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| El Papa durante su visita a la Escuela Pontificia Pablo VI de Castel Gandolfo el 17 de diciembre de 2025. Crédito: Vatican Media. Dominio público |
Al inicio de la misiva, el Santo Padre describe el deporte como
una actividad común y abierta a todos, “saludable para el cuerpo y para el
espíritu, hasta el grado de constituir una expresión universal de lo
humano”.
A continuación, presenta el deporte como un medio para alcanzar
la paz y evoca la Tregua Olímpica de la antigua Grecia, “un acuerdo destinado a
suspender las hostilidades antes, durante y después de los Juegos
Olímpicos”.
Al contrario de los valores que promueve el deporte, como la
cohesión comunitaria y el bien común, el Papa León XIV advierte que la guerra
“nace de la radicalización del desacuerdo y del rechazo de cooperar unos con
los otros”. “El adversario es entonces considerado como un enemigo
mortal, a quien hay que aislar y, si es posible, eliminar”, lamenta el
Pontífice.
En este contexto, propone que se realice una Tregua Olímpica
durante los próximos Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno, exhortando a
todas las naciones a redescubrir y respetar “este instrumento de
esperanza”.
Unión entre el
cuerpo y el espíritu
El Santo Padre pone de relieve el valor formativo del deporte,
subrayando que la persona “debe permanecer siempre en el centro”. Además,
realiza un recorrido a lo largo de la historia, destacando la tradición
paulina, gracias a la cual muchos autores cristianos utilizaron imágenes
atléticas como metáforas para describir las dinámicas de la vida espiritual.
“Hasta hoy, nos hace reflexionar sobre la profunda unidad entre
las diferentes dimensiones del ser humano”, destaca. Asimismo, menciona el
desarrollo de una cultura en la que el cuerpo, unido al espíritu, está
plenamente implicado en las prácticas religiosas, como las peregrinaciones y
las procesiones.
También destaca el valor formativo del deporte, gracias al
aporte de figuras como Hugo de San Víctor y Santo Tomás de Aquino.
La conciencia eclesial de la importancia del deporte
Respecto al deporte como “escuela de vida”, cita también a
grandes educadores como San Felipe Neri y San Juan Bosco, así como la encíclica Rerum
novarum de León XIII, “que estimuló el surgimiento de
numerosas asociaciones deportivas católicas, respondiendo así, en el plano
pastoral, a las cambiantes exigencias de la vida moderna”.
Por su parte, el Pontífice destaca que los primeros Juegos
Olímpicos de 1896 “propusieron una visión del deporte centrada en la dignidad
de la persona humana, en su desarrollo integral, en su educación y en su
relación con los demás, evidenciando su valor universal como instrumento de
promoción de valores tales como la fraternidad, la solidaridad y la paz”.
El Concilio Vaticano II —afirma a continuación— “expresó su
valoración positiva del deporte en el ámbito más amplio de la cultura”. También
recuerda los Jubileos del Deporte promovidos por san Juan Pablo II.
“Gracias a la lectura de los signos de los tiempos —añade— ha
crecido, por tanto, la conciencia eclesial de la importancia de la práctica
deportiva”.
El Papa León XIV, apasionado del tenis, menciona también este
deporte en su carta. Precisa que el tenis consiste en “un intercambio
prolongado”, en el que cada jugador “empuja al otro hasta el límite de su
propio nivel de habilidad. La experiencia es estimulante y ambos jugadores se
incitan mutuamente a mejorar”.
Una
“oportunidad educativa formidable”
Asimismo, precisa que el deportista a menudo concentra por
completo su atención en lo que está haciendo, y afirma que, en los deportes de
equipo no contaminados por el culto al lucro, los jóvenes “se ponen en juego”
en relación con algo que para ellos es mucho más importante, lo que concibe
como “una oportunidad educativa formidable”.
Para el Santo Padre, los entrenadores desempeñan un papel
fundamental en la creación de entornos donde estas dinámicas puedan vivirse.
Cuando un entrenador “está animado por valores espirituales y humanos, y un
joven forma parte de un equipo así, aprende algo esencial sobre lo que
significa ser humano y crecer”.
Además, subraya que el deporte debería ser accesible a todas las
personas que deseen practicarlo, y lamenta que, en algunas sociedades, a las
jóvenes y a las mujeres todavía no se les permite practicar deportes.
Los riesgos que
lo ponen en peligro
El Santo Padre se detiene a continuación en los riesgos que
ponen en peligro los valores deportivos, ligados especialmente a diferentes
formas de corrupción vinculadas a la economía y las finanzas.
