El sacerdote, granadino afincado en Valladolid desde niño, sitúa el origen de su vocación en la figura de la Reina Isabel la Católica
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| José Luis Rubio Willen, director de la Comisión para la Causa de beatificación de la Reina Isabel la Católica. |
Granadino de
origen, aunque afincado en Valladolid desde los nueve
años, José Luis Rubio Willen se ordenó sacerdote a los 60 años
tras una vida vinculada a la radio, la música, la noche, la moda y hasta la
hípica. Hoy, con 80 años, se reivindica como «cura de pueblo» tras su paso por
parroquias como Carpio, Bobadilla, Brahojos o El Campillo. Desde
esa experiencia, dirige la Comisión para la Causa de Beatificación de
la Reina Isabel la Católica, a la que define como una figura de «gran
fuerza contra el mal» y cuya santidad «nadie puede poner en duda».
–Usted
dirige la Comisión para la Causa de Beatificación de Isabel la Católica, un
proceso que se remonta a los años 50 y que ha pasado por distintas fases. ¿En
qué punto se encuentra?
–El proceso
empieza a caminar en 1958, con motivo de la apertura de la Causa de
Canonización de Isabel I de Castilla. En noviembre de 1972 se presentan ante
Roma los trabajos de la fase diocesana y se inicia allí el proceso apostólico.
Desde entonces ha habido distintas etapas: una primera, con Vicente Rodríguez
Valencia y su equipo, con un estudio histórico muy profundo; luego una segunda,
con Vicente Vara Sanz, en la que se continúa ese trabajo y se difunde más la
figura de Isabel; y luego la etapa actual, que es la que me toca a mí, donde
asumo la dirección tras su fallecimiento. Ahora mismo, el proceso está
terminado, en Roma, con un milagro pendiente de estudiar.
–¿Es
realista pensar que la beatificación pueda salir adelante en un plazo cercano?
–En la reciente
visita del nuncio de Su Santidad en España, monseñor Piero Pioppo, dijo «pronto
la veamos beata», y lo dijo claro y sin complejos. Ahora bien, hay que tener en
cuenta que este es un proceso de gran envergadura; ella traspasa diócesis, naciones
y continentes. Como yo digo, Isabel la Católica es santa sin altar y también es
sierva de Dios, lo que significa que nadie puede poner en duda que está ante la
presencia de Dios y que es intercesora privada entre lo divino y lo humano. Es
importante también entender una cosa: los santos no los hacen ni los papas, ni
los cardenales, ni los obispos; los santos los da Dios en el momento en que más
se necesitan. Para mí, entre los milagros más grandes de la Reina Isabel
destaca la fuerza que tiene contra el mal. Es una fuerza, créame, igual que la
que pueda tener la Virgen María o el Padre Pío.
–Más allá
del proceso, usted vincula directamente su propia vocación con la figura de
Isabel la Católica, ¿Qué representa para usted?
–Total, mi
vocación nace en torno a la Reina Isabel. Yo fui a pedirle orientación a ella y
también a santa María de la Alhambra, y la respuesta fue clara. Yo lo considero
un milagro moral; desde entonces estoy aquí y soy feliz.
–Antes de su
ordenación, su vida discurre por ámbitos muy alejados de la Iglesia, como la
música, la fotografía o el cine...
–Sí, yo me
dejaba llevar por lo que me gustaba. Me gustaba la música, monté una tienda de
música; me gustaba la discoteca, monté discotecas y empecé en sitios como
Alaejos, donde arranqué esa etapa. Era un ambiente muy fuerte, muy vivo.
–¿También
formó parte del ambiente creativo del mundo de la moda?
–Sí, estuve en
la pasarela Cibeles con diseñadores como Francis Montesinos, Jesús del Pozo o
Manuel Piña, que eran los grandes nombres en aquel momento. Trabajé en ese
oficio, aunque no era lo que más me gustaba; lo hice para entender ese mundo,
para ver cómo funcionaba. Luego me pasé a la fotografía, que me interesaba más.
