Capítulo 3: QUE LAS PALABRAS DE DIOS SE DEBEN OIR CON HUMILDAD, Y CÓMO MUCHOS NO LAS CONSIDERAN COMO DEBEN.
1. Oye,
hijo, mis palabras, palabras suavísimas que exceden toda la ciencia de los
filósofos y sabios de este mundo.
Mis palabras son espíritu y vida, y no se pueden
ponderar por la razón humana. No se deben traer para vana complacencia, sino
oírse en silencio, y recibirse con toda humildad y grande afecto.
El Alma:
2. Dijo
David: Bienaventurado aquel a quien Tú, Señor, instruyeres, y a quien mostrares
tu ley; porque le guardes de los días malos, y no sea desamparado en la tierra.
Jesucristo:
3. Yo,
dice Dios, enseñaré a los Profetas desde el principio, y no ceso de hablar a
todos hasta ahora, pero muchos son duros y sordos a mi voz.
Oyen con más gusto al mundo que a Dios; y más
fácilmente siguen el apetito de su carne, que el beneplácito divino.
El mundo promete cosas temporales y pequeñas, y
con todo eso le sirven con grande ansia: Yo prometo cosas grandes y eternas, y
entorpécense los corazones de los mortales.
¿Quién Me sirve a Mí, y obedece en todo con
tanto cuidado, como al mundo y a sus señores se sirve?
Avergüénzate, Sidón, dice el mar. Y si preguntas
la causa, oye el por qué.
Por un pequeño beneficio van los hombres largo
camino, y por la vida eterna con dificultad muchos levantan una vez el pie del
suelo.
Buscan los hombres viles ganancias; por una
moneda pleitean a las veces torpemente; por cosas vanas, y por una corta
promesa no temen fatigarse de noche y de día.
4. Mas
¡ay dolor! que emperezan de fatigarse un poco por el bien que no se muda, por
el galardón que inestimable, y por la suma gloria sin fin.
Avergüénzate, pues, siervo perezoso y
descontentadizo, de que aquellos se hallen más dispuestos para la perdición que
tú para la vida.
Alégranse ellos más por la vanidad que tú por la
verdad.
Porque algunas veces les miente su esperanza;
pero mi promesa a nadie engaña, ni deja frustrado al que confía en Mí.
Daré lo que he prometido; cumpliré lo que he
dicho, si alguno perseverare fiel en mi amor hasta el fin.
Yo soy remunerador de todos los buenos, y fuerte
examinador de todos los devotos.
5. Escribe
tú mis palabras en tu corazón, y considéralas con mucha diligencia, pues en el
tiempo de la tentación te serán muy necesarias.
Lo que no entiendes ahora, cuando lo lees,
conoceráslo en el día de mi visitación.
De dos maneras acostumbro visitar a mis
escogidos, esto es, con tentación y con alivio.
Y dos lecciones les doy cada día: una
reprendiendo sus vicios; otra amonestándolos al adelantamiento de las virtudes.
El que entiende mis palabras y las desprecia,
tiene quien le juzgue en el postrero día.
Oración para pedir la gracia de la devoción
6. Señor
Dios mío, Tú eres todos mis bienes. ¿Quién soy yo para que me atreva a
hablarte?
Yo soy un pobrísimo siervecillo tuyo, y
gusanillo desechado, mucho más pobre y despreciable de lo que yo sé y puedo
decir.
Pero acuérdate, Señor, que soy nada, nada tengo
y nada valgo.
Tú solo eres bueno, justo y santo; Tú lo puedes
todo, lo das todo, dejando vacío solamente al pecador.
Acuérdate de tus misericordias, y llena mi
corazón de gracia; pues no quieres que sean vacías tus obras.
7. ¿Cómo
podré sufrirme en esta miserable vida, si no me confortare tu gracia y
misericordia?
No me vuelvas el rostro; no dilates tu
visitación; no desvíes tu consuelo, porque no sea mi alma para Ti como la
tierra sin agua.
Señor, enséñame a hacer tu voluntad; enséñame a
conversar delante de Ti digna y humildemente, pues Tú eres mi sabiduría, que en
verdad me conoces, y conociste antes que el mundo se hiciese, y yo naciese en
el mundo.
Fuente:
Catholic.net
