«Nuestros padres nunca nos empujaron. Fueron muy buenos, gente divertida con gran respeto por sacerdotes y monjas», decía el padre Creede
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| El padre William Creede mostrando una foto con sus padres y los ocho hermanos |
Hay familias
que no tienen hijos. Otras, como la familia Creede, de Australia,
tuvieron ocho. Hay familias que no tienen hijos o hijas en la vida
religiosa, y hay otras, como los Creede, en las que los ocho la abrazaron
como monjas o sacerdotes.
Ninguno
continuó la descendencia familiar. A los abuelos les hubiera gustado tener
algún hijo que diese continuidad al apellido. Hasta principios de 2020
solo quedaba el anciano padre William, pero en abril de ese año con él
desapareció esta estirpe. Un linaje fecundo para Dios.
Redentoristas,
vicencianos, de la Presentación...
El padre
William (1927-2020) era uno de los pequeños de la familia. Fue sacerdote
redentorista. Sus hermanos Aina, Thérèse, Moira, Breidha,
Bernadette, Thomas y Peter pertenecieron a diversas congregaciones.
La mayoría de
las chicas ingresaron en las Hermanas de la Presentación, excepto
una que fue Hermana de la Misericordia. De los chicos, dos
fueron redentoristas y otro vicenciano.
Una familia
feliz
Se podría
pensar que fueron los padres quienes empujaron a sus hijos a que ingresaran en
la vida religiosa, pero no fue así.
El padre
William explicaba: “Realmente la llamada vino por nosotros mismos. Nuestros
padres nunca nos orientaron o nos empujaron de alguna forma. Mi padre y mi
madre fueron muy buenos, gente divertida, que tenían gran respeto por los
sacerdotes y las monjas. Mi padre y mi madre se sintieron felices con
Dios. Mi familia no era una familia piadosa. Era una familia feliz”,
sentencia.
Sus padres eran
hombres de fe. Su madre, de hecho, pertenecía a la orden tercera de los
carmelitas. También es verdad que sus padres eran de origen irlandés, y su
casa desde siempre estuvo abierta a los sacerdotes.
De hecho, era
habitual que los lunes, el día en que suelen descansar los párrocos,
algunos viniesen a su casa. La madre les preparara una buena comida,
mientras las chicas tocaban el piano y les cantaban alguna canción.
Un párroco
entregado a sus feligreses
El sacerdote
redentorista explicaba que todo empezó con el párroco de su parroquia,
el padre O’Connell, de Santa Ágata, en Clayfield (en la imagen de
abajo). Un hombre que se desvivía por sus ovejas y viceversa:
“Nos tenía a todos impresionados. Su influencia fue tremenda”.
William recibió
de sus manos la Primera Comunión: “Cuando la recibí sentí que el
Señor me llamaba”. Con él surgió la primera llamada a hacerse sacerdote.
Llamado a la
misión
Le atraía
el ser sacerdote misionero e ir por todo el mundo predicando a Cristo,
por eso al principio pensó en los padres de San Columbano, pero fue sobre todo
a través de su hermano Thomas, que ya estaba estudiando en el seminario de los
redentoristas, como se convenció: “Yo escuché una conferencia en la escuela
redentorista, y ellos decían que también iban a lugares como los padres de San
Columbano”.
Una vocación
vivida en familia
De entre todos
los hermanos, Bernadette era para él como su hermana gemela. Siempre iban
juntos a todas partes. Crecieron juntos. Incluso cuando rezaban el
rosario en familia, dirigían juntos la decena. Otras veces “tenían que
despertarnos a los dos para que rezásemos la nuestra…”
Cuando
Bernadette tenía 17 años -su madre ya había muerto años antes- su padre le
dijo: “Bernadette, si tú estás pensando en la vida religiosa, estate seguro que
yo no voy a interferir. Has de saber esto, hijita, Dios cuidará de tu
padre”.
Poco después
ella ingresaba en la vida religiosa, y pasado el tiempo, con unos pocos días de
diferencia, ella hacía su profesión solemne y William se ordenaba
sacerdote.
Nadie me
pertenece ya
Es extraña la
sensación de encontrarse solo: “Me siento un poco inquieto siendo el
último de la familia. Ya no tengo a nadie que me pertenezca”, lamentaba el
padre Creed.
Bernadette
murió años antes, y él acudía una vez al mes al cementerio en donde se
encuentran enterrados sus padres y la mayoría de sus hermanos: “Allí se
encuentra mi nicho preparado, junto al de Thomas y cerca del de Bernadette”,
decía.
Toda una
vida misionera
El padre
William pudo decir que su vida había estado llena de color, aventura y
mucho viaje. A lo largo de su vida sacerdotal misionó por multitud de
países como Tailandia, China, Corea, Malasia, Mongolia, Papua Nueva Guinea,
Filipinas, Singapur, Paquistán, Japón, Birmania, Laos e Irlanda.
“Ha sido
maravilloso ser sacerdote misionero. Una vez que sentí mi llamada a la
misión, siempre me atrajo esa vocación”. La edad no es una limitación en su
compromiso sacerdotal: "Yo podría ir de nuevo. No es imposible".
Fernando de Navascués
Fuente:
ReligiónenLibertad
