La figura de Juan Bautista personifica la espiritualidad del Adviento
| Dominio público |
Hasta el tetrarca Herodes Antipas,
que ordenó su decapitación, lo respetaba, le oía con gusto, y lo defendía
porque sabía que era un «hombre justo y santo» (Mc 6,19). Pero el mejor elogio
de Juan lo hace Jesús, al presentarlo como el mayor entre los nacidos de mujer
y definirlo como la lámpara que ardía y brillaba.
El dato de que el prólogo del cuarto
evangelio, que es un himno dedicado al Verbo eterno y encarnado, introduzca al
Bautista y afirme que fue «enviado por Dios» como «testigo, para dar testimonio
de la luz, para que todos creyeran por medio de él», es la prueba de su
eminente papel en la vida de Cristo.
Juan Bautista es el último
gran profeta del Antiguo Testamento cuya misión es presentar al Mesías que
llevará a cabo la restauración del mundo y la redención del hombre. Él deja
claro que no es el Mesías, ni Elías ni el Profeta definitivo. Se define a sí
mismo simplemente con las palabras de Isaías: «La voz que grita en el desierto:
allanad el camino el Señor».
Si Cristo es la Palabra, el Bautista
es la voz que prepara su venida. Si Cristo es la Luz del mundo, Juan es la
lámpara que arde y brilla. Si el Precursor bautiza con agua, Cristo bautizará
con Espíritu Santo. Juan está al servicio de Cristo. De ahí que se desprenda de
sus discípulos para que sigan a Jesús, y define su relación con Cristo con
estas significativas palabras: «Él tiene que crecer y yo que menguar» (Jn 3,30).
En este segundo domingo de
Adviento, el Evangelio de Lucas presenta a Juan en las coordenadas históricas
de su tiempo con gran solemnidad para darnos a entender que el Bautista no es
una ficción ni un personaje de leyenda, sino que pertenece a la historia de
Cristo.
Dice así: «En el año decimoquinto del
imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y
Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y
Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y
Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto»
(Lc 3,1). Lucas no puede ser más preciso, pero, junto a los datos históricos,
introduce la nota distintiva de la fe: «vino la palabra de Dios sobre Juan».
Como sucedió en otros momentos de la
historia de Israel, Juan es un llamado por Dios para proclamar su palabra, que
anunciará la llegada de los tiempos nuevos. La voz que grita en el desierto
posee la fuerza de la palabra de Dios que está a punto de intervenir de modo
definitivo en la historia de Israel y de la humanidad enviando a su Hijo.
Se explica entonces que el Bautista
personifique la espiritualidad del Adviento, pues invita a acoger al Salvador y
le prepara el camino, según la profecía de Baruc que se lee este domingo: «Dios
ha mandado rebajarse a todos los montes elevados y a todas las colinas
encumbradas; ha mandado rellenarse a los barrancos hasta hacer que el suelo se
nivele, para que Israel camine seguro, guiado por la gloria de Dios. Ha
mandado a los bosques y a los árboles aromáticos que den sombra a Israel.
Porque Dios guiará a Israel con alegría, a la luz de su gloria, con su justicia
y su misericordia».
Esta es la misión de Juan: anunciar
que el desierto será un vergel porque Dios, en su Hijo, viene a guiar a su
pueblo.