El arzobispo
de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española espera que las
palabras y subrayados de León XIV completen las líneas pastorales de la
Conferencia Episcopal para los próximos años
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| Mons. Argüello/Foto: Elena M. Tascón |
La última vez
que un Papa viajó a España, en agosto de 2011, Luis Argüello era sacerdote de
la archidiócesis de Valladolid. En aquella Jornada Mundial de la Juventud de
Madrid, que presidió Benedicto XVI, el hoy presidente de la Conferencia
Episcopal Española acompañaba a jóvenes de su diócesis. 15 años después, la
situación es distinta, «por lo que significa ser obispo de una diócesis, pero
también como presidente de la Conferencia Episcopal, que da la posibilidad de
acogerle en nombre de todos los obispos en la sede de la CEE y de acompañarlo
en todo el viaje». Será un momento especial, añade, de especial llamada, para
ser «un verdadero ministro de reconciliación, comunión y misión».
—España es
uno de los primeros destinos de León XIV. ¿Cómo interpreta esta elección?
—El deseo ya manifestado por la Iglesia española en tiempos de Francisco y
ahora con León XIV, desde su elección, ha sido insistente. Por otra parte, no
hay que olvidar que este Papa es americano, del norte y del sur. Y en la
relación con Hispanoamérica, España es de gran importancia. Hablando en España,
tendrá repercusión en Iberoamérica. También es puente con África, sobre todo en
los asuntos migratorios. Además, dentro de la situación que atraviesa Europa,
nuestro país tiene circunstancias singulares. Es una de las naciones de Europa
de tradición católica que vive una secularización grande. Como prior de la
Orden de San Agustín, y dado que la congregación tiene una presencia grande en
España, es conocedor de la Iglesia de nuestro país y del desafío de la
evangelización en sociedades secularizadas que han sido mayoritariamente
católicas.
—¿Cómo es la
Iglesia que va a recibir al Papa?
—Creo que tenemos que hablar a través de lo que han sido las manifestaciones
públicas en los últimos años de este servicio de comunión y coordinación que es
la Conferencia Episcopal. Tanto las líneas pastorales recién aprobadas como las
anteriores subrayan inquietudes concretas, que tienen que ver con la
evangelización, con la iniciación cristiana, con la acogida del camino sinodal
y de cómo articular la comunión misionera en una distribución demográfica de
España, y de sus diócesis, muy asimétrica. Para esto hacen falta personas y,
por tanto, también vivimos una preocupación por la cuestión vocacional. Diría
que la Iglesia española vive en estos momentos la tensión entre cómo
administrar la extraordinaria herencia recibida de la tradición católica, de espiritualidad
y de patrimonio, y cómo evangelizar a muchas personas que tienen un
conocimiento mínimo de lo que el Evangelio significa. Articular la
administración de la herencia recibida y la novedad del momento misionero no
resulta fácil y, a la vez, es un desafío entusiasmante.
Por otra parte,
se están incorporando a nuestras comunidades personas que vienen
fundamentalmente de Hispanoamérica. Supone un desafío grande, porque no se
trata solo de acogerlos por la puerta de Cáritas y ofrecerles una ayuda, sino
de darles un verdadero protagonismo eclesial en todo lo que significa la vida
de la comunidad. Vemos con preocupación que algunos de los que llegan, aunque
bautizados en la Iglesia católica, viven su fe en Iglesias pentecostales o
evangélicas, o se pierden.
—¿Cuál cree
que es el principal reto que tiene la Iglesia en nuestro país y cómo lo puede
iluminar León XIV?
—El principal reto tiene que ver con articular a todos los niveles de la vida
eclesial esto que el Sínodo ha llamado comunión misionera. Y, por tanto, la
presencia del Papa puede ser una llamada fuerte a la comunión. Y una invitación
a ser signos de paz. Porque hay una paz que nos llega directamente de ese grito
del Papa ante las realidades de las guerras que estamos viviendo, pero hay otra
a ser signos e instrumentos de paz en todos los ámbitos de la vida: la
familiar, la social, la eclesial, la pública…
—Aunque ya
publicado, el documento que recoge las líneas pastorales de la Conferencia
Episcopal se ha dejado abierto a lo que el Papa pueda decir en España….
—La historia misma de los planes pastorales de la Conferencia Episcopal empezó
con el eco de una visita, la de Juan Pablo II en 1982. Nosotros hemos elaborado
un texto que se tarda en hacer, con un diálogo en dos asambleas plenarias y
varias comisiones permanentes. Esperamos llenar las páginas en blanco del
documento con los subrayados que el Papa pueda hacer. Ahora mismo, lo que puedo
hacer es apelar a mí mismo y a los demás a tener disponibilidad para acoger lo
que el Papa nos diga, no a presuponer aquello que va a decir.
—¿Qué puede
aportar esta visita a la vida social española?
—El acontecimiento se desarrollará en diversos lugares de España como un
proyecto de todos. De hecho, se producirá una experiencia de colaboración entre
las diversas administraciones públicas de diversos signos con la propia
Iglesia. Esto muestra que es posible organizar juntos y acoger juntos un
proyecto común. Y, luego, espero y deseo que la presencia del Papa en las
Cortes Generales recuerde que para organizar la vida pública precisamos acoger
elementos prepolíticos o referencias éticas, de finalidades en torno al bien
común que la propia democracia no se da a sí misma, sino que tiene que acoger
de tradiciones que vienen de fuera, en este caso, de una gran tradición
religiosa. Ojalá pueda favorecer una escucha mayor y un discernimiento
compartido desde las legítimas posiciones de unos y otros, pero con el
reconocimiento de que hay asuntos mayores, de especial importancia, que no se
resuelven de inmediato ni en una legislatura, sino que piden acuerdos grandes.
