La concreción de los gestos, la ternura de los sentimientos. Todo esto estaba en los llamados que, durante la Semana Santa, el Papa León XIV dedicó a la paz y al cese de los conflictos que azotan el mundo
| Papa León XIV (@Vatican Media) |
Desde las manos
que “gotean sangre” del Domingo de Ramos, hasta aquellas que depongan las
armas, invocadas en el mensaje para la Urbi et Orbi. Los llamamientos a la paz
del Pontífice invitan a no dejarse superar por la indiferencia y la
habituación, sino a creer con firmeza en el “Dios que rechaza la guerra”.
"Hermanos,
hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la
guerra, que nadie puede usar para justificar la guerra, que no escucha la
oración de quien hace la guerra y la rechaza diciendo: Aunque multiplicarais
las oraciones, yo no escucharía: vuestras manos gotean sangre”.
Las manos
impregnadas de esa savia vital ya derramada, invocadas por el Papa el Domingo
de Ramos. Las mismas manos del Pontífice, estrechadas alrededor de la Cruz el
Viernes Santo. Un “signo importante”, según su propia admisión, como “líder
espiritual hoy en el mundo”, que abraza idealmente a “madres”, “parientes” y
“amigos de los condenados”, obligados “a humillarse ante la autoridad para
recibir los restos martirizados” de una persona querida. Y finalmente, esas
mismas manos llamadas a deponer las armas y a resplandecer con la misma luz
celebrada la mañana de Pascua desde la Logia central de la Basílica de San
Pedro.
“Vuelve tu
espada a su lugar”
La concreción
de los gestos, la ternura de los sentimientos. Todo esto estaba en los llamados
que, durante la Semana Santa, el Papa León XIV dedicó a la paz y al cese de los
conflictos que azotan el mundo. El primer fotograma es el del Domingo de Ramos en la Plaza de San Pedro, frente a 40.000
fieles y 120.000 ramitas de olivo levantadas para simbolizar esa paz suave de
la que Jesús, recordó el Pontífice, es tanto “rey” como “caricia”, mientras
“otros empuñan espadas y bastones”. A ellos se dirigió el Pontífice con las
mismas palabras pronunciadas por Cristo cuando uno de sus discípulos, según el
relato evangélico, había sacado un arma para defenderlo.
“Vuelve tu
espada a su lugar, porque todos los que toman la espada, de espada morirán”
El rojo de la
sangre que gotea, contrastado por ese mismo color que destacaba en los
ornamentos litúrgicos, celebración de ese Dios que “no se armó, no se defendió,
no peleó ninguna guerra”, afirmó el Pontífice.
“En lugar de
salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces
plantadas en todo tiempo y lugar en la historia de la humanidad.”
“El bien no
puede venir de la prevaricación”
La paz invocada
por el Papa, especialmente en esta “hora oscura” para un mundo “contendido
entre potencias que lo devastan”, tocó todo el conocimiento de la existencia
humana. En la Misa Crismal del Jueves Santo, presidida en la
Basílica de San Pedro, León XIV recordó cómo “el bien no puede venir de la
prevaricación” en cualquier ámbito, no solo pastoral sino también social y
político.
“La
ocupación imperialista del mundo se interrumpe entonces desde dentro, la
violencia que hasta hoy se hace ley queda al descubierto. El Mesías pobre,
prisionero, rechazado, cae en la oscuridad de la muerte, pero así trae a la luz
una creación nueva.”
“Cristo nos
da un ejemplo de dedicación, de servicio y de amor”
La tercera
imagen inmortaliza las manos, aún las del Pontífice, que, en la Misa de la Coena Domini en la Basílica de San Juan de
Letrán, lavaron los pies a los jóvenes sacerdotes consagrados por él mismo. Un
gesto que, en palabras de León XIV, recordó el poder purificador de Dios. Él
lava no solo la sangre que gotea de los conflictos, sino también la imagen
distorsionada que ellos devuelven: las “idolatrías” y las “blasfemias” que la
ensucian. Y con ellas el Señor limpia también al hombre mismo.
