| Dominio público |
Iba a
celebrar allí el Domingo de Ramos según una secular tradición. La noticia tuvo
repercusión internacional y gobernantes de todo el mundo protestaron por esta
prohibición. Podemos preguntarnos por qué. ¿Qué tiene este lugar que no tengan
otros en tantos lugares del mundo dónde los cristianos, de forma habitual, no
pueden celebrar libremente su fe?
Este triste
suceso me recordaba el pasaje con el que concluía la lectura de la pasión según
san Mateo que se proclamó en todas las iglesias del mundo ese mismo domingo.
Allí se cuenta que, después de morir Jesús y tras ser colocado en ese mismo
lugar, los sumos sacerdotes y los fariseos fueron a ver al gobernador romano,
Poncio Pilato, para pedirle que pusiera el sepulcro bajo vigilancia, de forma
que los discípulos no pudieran acercarse. Temían que los discípulos de Jesús
simularan una resurrección que él mismo había anunciado. Pilato se lo permitió
y ellos sellaron la piedra que hacía de puerta del sepulcro y colocaron una
guardia para que nadie se acercase.
La semejanza
entre ambos hechos es palmaria. Pero el resultado es el mismo. Los sumos
sacerdotes y fariseos podían intentar que los discípulos de Jesús no entraran
en el sepulcro. Pero su temor era bastante insustancial. Si hubiera sido, como
ellos temían, un engaño, podemos estar seguros de que el anuncio de la
resurrección no hubiera tenido un recorrido muy largo. Aquellos que habían
abandonado a Jesús al pie de la cruz no iban a morir por una mentira.
Pero lo que los
guardias romanos y la piedra sellada no podían impedir de ningún modo es que el
que estaba muerto, depositado en esa tumba, resucitara. Y ahora vive para
siempre. La importancia de este lugar no está en lo que hay allí, sino
precisamente en lo que no hay: está vacío. El sepulcro vacío es un signo. Un sepulcro
nos habla de muerte, de podredumbre y de final definitivo. Pero este sepulcro
vacío, paradójicamente, ha sido fuente de vida para millones de peregrinos a lo
largo de dos milenios.
Porque lo
que importa no es el sepulcro, sino que los discípulos se encontraron después,
resucitado, con aquel que había yacido allí cadáver y recibieron el don de su
Amor, el Espíritu Santo, el Paráclito que transformaría su vida y les impulsaría
hasta los confines de la tierra.
La resurrección
de Jesucristo, que celebramos este domingo, es el hecho central de la historia,
marcando absolutamente un nuevo comienzo. Es la manifestación de la acción de
Dios en medio de nosotros. El Hijo de Dios no vino para acabar con la violencia
del hombre a través de una violencia aún mayor. Vino para cargar con todo el
pecado del mundo entregando su propia vida en humilde obediencia al Padre.
De esta
forma, Dios entró en el misterio de la muerte y acabó con ella desde dentro. En
el mundo sigue habiendo sufrimiento y violencia; la guerra parece campar a sus
anchas y los hombres, una vez más, nos mostramos incapaces de sentarnos en una
mesa para colaborar en el bien de todos.
El sepulcro
vacío no es una huida de la sufriente realidad de nuestro tiempo, sino,
precisamente, la única esperanza cierta ante ella. Mientras los hombres
seguimos empeñados en llenar la tierra de nuevas tumbas, la fe nos recuerda que
la última palabra no la tiene la muerte, sino la Vida que brotó de aquel lugar.
A pesar de
las prohibiciones, de las guerras que parecen no tener fin y de nuestra propia
fragilidad, el anuncio sigue siendo el mismo: «No está aquí. Ha resucitado».
Esa es nuestra mayor alegría y el verdadero fundamento de nuestra esperanza.
Que este Domingo de Resurrección, al mirar hacia Oriente Medio y tantos otros
lugares envueltos en la guerra, no solo veamos un conflicto político o una
tradición impedida, sino la certeza de que el amor de aquel que se entregó en
la cruz ha vencido al odio.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia