“Hay un peligro mortal para la Iglesia y es el de vivir como si Cristo no existiera"
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| El Cardenal Raniero Cantalamesa, imparte su segunda predicación de Cuaresma |
Al igual que el viernes pasado, también esta mañana a partir de
las 9.00, en el Aula Pablo VI los Cardenales, Arzobispos, Obispos,
Prelados de la Familia Pontificia, con los empleados de la Curia Romana y del
Vicariato de Roma y los Superiores generales o los Procuradores de las Órdenes
religiosas pertenecientes a la Capilla Pontificia asistieron a la segunda
predicación de Cuaresma del Cardenal Raniero Cantalamessa, Predicador de la
Casa Pontificia.
Vivir como si Dios
no existiera
En su amplia
introducción el Predicador comenzó a partir del pensamiento moderno expresado
en la máxima de vivir como si Dios no existiera a la que, por ejemplo, el
pastor Dietrich Bonhoeffer trató “de darle un contenido cristiano positivo”, no
como “concesión al ateísmo”, sino como “un programa de vida espiritual” para “hacer
el propio deber, aunque Dios parezca ausente”. Y explicó que “en otras
palabras”, el concepto quería significar “no hacer de él un Dios-tapagujeros,
siempre dispuesto a intervenir donde el hombre ha fallado”. Sin embargo, añadió
que “en esta versión, la máxima es discutible y con razón ha sido contestada”.
Pero su interés radica en el hecho de que:
“Hay
un peligro mortal para la Iglesia y es el de vivir ‘etsi Christus non daretur’,
como si Cristo no existiera. Es el presupuesto con el que el mundo y sus medios
de comunicación hablan todo el tiempo de la Iglesia. De ella interesan la
historia – especialmente la negativa, no la de la santidad – la organización,
el punto de vista sobre los problemas del momento, los hechos y los chismes
internos”
El Cardenal
Cantalamessa afirmó que la persona de Jesús a duras penas suele ser nombrada, y
recordó que hace unos años —y sigue viva en algún país— se propuso la idea de
una posible alianza entre creyentes y no creyentes, basada en los valores
civiles y éticos comunes, en las raíces cristianas de nuestra cultura, etc. Un
acuerdo, en otras palabras, no basado en lo que sucedió en el mundo con la
venida de Cristo, sino en lo que sucedió a continuación, después de él”.
“A
ello se añade un hecho objetivo, que por desgracia es inevitable. Cristo no
aparece en ninguno de los tres diálogos más animados que tienen lugar hoy entre
la Iglesia y el mundo”
El Predicador
agregó en este punto que Cristo “no entra en el diálogo entre fe y filosofía,
porque la filosofía se ocupa de conceptos metafísicos, no de realidades
históricas como es la persona de Jesús de Nazaret; no entra en el diálogo con
la ciencia, con la que sólo se puede discutir de la existencia o no de un Dios
creador y de un proyecto inteligente debajo de la evolución; por último, no
entra en el diálogo interreligioso, donde se trata de lo que las religiones
pueden hacer juntas, en el nombre de Dios, por el bien de la humanidad”.
La
Iglesia debe permanecer anclada a Cristo
Después
de destacar las palabras que el Santo Padre pronunció durante la Audiencia
General del 25 de noviembre pasado, en que se refirió a las características
esenciales de la vida eclesial: “la escucha de la enseñanza de los apóstoles,
primero; segundo, la custodia de la comunión recíproca; tercero, la fracción
del pan y, cuarto, la oración”, que recuerdan que la existencia de la Iglesia
tiene sentido si permanece firmemente unida a Cristo, retomó el concepto de
“las cuatro coordenadas de la Iglesia”, que “se reducen, en palabras del Papa,
a una sola: permanecer anclada a Cristo”. Por esta razón – explicó el
Predicador – nació en él “el deseo de dedicar estas meditaciones
cuaresmales a la persona de Jesucristo”.
Cristo el hombre perfecto
Llegado
a este punto el Purpurado recordó que “durante la vida terrenal de Jesús nadie
pensó nunca en cuestionar la realidad de la humanidad de Cristo, es decir, el
hecho de que fuera verdaderamente un hombre como los demás”.
“Cuando
habla de la humanidad de Jesús, el Nuevo Testamento se muestra más interesado
en la santidad de la misma que en la verdad o la realidad de ella, es decir,
más en su perfección moral que en su integridad ontológica”
Jesús el hombre nuevo
Tras
referirse a la época del Concilio de Calcedonia con su idea de la humanidad de
Cristo recordó que el Nuevo Testamento no está interesado tanto en afirmar que
Jesús es un hombre “verdadero”, cuanto que es el hombre “nuevo”. A quien San
Pablo define como “el último Adán”, es decir, “el hombre definitivo”.
“Cristo
reveló al hombre nuevo, el creado según Dios en la justicia y santidad
verdadera”
La
santidad de Cristo
También
dedicó su reflexión a contemplar la santidad de Cristo, para dejarse ante este
primer plano sobre Jesús explicando lo que deseaba “hacer en esta meditación”:
“Dejarnos
fascinar por la belleza infinita de Cristo, el más bello de los hijos de los
hombres”
Las Bienaventuranzas son el autorretrato de Jesús
Al
respecto afirmó que “las Bienaventuranzas son el autorretrato de Jesús” y
añadió que “la conciencia de Jesús es un cristal transparente. Nunca la más
mínima admisión de culpa, o petición de disculpa y perdón, ni hacia Dios ni
hacia los hombres. Siempre la tranquila certeza de estar en verdad y en lo
correcto, de haber actuado bien; que es muy distinto de la presunción humana de
justicia. Ningún otro personaje de la historia se atrevió a decir esto de sí
mismo”. Al
referirse a la santidad de Cristo explicó lo que significa para nosotros. Lo
que implica:
“La
sorpresa feliz es que Jesús comunica, da, nos regala su santidad. Que su
santidad es también nuestra. Es más, que él mismo es nuestra santidad”
Por otra
parte, recordó que Cristo es “justicia, santidad y redención”. Si bien, añadió,
“tenemos muchas otras oportunidades para hablar y escuchar sobre el deber de
imitar a Cristo y cultivar las virtudes, que, por una vez, es bueno detenerse
aquí”. Mientras tras afirmar que “la santidad de Jesús consistió en hacer
siempre lo que al Padre le gustaba, dijo al concluir:
“Tratemos
de preguntarnos tan a menudo como podamos, frente a cada decisión que hay que
tomar y de cada respuesta que hay que dar: ‘¿Qué es, en el presente caso, lo
que a Jesús le gustaría que haga?’ y hacerlo sin demora”
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