Esta pequeña comunidad católica de Mongolia centrará nuestra atención con motivo del viaje del Papa
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| Fieles de Mongolia. Dominio público |
“La alegría más
bella, dice el cardenal, no nace de contemplar con legítima satisfacción los
frutos del propio trabajo, lo que llena el corazón de gratitud es contemplar la
acción de la gracia a lo largo del tiempo, ver cómo el Señor se ha abierto
camino en el corazón de estas personas”.
La alegría más
bella, reitera, “es acompañar a las personas en su camino de fe”. En el vídeo
recuerda el vuelo que le condujo desde Seúl a Ulán Bator, cuando era un
misionero de la Consolata con tan solo 27 años, y al escuchar a las azafatas se
preguntaba si algún día podría aprender ese idioma que ahora habla con soltura.
Recuerda la
primera misa pública celebrada en un Ger, la tradicional tienda mongola, como
un momento muy bello. Y se refiere a la importancia de conectar con la primera
presencia cristiana en territorio mongol en los primeros siglos de la Edad
Media, cuando los cristianos asirios llegaron a esas tierras y también a China.
De hecho, algunos comandantes del Khan eran cristianos.
Cuando el Papa
le creó cardenal, estando al frente de una comunidad con apenas 1.500
bautizados, Giorgio Marengo entendió que podía ofrecer a la Iglesia universal
la experiencia de una iglesia misionera tan pequeña y nueva.
Piensa que es
importante el intercambio entre la frescura de la fe de su joven comunidad y la
riqueza de la tradición de iglesias con una experiencia más longeva.
Pronto, esta
pequeña comunidad católica centrará nuestra atención con motivo del viaje del
Papa, y quizás nos ayude a entender que la Iglesia siempre está naciendo, que
depende siempre de la gracia de Cristo, aunque tenga a sus espaldas un pasado
glorioso; que siempre es, en cierto modo, nómada, como lo es todavía buena
parte el pueblo de Mongolia, siempre con sus tiendas abiertas al horizonte
infinito.
José Luis Restán
Fuente:
ECCLESIA
