COMENTARIO AL EVANGELIO DE NUESTRO OBISPO D. JESÚS VIDAL: "EN BUSCA DE UN MAESTRO"

Vive el hombre de hoy en una gran paradoja.
Dominio público

Por un lado, el culmen del deseo de muchos está en la libertad absoluta: «hacer lo que me dé la gana». Pero, por otro lado, al buscarlo, nos damos cuenta de que hacer es elegir y, al elegir, nos vinculamos, determinando así la presunta libertad que buscábamos. 

Existe una opción para no dejarnos “enredar”, que consistiría en cortar cada vez la trama y volver a empezar, es decir, no dejar que la vida genere una narración coherente y en su lugar “engancharnos” y “desengancharnos” continuamente.

Esto puede parecer que funciona al principio, pero pronto uno se da cuenta de que vivir así priva a la vida presente de sentido, al cortar con el pasado y negarse el futuro. De esta forma, muchas personas se encuentran paralizadas en la indecisión. Si elijo, me vinculo; si no elijo, permanezco sin sentido.

Por eso en la cultura actual la propuesta de Jesús en el evangelio según san Mateo resuena con fuerte estridencia: «tomad mi yugo sobre vosotros». La imagen del yugo nos suena a opresión, a falta de libertad; es una imagen que puede llegar a angustiarnos. Se opone totalmente a la premisa de la libertad absoluta a la hacía referencia al principio. También en la tradición bíblica, la expresión yugo aparece muchas veces unida a la opresión. 

En el libro del Levítico, por ejemplo, Dios la utiliza para hablar de la liberación de Egipto: «rompí las coyundas de vuestro yugo y os hice andar con la cabeza bien alta». Entonces, ¿cómo puede usar Jesús esta imagen del yugo para hablar de la relación con él? Lo entendemos a partir del contexto.

Tras las enseñanzas acerca de la misión, Jesús ha enviado a los apóstoles, y él mismo ha recorrido pueblos y aldeas anunciando la misericordia de Dios. Se ha encontrado con una doble respuesta. Muchos han malinterpretado sus milagros y no han acogido su palabra, pero algunos sí han abierto su corazón. Los primeros son llamados por Jesús «los sabios y entendidos», que ya saben lo que tienen que hacer, son autosuficientes e interpretan la propuesta de Jesús desde sí mismos. 

Los segundos son «los pequeños». Y ¿qué es lo que han rechazado unos y acogido los otros? La mirada del Padre. Dice san Juan de la Cruz que el mirar de Dios es amar. Dios mira y ama a su Hijo y, así, Jesucristo mira y ama a cada uno de nosotros con la mirada y amor de su Padre. Creer en esta mirada es acoger su yugo, que es llevadero.

La única forma de salir de la paradoja es reconocer que hemos sido creados para amar y ser amados y que solo en el amor descansa nuestro corazón. Lo que sucede es que, muchas veces, estamos tan heridos que no pensamos que un amor así sea posible, un amor que nos libere de forma segura y definitiva. Nos negamos a creer algo así. Un yugo que sea ligero, una relación que no nos oprime, sino que nos sostiene, porque nos ama de forma incondicional, es precisamente lo que nos ofrece Jesús.

Para acogerla hay que ser pequeño, es decir, estar dispuesto a ser discípulo, a dejarse instruir. Hoy seguimos a muchas personas en redes sociales o medios de comunicación, pero no aceptamos maestros, porque esto último implica confiar a alguien nuestra vida. Los sabios y entendidos no necesitan maestros. Jesús nos ofrece un camino de instrucción que implica toda la vida, siguiéndole a Él. El discipulado es el método de la vida cristiana. Consiste en acoger los vínculos que se me ofrecen en la Iglesia, escuela de comunidad de discípulos, que aprenden juntos del Maestro a vivir con la mirada del Padre, a vivir amando intensamente y en verdad, aun a costa de perder en el camino la propia vida para encontrarla.

 + Jesús Vidal 

Obispo de Segovia

Fuente: Diócesis de Segovia