| Jornada Mundial de los Abuelos y Personas Mayores. Dominio público |
Este
domingo, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores.
Cambiando un poco el contexto, las palabras de Jesús pueden aplicarse de un
modo singular a los abuelos y a las personas mayores.
Hoy es
generalizado el miedo a la vejez. De hecho, las mismas palabras “viejo” o
“anciano” suelen implicar un carácter peyorativo. A nadie le gusta que le
apliquen estos adjetivos, pues están asociados, creo que erróneamente, a decadencia,
inutilidad y, por tanto, a ser descartados del frenético ritmo de vida de
nuestra sociedad.
En la dinámica
de la eficacia no encaja bien la disminución o pérdida de algunas facultades,
físicas o mentales, que es connatural a la vejez. La imagen de tantos ancianos
que viven la soledad en hospitales, casas o residencias parecería fortalecer
esta impresión. El otro día charlaba con un amigo que ha empezado a vivir en
una residencia de mayores y me compartía sus grandes dificultades para asumir
esta nueva forma de vida.
De repente
se veía rodeado de otras personas, de edad no muy lejana a la suya, pero que padecían
dificultades de movilidad o deterioros cognitivos. Él, en cambio, se ve todavía
fuerte, capaz de moverse y de realizar trabajos físicos o intelectuales. Por
ese motivo le repelía la idea de tener que estar en una residencia de mayores.
Encontramos
en este punto una paradoja. Por un lado, no podemos negar que reconocemos y
queremos a las personas mayores cercanas a nosotros: nuestros padres, nuestros
abuelos… Pero vemos su situación vital como algo que no queremos para nosotros.
Al rechazar o no comprender la vejez, de manera inconsciente mostramos
incomprensión o rechazo hacia las personas que viven este momento vital.
Me llamó la
atención estas pasadas semanas la entrevista que escuché al filósofo Rogelio
Rovira, que en su libro “Vejez: la cuarta estación”, propone una nueva mirada
sobre esta etapa de la vida. Es una etapa a la que no todos llegan, pero que
tiene un lugar propio en el desarrollo de la vida, como lo tienen la infancia, la
adolescencia y la juventud o la madurez.
La tarea
propia del tiempo de la ancianidad es la recapitulación, es decir, recordar y
ordenar lo que se ha vivido. Quien llega a esta edad puede mirar hacia atrás y alegrarse
por una vida que encuentra lograda. También es cierto que uno podría tener la amarga
sensación de una existencia malograda, en la que encuentre diversas cosas de
las que arrepentirse. Seguramente para todos será una mezcla de ambas percepciones.
Pero, en cualquier caso, la vejez se convierte en una gran oportunidad. En
cierta manera, aquel que alcanza la ancianidad recibe el regalo de poder
reorientar su vida. Así puede dedicar su tiempo a perdonar o a pedir perdón, a
dar gracias por tanto bien recibido o a asumir pacíficamente las pobrezas y
límites que haya experimentado.
Volviendo a
la parábola de Jesús, las personas mayores pueden ser ese escriba que entiende
del reino de los cielos y, como un padre de familia, saca del arca de la propia
vida lo nuevo y lo antiguo. Por un lado, los mayores son memoria de “lo
antiguo”, de lo vivido, y son testigos de las tradiciones que conforman nuestros
pueblos y ciudades, nuestras familias; por otro, tienen aún la capacidad de
traernos “lo nuevo”, mostrándonos con su experiencia nuevos caminos para
avanzar hacia vidas más logradas.
Los ancianos
han sido respetados en la mayoría de las culturas de la humanidad y no podemos
caer en el error de no hacerlo nosotros. Sus vidas suponen un auténtico legado.
Su tarea de recapitulación no es beneficiosa solo para ellos, sino para cuantos
los acompañamos y seguimos aprendiendo con ellos a vivir en la etapa
correspondiente a cada uno.
Es necesario
que repitamos a nuestros mayores, con gestos y con palabras, lo que dice el
lema de esta jornada: «Yo no te olvidaré».
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia