Cada día 16.000 personas se confiesan en las instalaciones portátiles en las que se escucha en más de 50 idiomas
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| Miles de jóvenes se confiesan en el parque del Perdón construido en Lisboa para la JMJ. Foto: Reuters. Dominio público |
En Lisboa son
ciento cincuenta confesionarios abiertos, construidos en madera para la
ocasión, que llenan un parque cercano a la zona Belem, junto al Tajo y el
monumento de los Descubrimientos. Hasta allí han llegado este miércoles dieciséis
mil jóvenes con la intención de practicar el sacramento
menos común y que más les cuesta a las nuevas generaciones: la confesión.
O sin la intención. Como
Inés, una joven estudiante de Medicina sevillana que llega en autobús hasta el
lugar. «Ya estuve ayer -nos cuenta- y hoy repito. Ayer no pensaba confesarme, pero cuando llegué,
me pareció tan superemotivo, cuando vi al santísimo expuesto,
con todo el mundo muy recogido, al ver tantos confesionarios… todo». «Se me
pusieron los pelos de punta y me dije: aquí me tengo que confesar. Y me
encantó», confiesa.
Hoy llega junto, a otros
jóvenes sevillanos de Equipos de Nuestra Señora, con la intención de visitar la Ciudad de la Alegría, una feria vocacional
donde las diferentes congregaciones han montado estands
donde cuentan su estilo de vida. «Vamos a hablar con las monjitas, con
toda la gente», nos cuenta Inés. «Luego iremos a un concierto, después a una
adoración de Effetá en el centro, a una charla con testimonios de Equipos y por
la noche a un concierto de Hakuna», nos devela su apretada agenda.
Las «monjitas» de las que
habla Inés, son las protagonistas de la Feria vocacional. Unas practican una animada coreografía que
replica un grupo multiracial enfrente de su estand. Otras
ofrecen la posibilidad de verse vistiendo su hábito con la figura de una monja
con la cara recortada para que cada uno ponga la suya. Otras, la mayoría,
reparten folletos y estampitas de sus fundadoras. Lo que no falta en ningún
rincón son los corros de jóvenes alrededor de un religiosa y religioso, que les
cuenta como es su vida y responde a sus preguntas.
Entre ellas destacan algunas religiosas de Iesu
Communio, el Instituto fundado por sor Verónica Berzosa en 2010 como escisión
de las clarisas de Lerma. El
hábito azul desgastado de tela vaquera, su evidente juventud (tan poco habitual
entre las monjas) y la sonrisa perenne sirven de
irresistible atractivo para los jóvenes, que parecen escucharlas sin sentido
del tiempo.
Carlota es alta, y su largo pelo rubio, aunque
recogido, lo lleva descubierto, signo de que todavía se encuentra en el tiempo
del noviciado. Lo que no le impide dialogar durante más de media hora con unas
jóvenes argentinas, que no paran de hacerle preguntas. El secreto de su éxito,
y el de todas, nos lo da Myriam, también de Iesu Communio: «Lo que veo, bueno,
y lo que vivo porque yo también soy joven aunque sea consagrada, es que aquí
comprobamos que el anhelo de los jóvenes es Cristo». «Nos venden que buscamos
la vida fuera, pero la sed que tienen los jóvenes emerge en estos eventos,
aparece la verdad», añade.
Volviendo a la zona de las confesiones acompañamos
a Carlos, de la parroquia de la Consolación de Córdoba. «Quiero confesarme, si
no hay mucha cola», nos dice. Conforme vamos acercándonos a la entrada descubrimos los 150 confesionarios,
perfectamente alineados en un descampado del parque, entre árboles.
Construidos en contrachapado, con forma de casita, tienen dos asientos. En uno,
los curas revestidos con la estela morada, esperan a los jóvenes, que son
acompañados por los voluntarios en función de su idioma.
En efecto, en la zona de entrada, cinco carteles
con las banderas de las lenguas más usadas, ejercen de improvisado triaje
y cada joven escoge la
fila que se corresponde, con el idioma en que quiere confesarse.
Aunque hay cinco filas, las confesiones pueden ser en más de cincuenta lenguas.
La de español, es la más larga. El temor de Carlos, que no quería esperar mucho
tiempo. Aun así, decide quedarse y se pone a la espera.
Y es
que el español es la lengua franca en la zona. A que la
delegación española sea la más numerosa, con ochenta mil registrados, se suman
otros tantos de todas las delegaciones iberoamericanas y el esfuerzo por
hacerse entender los portugueses, mucho más duchos con nuestra lengua, que los
españoles con la suya. La JMJ de Lisboa habla español.
Ya en la cola, Carlos cuenta que «hubo un periodo en que me separé de la
Iglesia y sí veía la confesión como algo residual, antiguo, que
no me servía para nada en el día a día». «Luego hice un retiro, con Effetá, que
me hizo volver a la Iglesia y desde entonces intento confesarme más a menudo»,
nos explica. Para él, la confesión es como un diálogo. «Ante cualquier cosa que
veo mal, por mínimo que sea, intento hablarla y buscarle un remedio», añade.
Dejamos a Carlos en la cola, que se nos antoja
será por largo tiempo, y nos encontramos con Edson un joven sacerdote
«valenciano», pero «de Venezuela», nos dice entre risas. Lleva dos horas condensado «pero se me ha
hecho corto», cuenta. «¡Me encantó!», responde efusivo cuando
le preguntamos por la experiencia. «Es la primera vez que participo en una
celebración tan masiva del sacramento y lo que más me ha llamado la atención es
que a pesar de los idiomas, los colores, la razas y todas las diferencias que
nos podemos encontrar aquí, hablamos un mismo idioma, el lenguaje de la fe».
Edson se queda en una
sombra, quitándose la estola y el alba que ha usado durante la confesión,
mientras los jóvenes esperan en la cola, al sol, su turno. El joven cura se ríe cuando le digo que parece
que los jóvenes estén haciendo la penitencia antes de confesar sus pecados.
Pero ahí siguen. Carlos, el joven cordobés, ya queda lejos, en la cola, cuando
seguimos el camino y nos adentramos por el camino que lleva a los
confesionarios, marcado por voluntarios para mantener la privacidad de cada una
de las confesiones.
JOSÉ RAMÓN NAVARRO-PAREJA
Fuente: ABC