“El que se
cree poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él,
que se cree grande cuando es temido. Verdadero Dios y verdadero hombre, Cristo
nos da en cambio un ejemplo de dedicación, de servicio y de amor.”
Sobre las
“huellas” de Jesús
Los llamados
del Papa sobre la paz remiten a la continua dicotomía entre mal y amor. De la
misma manera, las meditaciones escritas por el padre Francesco Patton, ya
custodio de Tierra Santa, para el Vía Crucis presidido por el mismo Pontífice,
identificaron una ambivalencia similar, recorriendo la misma senda transitada
por Jesús entre personas que compartían “la fe” y “otros que se burlan e
insultan”. “Así es la vida de todos los días”, escribió el fraile menor: así es
el camino trazado siguiendo “las huellas” de Jesús, como afirmó el Pontífice
recitando la Oración Omnipotens compuesta por San Francisco de
Asís, junto a unos 30.000 fieles presentes en el Coliseo en la noche del
Viernes Santo.
“Dios no
quiere nuestra muerte”
Es nuevamente
la oscuridad, esta vez preludio de la mañana de Pascua, la que acompañó la Vigilia en la Basílica de San Pedro llena de 6.000
personas. Dios “no quiere nuestra muerte”: este fue el llamado del Papa,
urgente frente a la narrativa de los conflictos que reduce a las víctimas a
fríos números.
“El hombre
puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, que va
más allá de la muerte y que ninguna tumba puede aprisionar.”
León XIV
exhortó a dar vida a un “mundo nuevo, de paz, de unidad”, partiendo de los
fracasos de la humanidad, con referencia al mar por el que Dios liberó a los
israelitas de la esclavitud en Egipto. Un elemento que el Pontífice definió
“puerta de entrada” para el inicio de una vida “libre”, pero también “lugar de
muerte”, justo mientras la crónica devolvía otra tragedia en el Mediterráneo:
el naufragio de una embarcación que salió de Libia, causando más de 70
desaparecidos, y los relatos de los supervivientes, en estado de shock, en
Lampedusa. El lugar donde León XIV se dirigirá el próximo 4 de julio.
“El Señor
está vivo y permanece con nosotros”
La noche, el
amanecer y luego la Misa en el día de Pascua. El cielo claro de la Plaza de
San Pedro, 60.000 fieles presentes. Ciertamente, el mal no se borra en un día:
la guerra “mata y destruye” y la amenaza siempre acecha:
“La vemos
presente en las injusticias, en los egoísmos parciales, en la opresión de los
pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles. La vemos en la violencia,
en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva desde todos lados
por los abusos que aplastan a los más débiles, por la idolatría del lucro que
saquea los recursos de la tierra, por la violencia de la guerra que mata y
destruye.”
Pero se puede y
se debe recoger la invitación pascual a “levantar la mirada”, vislumbrando el
“espacio para una nueva vida que surge”, más allá de los sepulcros y del dolor.
“El Señor
está vivo y permanece con nosotros. A través de grietas de resurrección que se
abren en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos
sostiene: el poder de la muerte no es el destino final de nuestra vida.”
“La fuerza
con la que Cristo ha resucitado es totalmente no violenta”
Es la
invitación final del Pontífice, que también resuena en el tradicional mensaje
para la Urbi et Orbi.
“Nos estamos
acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos
indiferentes. Indiferentes a la muerte de miles de personas. Indiferentes a las
repercusiones de odio y división que los conflictos siembran. Indiferentes a
las consecuencias económicas y sociales que producen y que todos percibimos.”
Porque si en el
mundo hay batallas, el ejemplo para vencerlas surge de la Pascua: manos que
abrazan, y que no empuñan armas.
“La fuerza
con la que Cristo ha resucitado es totalmente no violenta.”
Una exhortación
que resuena en el llamado dirigido el martes pasado en Castel Gandolfo por León
XIV al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y a los líderes del mundo:
“Vuelvan a
la mesa para dialogar, busquemos soluciones a los problemas, busquemos maneras
de reducir la violencia que estamos alimentando. Y que la paz, especialmente en
Pascua, esté en nuestros corazones.”
Edoardo
Giribaldi
Ciudad del
Vaticano
Fuente: Vatican News