En paralelo estaba el cine. Yo trabajaba en documentales, en esa época en la
que toda película tenía que llevar uno delante. Estaba contratado por una
productora que se encargaba de eso y allí coincidí con los inicios de Pedro
Almodóvar. Él llegó con su primera película, hecha prácticamente con sus
propios medios, en 16 milímetros, y buscaba que se la distribuyeran. Era una
película muy sencilla, pero ya se veía el talento que tenía.
Yo no
quería ser sacerdote, ni lo deseaba ni lo pensaba
–Otra de sus
facetas fue la radio, ¿cómo fue esa experiencia?
–Hacía un
programa nocturno en Valladolid, desde la medianoche hasta las dos de la
madrugada, donde presentábamos novedades musicales. Tenía mucho tirón, porque
era la hora en la que la gente joven volvía de las discotecas o todavía estaba
despierta. Además, fui cantante y formé parte de un grupo en aquellos años.
Empecé a cantar en la universidad, en colegios mayores, en teatros… Era
cantautor y luego formamos una banda, pero ahí entró la droga, y de todos los
que estábamos, el único que queda soy yo.
–¿Vivió de
primera mano el ambiente musical de los años 80?
–Fue una época
muy fuerte. Conocí a mucha gente. Recuerdo conversaciones con Nacho Cano en las
que hablábamos de aquella etapa de la movida madrileña. Él era más joven, pero
compartíamos ese ambiente.
–Hay una
anécdota muy significativa de su época como empresario de la noche relacionada
con la construcción de una iglesia en Valladolid, ¿Qué ocurrió?
–Sí, eso fue en
el año 1975, cuando yo estaba montando una discoteca en Alaejos. Da la
casualidad de que el constructor era el mismo que el de la iglesia de los
Jesuitas, el Sagrado Corazón. Yo había elegido un tipo de techo para la
discoteca y, en plena obra, me llamaron diciendo que habían medido mal y que
necesitaban justo ese mismo techo. Entonces imagínese la situación: los dos
proyectos en plena obra. Yo llamé al constructor porque aquello era una
responsabilidad tremenda. Pero al final tomé la decisión de cederles todo el
techo que tenía para la discoteca. Gracias a eso pudieron terminar la iglesia
tal y como está hoy. Luego tuve que poner otro distinto en la discoteca, en
blanco, que con el tiempo se amarilleaba y no era lo mismo. Pero, bueno, lo hice
por mayor gloria de Dios. Siempre digo que los Jesuitas tienen una parte de
techo de discoteca en su iglesia.
Me
considero cura de pueblo y creo que los curas no nos jubilamos. Mientras tenga
salud, sigo entregando mi vida a la Iglesia
–Con ese
recorrido, el paso al sacerdocio resulta especialmente llamativo. ¿Cómo se
produce ese cambio?
–Fue en torno
al año 2000. Yo estaba en el mundo de la noche, con mi discoteca, con mi novia,
con una estructura mental totalmente diferente. Me avisaron para colaborar en
la Comisión de Isabel la Católica; me dejé llevar y empecé a trabajar en temas
de oficina. Y ahí, trabajando, es donde me viene la vocación y, oye, ¡qué cosa
tan bonita!
– ¿Era algo
que había pensado antes?
–Yo no quería
ser sacerdote; ni lo deseaba ni lo pensaba, hasta me parecía una locura. Pero
estaba en un momento propicio, había terminado una relación larga, y ahí se
produce el cambio. La verdad es que me salía de cualquier edad canónica para
cualquier puesto y para cualquier deseo mundano, y la verdad es que me ha
servido para ser más feliz.
–Desarrolló
su labor en pequeñas parroquias, ¿cómo fue esa etapa?
–He sido
sacerdote en pueblos muy pequeños donde la gente no te olvida y te quiere. He
estado en Carpio, Bobadilla, Brahojos, El Campillo... he sido tremendamente
feliz. Me considero cura de pueblo y creo que los curas no nos jubilamos.
Mientras tenga salud, sigo entregando mi vida a la Iglesia.
Lorena Torío
Fuente: El Debate
