el compromiso de la comunidad con los ancianos,
especialmente con los que están más solos. ¿Qué perspectivas concretas abre
este mensaje?
Las palabras de
Isaías abren perspectivas muy interesantes. En primer lugar, la superación de
lo que el Papa Francisco llamaba la «cultura del descarte», que pide a las
comunidades salir al encuentro de los ancianos: en un tiempo que mide el valor
de las personas en función de su eficiencia, quien pierde las fuerzas o la
memoria corre el riesgo de sentirse olvidado. León XIV añade que «el amor de
Dios, que no olvida a nadie, es respuesta al anonimato en el que la vida humana
termina por perderse». El mensaje recuerda que la misión de la Iglesia es hacer
visible y tangible este "no olvidar" divino, haciéndose eco de la encíclica Magnifica
humanitas. No basta con afirmar de palabra la dignidad de los ancianos:
hay que salir a su encuentro, hacerse prójimo mediante una visita, mediante un
abrazo. En la práctica, el Papa pide ir a visitar a los ancianos: una
invitación que adquiere un peso especial en este tiempo, marcado por el calor
del verano y por una soledad que a menudo es más intensa que en otros periodos
del año.
Puede parecer,
y también lo es, una petición de atención social; pero la experiencia enseña
que esta cercanía dejará de ser un gesto aislado solo cuando los ancianos sean
realmente situados en el centro de la vida eclesial. Entonces quedará claro
para todos hasta qué punto su presencia es valiosa: no una carga que gestionar,
sino un don que custodiar. Desde el punto de vista operativo, esto significa
que la comunidad debe hacerse cargo de la soledad, verdadera pobreza de la
tercera edad: no basta con organizar servicios, hay que construir relaciones.
Como repetimos en el Dicasterio, el desafío consiste en pasar "de la
asistencia a la existencia", mediante proyectos de vida en los que el
anciano se sienta parte de un "nosotros" comunitario. La certeza de
no ser olvidados por Dios debe traducirse en la experiencia cotidiana de no ser
olvidados por la propia parroquia y por la propia familia.
Durante
estos años han recogido experiencias significativas en las diócesis y las
parroquias. ¿Existen buenas prácticas o iniciativas especialmente exitosas que
reflejen una creciente sensibilidad hacia los ancianos?
Sí. El
seguimiento constante del Dicasterio muestra una creatividad pastoral muy viva,
con respuestas diferentes según los contextos geográficos. En muchas diócesis
latinoamericanas, la celebración se entrelaza con la devoción a santa Ana. En
Venezuela, la pastoral de los ancianos está especialmente comprometida para que
el mensaje "Yo no te olvidaré" llegue a todos los ancianos afectados
por el terremoto. También en Asia y África no faltan iniciativas que, a partir
de la Jornada, vuelven a situar a los ancianos en el centro de la vida
eclesial: la diócesis de Kampala, en Uganda, es probablemente la que cuenta con
las actividades más numerosas y extendidas.
En India, en
cambio, han sido los jóvenes quienes, a lo largo de los años, han creado
campañas en las redes sociales para promover la Jornada. Una práctica que se
está extendiendo por todas partes, y que hemos apoyado firmemente, es la visita
a los ancianos que viven solos: muchas parroquias han organizado auténticos
turnos de compañía. En Europa destacan los proyectos de "alianza
intergeneracional", en los que jóvenes y ancianos comparten momentos de
oración o de ocio, superando una separación generacional que termina
empobreciendo a ambos. Cuando el anciano vuelve a estar en el centro, toda la
comunidad se beneficia.
El Pontífice
invita a hacer de la cercanía a los ancianos un estilo habitual de la vida
eclesial, no limitado a una sola jornada. ¿Cuáles son hoy los principales
desafíos para que esto suceda?
Es necesario,
ante todo, un cambio de mentalidad, por parte de la sociedad, pero también de
los propios ancianos. No se puede aceptar vivir, ni permitir que otros vivan,
veinte o treinta años sin motivaciones y sin una misión: la vejez es una etapa
de la vida que debe encontrar su propia espiritualidad, no un tiempo vacío que
haya que llenar o gestionar a la espera del final. Tampoco se puede fingir que
no existe y continuar viviendo como si el tiempo no hubiera pasado.
El propio León
XIV, dirigiéndose directamente a los ancianos en su mensaje, los anima con una
llamada clara: "¡No tengan miedo de la fragilidad!", explicando que
esta debilidad, si se acoge, abre el corazón a la invocación y se convierte
ella misma en vocación. Una muestra concreta de ello es la misión que el Papa
confía precisamente a los ancianos: unirse a él en la oración insistente para
que llegue pronto la paz al mundo. Una vocación, no una jubilación espiritual.
Para
acompañar la Jornada se han preparado materiales pastorales, la oración oficial
y otros recursos. ¿A quiénes están dirigidos y cómo pueden ayudar a las
comunidades a vivir concretamente esta celebración?
Los materiales
preparados -el
llamado "kit pastoral", disponible en el sitio web del
Dicasterio- son herramientas pensadas para facilitar el trabajo de las
comunidades eclesiales. La propuesta es deliberadamente sencilla: celebrar una
misa con los ancianos, a ser posible en la iglesia catedral, y visitar a los
ancianos que viven solos en la propia comunidad.
Son
indicaciones muy concretas: en coherencia con el tema elegido para este año, se
pide no olvidar a nadie y, por tanto, visitar también a los ancianos que están
postrados en cama o que no pueden participar en las actividades comunitarias.
También para ellos la Jornada es una llamada a renovarse y a tomarse en serio
la petición de León XIV de interceder por la paz.
Lorena Leonardi
Ciudad del
Vaticano
Fuente: Vatican
News