Por ello, el Papa advierte que los problemas aparecen cuando el
negocio se convierte en la motivación principal o exclusiva: “Cuando se busca
maximizar las ganancias, se sobrevalora lo que puede ser medido o cuantificado,
en detrimento de dimensiones humanas de importancia incalculable”.
Cuando el interés económico, especialmente entre los atletas
profesionales, se convierte en el objetivo principal, “corren el riesgo de
concentrarse en sí mismos y en el rendimiento, debilitando la dimensión
comunitaria del juego y traicionando su dimensión social y cívica”, subraya.
También hace referencia a la “dictadura del rendimiento”, que
puede inducir al uso de sustancias dopantes y a otras formas de fraude, y
“puede llevar a los jugadores de deportes de equipo a centrarse en su propio beneficio
económico más que en la lealtad hacia su disciplina”.
En este sentido, el Papa afirma que el rechazo del dopaje y de
toda forma de corrupción “es una cuestión no sólo disciplinar, sino que afecta
al corazón mismo del deporte”.
El peligro de convertir la afición en fanatismo
También posa su mirada en los espectadores que pertenecen a un
equipo u otro, y advierte sobre la afición convertida en fanatismo: “Puede
resultar problemático cuando se transforma en un modo de polarización que
conduce a la violencia verbal y física”.
“Aquí el deporte no une, sino que divide; no educa, sino que
deseduca, porque reduce la identidad personal a una pertenencia ciega y
opositora”, remarca.
A continuación, destaca el significado educativo del deporte,
que “se revela de manera particular en la relación entre victoria y derrota”.
Además, indica que perder “no coincide con el fracaso de la persona, sino que
puede convertirse en una escuela de verdad y de humildad”.
“El deporte educa de ese modo a una comprensión más profunda de
la vida, en la que el éxito nunca es definitivo y la caída nunca tiene la
última palabra”, asegura.
“No es extraño, además, que el deporte sea revestido de una
función casi religiosa. Los estadios se perciben como catedrales laicas, los
partidos son liturgias colectivas, los atletas como figuras salvíficas. Esta
sacralización revela una auténtica necesidad de sentido y de comunión, pero
corre el riesgo de vaciar tanto el deporte como la dimensión espiritual de la
existencia”, indica el Pontífice.
Alerta a su vez sobre el peligro del narcisismo y el culto a la
propia imagen, que “amenaza con fragmentar a la persona, separando el cuerpo de
la mente y del espíritu”.
Redescubrir a los santos deportistas
El Santo Padre subraya que es necesario "redescubrir las
figuras que hayan unido pasión deportiva, sensibilidad social y santidad”. En
este contexto, cita a San Pier Giorgio Frassati, joven turinés apasionado del
alpinismo “que unía perfectamente fe, oración, compromiso social y
deporte”.
También pide evitar la instrumentalización política de las
competiciones deportivas internacionales: “Las grandes manifestaciones
deportivas deberían ser lugares de encuentro y de admiración recíproca, no
escenarios para la afirmación de intereses políticos o ideológicos”.
Asimismo, señala que las tecnologías aplicadas al rendimiento
“amenazan con introducir una separación artificial entre cuerpo y mente,
transformando al atleta en un producto optimizado, controlado, potenciado más
allá de los límites naturales”.
“Recuperar el valor auténtico del deporte significa, entonces,
restituir su dimensión encarnada, educativa y relacional, para que siga siendo
una escuela de humanidad y no un mero dispositivo de consumo”, señala.
Una pastoral del deporte para la vida en abundancia
El Santo Padre afirma que es necesario que las Iglesias
particulares “reconozcan el deporte como espacio de discernimiento y
acompañamiento, que merece un compromiso de orientación humano y espiritual”
Por ello, señala que “poner en práctica el deporte como
herramienta comunitaria abierta e inclusiva es otra tarea decisiva”.
También indica que la vida espiritual “ofrece a los deportistas
una visión que va más allá del rendimiento y del resultado. Introduce el
sentido del ejercicio como práctica que forma la interioridad. Ayuda a dar
sentido al esfuerzo, a vivir la derrota sin desesperación y el éxito sin
presunción, transformando el entrenamiento en disciplina de lo humano”.
Por último, explica que “no se trata de una acumulación de
éxitos o logros, sino de una plenitud de vida que integra el cuerpo, las
relaciones y la interioridad”.
“Así, el deporte puede llegar a ser verdaderamente una escuela
de vida, en la que se aprende que la abundancia no nace de la victoria a
cualquier precio, sino del compartir, del respeto y de la alegría de caminar
juntos”, concluye.
Por Almudena Martínez-Bordiú
Fuente: ACI
