Este lunes 22 de noviembre el Papa Francisco entregó a los miembros del Episcopado italiano un díptico con una imagen de Jesús Buen Pastor y las “Bienaventuranzas del obispo”
Crédito: Daniel Ibáñez - ACI Prensa |
El diario Avvenire,
de los obispos italianos, informó que el texto ha sido extraído de una homilía
del Arzobispo de Nápoles, Mons. Domenico Battaglia.
Este fue entregado por el Santo Padre a los prelados al inicio del
diálogo con los obispos en el Ergife Palace Hotel de Roma, donde se realiza,
hasta el 25 de noviembre, la 75° Asamblea General Extraordinaria de la
Conferencia Episcopal Italiana (CEI) bajo el lema “Camino Sinodal de la Iglesia
en Italia”.
Al llegar al lugar, el Papa fue recibido por el Cardenal Gualtiero
Bassetti, presidente de la CEI; y los demás miembros de la directiva del
Episcopado. Al concluir el encuentro, alrededor de las 6:00 p.m. (hora local),
Francisco volvió al Vaticano.
Vatican
News dialogó brevemente con Mons. Stefano Russo, secretario general de
la CEI, quien comentó que el encuentro fue “muy bello y de familia”.
“El díptico que nos ha entregado es una exhortación para que el
obispo sea siempre testimonio de la misericordia. El tema de esta asamblea es
el camino sinodal de las Iglesias en Italia”, dijo el Obispo.
“Vivimos el tiempo de escucha y como siempre el Papa, antes que
nadie, da testimonio. Hoy ha venido entre nosotros, los obispos, y se ha puesto
a escuchar”.
Las “Bienaventuranzas del Obispo”, escritas en italiano y que el
Papa Francisco entregó a los prelados presentes, son las siguientes:
Bienaventurado el obispo que hace de la pobreza y del
compartir su estilo de vida, porque con su testimonio está construyendo el
Reino de los Cielos.
Bienaventurado el obispo que no teme mojar su rostro con
lágrimas, para que en ellas puedan reflejarse los dolores de la gente, las
fatigas de los presbíteros, encontrando en el abrazo con quien sufre, el
consuelo de Dios.
Bienaventurado el obispo que considera su ministerio un
servicio y no un poder, haciendo de la mansedumbre su fuerza, dando a todos el
derecho de ciudadanía en el propio corazón, para habitar la tierra prometida a
los mansos.
Bienaventurado el obispo que no se cierra en los palacios del
gobierno, que no se convierte en un burócrata atento más a las estadísticas que
a los rostros, a los procedimientos que a las historias, buscando luchar junto
al hombre por el sueño de justicia de Dios, porque el Señor, encontrado en el
silencio de la oración cotidiana, será su alimento.
Bienaventurado el obispo que tiene corazón para la miseria
del mundo, que no teme ensuciarse las manos con el fango del alma humana para
encontrar el oro de Dios, que no se escandaliza del pecado y de la fragilidad,
porque es consciente de su propia miseria, porque la mirada del Crucifijo
Resucitado será para él sello de perdón infinito.
Bienaventurado el obispo que aleja el doble corazón, que
evita toda dinámica ambigua, que sueña el bien también en medio del mal, porque
será capaz de alegrarse con el rostro de Dios en cada charco de la ciudad de
los hombres.
Bienaventurado el obispo que obra la paz, que acompaña los
caminos de reconciliación, que siembra en el corazón del presbiterio la semilla
de la comunión, que acompaña a una sociedad dividida por el sendero de la
reconciliación, que toma la mano de cada hombre y cada mujer de buena voluntad
para construir la fraternidad. Dios lo reconocerá como su hijo.
Bienaventurado el obispo que por el Evangelio no teme andar
contracorriente, haciendo su rostro “duro” como el de Cristo camino a Jerusalén
sin dejarse frenar por las incomprensiones y los obstáculos, porque sabe que el
Reino de Dios avanza en la contradicción del mundo.
Por Walter Sánchez Silva
Fuente: ACI Prensa