Para esto hace falta capacidad de escucha, de diálogo, de propuesta y de mirar
hacia adelante. Los parlamentarios acogen a una figura cuya legitimidad viene
de formar parte de una gran tradición, la cristiana, que dio pie a eso que
llamamos Occidente. Porque en el arranque mismo de la sociedad occidental hay
un humus evangélico.
Es bueno, ante
la crisis de las democracias occidentales, que la sociedad española y los
políticos españoles se pregunten sobre su humus, porque en otros lugares de
este mundo las referencias espirituales existen. Existen en China, en India, en
los países musulmanes. Todo ello, con el gran aporte de la tradición cristiana,
que es ese principio de dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del
César. Es decir, aceptando una distinción, que no significa oposición ni
esconder a Dios en el armario. Porque hay que plantear al César lo que es Dios,
sobre todo cuando tiene pretensiones de creerse Dios.
—Usted ha
dicho que la visita puede ser una oportunidad para el diálogo entre Iglesia y
sociedad. ¿Cómo se puede concretar esto?
—A veces, lo que trasciende son los diálogos a nivel institucional, pero diría
que lo importante es el diálogo que se da en la vida cotidiana. Por tanto, este
diálogo solo es posible si los laicos católicos españoles toman conciencia de
que la fe no es un asunto privado, sino que debe estar en la barra del bar, en
las relaciones habituales, no para dar la matraca todo el día, pero sí para
ofrecer la perspectiva de fe ante diversos asuntos. Para esto hay que trabajar
la formación, desde un coloquio en el interior de la propia Iglesia.
A nivel
institucional, la clave está en lo cotidiano: en el diálogo de un párroco o de
un consejo pastoral parroquial con el ayuntamiento de su pueblo, o incluso el
que pueda tener un obispo con el presidente de una diputación o el alcalde de
la ciudad en la que reside. Estos son diálogos básicos. A partir de aquí, se
pueden poner en marcha iniciativas concretas y, de hecho, la propia Iglesia
española ha propiciado diálogos, por ejemplo, en materias como la migratoria o
la demográfica.
—¿Qué
significa que un Papa vuelva a pisar la sede de la Conferencia Episcopal?
—Lo más importante de este encuentro es hacer visible lo que es nuestra
realidad: un grupo que forma parte de los Doce acoge a Pedro y quiere escuchar
a Pedro para tomar conciencia de que somos un colegio, con lo que eso
significa, incluso al servicio del Pueblo de Dios. Aunque tenemos una
responsabilidad sobre una Iglesia particular, estamos llamados a tener una
solicitud por todas las Iglesias. Y, desde ahí, recordarnos lo esencial de
nuestra misión, que es ser servidores del anuncio del Evangelio, servidores de
la comunión que brota de la Eucaristía y apóstoles, es decir, misioneros.
—Madrid,
Barcelona y Canarias son las paradas. Lugares distintos y con acentos diversos…
—En todo el viaje hay una articulación entre lo común y lo particular. Las
grandes celebraciones de la Eucaristía serán reflejo de lo que hacemos cada
domingo en todas las parroquias, hasta en las más pequeñas. Es la expresión de
la Iglesia universal, pero que acontece en la Iglesia particular. En segundo
lugar, cada etapa tiene un desafío. Está el de las megalópolis, en Madrid y
Barcelona. En la capital catalana aparece, además, la Sagrada Familia y la
santidad de Gaudí, que es la santidad de un arquitecto, de un laico. Y,
finalmente, Canarias, que hace realidad un deseo expresado por el papa
Francisco para poner por delante la cuestión migratoria, que es un modo
concreto de no perder de vista a los pobres, aunque en las otras diócesis
también habrá referencias a la acción social y caritativa de la Iglesia. Este
recorrido nos recuerda que somos una Iglesia que vive en un tiempo concreto,
que forma parte de una comunión y que no se olvida de los más necesitados.
—León XIV
aterrizará en España tras celebrar su primer año como Pontífice. ¿Cuál es su
balance?
—El Papa está siendo fiel a la impresión que desde el principio teníamos de él.
Es una persona que pone por delante la escucha y que tiene acentos claros, como
la comunión y la paz. La comunión, no como pacto, sino como conversión al
Señor, de lo que nos propone y cómo esto ha sido acogido a lo largo de la
tradición eclesial. Y la preocupación por la paz en el sentido más pleno, como
el gran bien mesiánico que la Iglesia acoge como saludo del resucitado. Es un
Papa que escucha y que quiere situar la comunión eclesial desde lo esencial,
Jesucristo y la misión. Una misión que es expresión de la paz que el resucitado
nos ofrece.
León XIV nos
recuerda que no podemos pensar solo en estrategias para asegurar el
cumplimiento pleno de las cosas que decimos, sino en situarnos, ya lo decía
Francisco, como peregrinos de esperanza. Queremos ser sembradores de paz,
signos e instrumentos de paz, pero, al mismo tiempo, esperamos la plenitud de
la paz, que no es de este mundo. Esto es lo que el Papa anuncia: alguien que
viene, Jesucristo, que nos convoca a la comunión y nos envía a construir la
paz, que será plena cuando el Príncipe de la paz vuelva en su segunda venida. Y
lo hace con un aroma agustiniano. Este es el aroma para la propuesta esencial,
que es la conversión a Jesucristo, la comunión en la Iglesia y la misión en el
mundo hasta que el Señor vuelva.
Por Fran Otero
Fuente:
Ecclesia