Una reflexión sobre el papel del Sucesor de Pedro y sobre su Magisterio
| Papa León XIV |
Incluso cuando
habla de paz y guerra, de la acogida a los migrantes o de cómo seguir siendo
humanos en la era de la inteligencia artificial, el Sucesor de Pedro es y sigue
siendo siempre un líder espiritual. El hecho de que el Obispo de Roma, en
virtud de los Pactos de Letrán de 1929 que resolvieron la «Cuestión Romana»,
sea también soberano del Estado más pequeño del mundo —menos de medio kilómetro
cuadrado en el corazón de la capital italiana— no significa, de hecho, que
actúe o se exprese como un político cuando aborda temas que atañen a los
asuntos de nuestra humanidad.
Pablo VI lo
explicó muy bien en su intervención del 4 de octubre de 1965 ante la Asamblea General de las Naciones
Unidas: «Este encuentro —dijo el Papa Montini— marca un momento sencillo y
grandioso. Sencillo, porque delante de ustedes tienen a un hombre como ustedes;
es su hermano y, entre ustedes, representantes de Estados soberanos, uno de los
más pequeños, revestido él también —si así les place considerarnos— de una
minúscula, casi simbólica soberanía temporal, la suficiente para ser libre de
ejercer su misión espiritual y para asegurar a quienquiera que trate con él que
es independiente de toda soberanía de este mundo». El Papa, de visita en
Estados Unidos, añadía inmediatamente después, hablando de sí mismo: «Él no
tiene ningún poder temporal, ni ninguna ambición de competir con ustedes; de
hecho, no tenemos nada que pedir, ninguna cuestión que plantear; si acaso un deseo
que expresar y un permiso que solicitar, es el de poder servirles en lo que se
nos ha encomendado hacer, con desinterés, con humildad y amor».
Es cierto que,
para garantizar la absoluta libertad del Vicario de Cristo, hace casi cien años
se estableció que existiera un minúsculo pedazo de tierra en el que el Obispo
de Roma y Pastor de la Iglesia universal fuera también soberano, es decir, Jefe
de Estado. Pero se trató, y se trata, de una convención destinada a reconocer
precisamente esta necesidad de independencia respecto a cualquier otro Estado,
y no la afirmación de una doble misión. Cualquier exaltación o exageración del
papel del Pontífice como Jefe de Estado, cualquier énfasis en la importancia de
este papel resulta, por tanto, engañoso, ya que va en detrimento de su única y
verdadera misión como Pastor universal. Un Pastor que se dirige a los
católicos, a los cristianos, a los creyentes y a todos los hombres de buena
voluntad con el único propósito de anunciar el Evangelio, su mensaje de amor,
de fraternidad y de paz «desarmada y desarmante».
Así lo subrayó
acertadamente el entonces cardenal Giovanni Battista Montini, cardenal
arzobispo de Milán, en su intervención en el Campidoglio el 10 de octubre de
1962, en vísperas de la inauguración del Concilio Ecuménico Vaticano II. En
aquel discurso, el futuro Papa, al referirse al fin del poder temporal de la
Iglesia con la caída del Estado Pontificio en 1870, dijo: «Fue entonces cuando
el papado retomó con inusual vigor sus funciones de maestro de vida y de
testimonio del Evangelio, hasta alcanzar tal altura en el gobierno espiritual
de la Iglesia y en la influencia moral sobre el mundo como nunca antes».
Cuando pide que
la vida humana sea siempre respetada y protegida en todas las etapas de su
existencia; cuando habla de paz pensando en el bien de los pueblos y pide que
se ponga fin a la loca carrera armamentística, superando incluso el concepto de
«guerra justa»; cuando invita al diálogo y a la negociación apelando al
Magisterio de la Doctrina Social, cuando pide que se considere a los migrantes
como personas a las que hay que acoger sin olvidar nunca su dignidad humana,
cuando nos recuerda que los pobres están en el centro del Evangelio y que
debemos construir sociedades más justas y equitativas, cuando defiende el
derecho a la libertad religiosa, cuando subraya la importancia de custodiar la
Creación para transmitirla a nuestros hijos y nietos, el Sucesor de Pedro no
está hablando como Jefe de Estado. Simplemente está anunciando el Evangelio.
Andrea
Tornielli
Fuente: Vatican News