«Algunos fueron arrojados al mar con las manos y los pies atados y una piedra atada al cuerpo» durante la Guerra Civil, recuerda el Vaticano
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| La iglesia de Novales (Cantabria), saqueada por los milicianos |
El Papa León
XIV ha firmado este viernes el decreto de martirio del sacerdote Francisco
González de Córdova y 79 compañeros mártires, que dieron su vida por
la fe en la diócesis de Santander entre 1936 y 1937. El
Pontífice lo ha aprobado después de recibir en audiencia al prefecto del
dicasterio para la Causa de los Santos, el cardenal Marcello Semeraro.
Según el
Vaticano, «es en la Guerra Civil española de los años 30 del siglo pasado y en
la consiguiente persecución religiosa donde se inscribe el
testimonio de fe y de amor» de los 80 futuros beatos. «Algunos fueron arrojados
al mar con las manos y los pies atados y una piedra atada al
cuerpo; otros, desaparecidos en el barco-prisión Alfonso Pérez;
otros más, asesinados y quemados; algunos murieron en una
especie de campo de concentración», constata la Santa Sede De los 80, 67
eran sacerdotes, 3 religiosos carmelitas, 3 seminaristas y 7 laicos.
«La historia de
Francisco González de Córdova es expresión de una gran fidelidad hacia
las personas a las que acompañaba en su ministerio sacerdotal en la parroquia
de Santa María del Puerto, en Santoña», atestigua el Vaticano. «Durante la
persecución se niega a huir a pesar de las prohibiciones de celebrar la
misa y administrar los sacramentos. Es hecho prisionero y llevado al
barco transformado en prisión; en la bodega sigue confesando a los
prisioneros y rezando el rosario todos los días. Cuando es llamado
para la ejecución, pide ser el último para poder absolver y bendecir a sus
compañeros. Tenía 48 años», detalla el dicasterio para la Causa de los Santos.
También una
monja muerta en 1998
En el mismo
acto ha sido declarada «venerable» la madre María Ana Alberdi
Echezarreta, religiosa española, nacida en el País Vasco en 1912. Huérfana
de ambos padres con solo 7 años, comenzó a trabajar muy pronto, pero descubrió
su vocación religiosa gracias al encuentro con un sacerdote. En 1932, en
Madrid, vistió el hábito blanco de las Hermanas Concepcionistas Franciscanas;
cuatro años después hizo la profesión solemne. Luego estalló la Guerra Civil
Española y se vio obligada a abandonar su monasterio, al que
regresaría para convertirse primero en maestra de novicias y luego, en 1953, en
abadesa, reelegida en varias ocasiones en los Capítulos posteriores.
Una tarea nada
fácil tras la guerra y tras el Concilio Vaticano II, a raíz del cual trabajó en
la revisión de las Constituciones de la Orden. «Guio a su comunidad con
sabiduría y mansedumbre, infundiendo paz en quienes la
encontraban», afirma el Vaticano. En 1998 cayó enferma a causa de una dolencia
que la llevó a la muerte. «El propósito de su vida fue hacerse santa amando»,
afirma.
Fuente: El Debate
