Agradecer por los bienes recibidos es un bálsamo para el alma de la persona que actúa con desinterés porque es reconocer en ella la mano de Dios que nos ama
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Aprender a agradecer es una
costumbre de urbanidad y exquisita educación, no cabe duda. Pero en el ámbito
espiritual, es ir más allá de una simple regla de etiqueta, se trata de
reconocer la mano de Dios en todo lo que recibimos y tratar con delicadeza a
nuestros semejantes.
Una importante actitud
No podemos negar que cuando
alguien nos agradece por algo, nos sentimos contentos y motivados para
continuar haciendo el bien, por pequeño que este sea.
Y quien recibe el beneficio sabe
que lo menos que puede hacer es expresar su agradecimiento. Esta es una actitud
noble y que ayuda a que las relaciones humanas se afiancen. Y para la gente que
tiene fe, es un reflejo del amor de Dios.
Es tan importante el
agradecimiento que hasta la santa Misa ha sido llamada por la Iglesia
"acción de gracias".
Otra muestra la tenemos en san
Pablo, que entendía muy bien el esfuerzo de los colaboradores del Reino de
Dios, es decir, aquellos hombre y mujeres convertidos que servían a los demás
por amor a Cristo. Por eso, en la primera carta a los Tesalonicenses les pide
que los apoyen:
"Les rogamos, hermanos, que
sean considerados con los que trabajan entre ustedes, es decir, con aquellos
que los presiden en nombre del Señor y los aconsejan. Estímenlos profundamente,
y ámenlos a causa de sus desvelos. Vivan en paz unos con otros".
(1 Tes
5, 12-13)
Agradecer siempre
La recomendación del Apóstol bien
se puede traducir como agradecimiento. No se trata de envanecer al servidor
porque para san Pablo solamente estaría haciendo lo que le corresponde. Sin
embargo, es necesario reconocer el bien hecho por los demás.
Por eso, cierra sus exhortaciones
con lo que para él es lo más importante:
"Den gracias a Dios en
toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo
Jesús".
(1 Tes
5, 18)
Agradecer a Dios también
significa agradecer a los otros. Es parte del amor que debemos dar al prójimo
porque, a través de su generosidad, reconocemos la mano providente del Señor.
No dejemos que la indiferencia o
el falso amor propio nos roben la oportunidad de ser agradecidos con Dios y con
el prójimo, sobre todo si es de nuestra familia, porque a veces olvidamos que
lo que hacemos unos por los otros es prueba del amor que nos tenemos, no de la
obligación generada por los lazos que nos unen.
Cultivemos en nuestras relaciones
el agradecimiento para dar gloria a nuestro Señor, que nos ama a todos por
igual.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
