La religiosa española ha sido premiada por el secretario de Estado de EE.UU.
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| La hermana Alicia Vacas, "mujer de coraje" para EEUU tras arriesgar su vida durante el Covid |
Donde nadie más está
para ayudar
“A menudo, las
religiosas sirven en áreas donde los gobiernos han fallado, y donde las
organizaciones humanitarias luchan con un enorme riesgo para sus enviados”,
señaló el Secretario de Estado Anthony Blinken el pasado 8 de marzo.
Con estas palabras, Blinken destacó la labor realizada por la
hermana comboniana de origen español Alicia Vacas, que se sumergió en el epicentro
europeo de la pandemia para ayudar a sus hermanas víctimas del Covid.
Voluntaria en el corazón
de la pandemia
“Por desgracia, una
de nuestras comunidades en Bérgamo (Lombardía) se infectó al principio
de la pandemia, donde se infectaron 45 de las 55 hermanas que vivían en la
comunidad”, explicó la hermana Alicia. “Empezamos a recibir muy malas noticias,
y varias hermanas que también éramos enfermeras nos ofrecimos voluntarias para ir a ayudarlas”.
Este no es el
primer premio que recibe. 8 años de misión con las Combonianas de Egipto y
15 en Tierra Santa –donde se encuentra actualmente– le han valido otros
reconocimientos, como el premio “Puentes y no muros” de Pax Christi en 2015.
La hermana Alicia, una
más de la familia
Su dilatada
experiencia como misionera bien merece la entrega de estos
reconocimientos, ya que, como contó en Vida Nueva,
para ella esta es una labor cotidiana, de todos los días.
“Una familia beduina tiene tres hijos enfermos con una dolencia
genética muy grave. Estamos muy cerca de ellos, les acompañamos muchas veces al
hospital y en todos los procedimientos burocráticos”, afirmó.
“Un día, al más enfermo de los tres, con solo nueve años, le
tenían que amputar una pierna… Allí estábamos sus padres, un rabino y yo.
Pasamos unas horas muy malas en la sala de espera. Cuando salió el cirujano,
llamó a ‘la familia’ y el padre nos llamó con él, emocionándome comprobar cómo
para ellos somos su familia. Tras insistir el cirujano en que solo hablaría con
‘la familia’, el padre, muy serio, le dijo: ‘Quien está conmigo mientras le amputan una pierna a mi hijo, esa
es mi familia’”.
Escuelas para los niños
beduinos
Gran parte de la labor que realizan las hermanas Combonianas es
gracias a Manos Unidas, y no se limita a la sanidad. Aunque la hermana Alicia
se formó como enfermera, cuando llegó a Tierra Santa entendió que lo que pedían las familias beduinas pobres eran
escuelas para sus hijos.
Por lo tanto, empezó a centrarse en el ámbito educativo, en
crear escuelitas infantiles y guarderías “en campamentos en pleno
desierto. Gracias a Manos
Unidas y voluntarios españoles, empezamos con cuatro y ya más de nueve. Varias
decenas de mujeres beduinas son sus propias profesoras de infantil, enfermeras
o sanitarias”, explica. Comenta que los niños beduinos en Tierra Santa a veces
se ríen de su acento árabe egipcio: “hablas como en las telenovelas”, le
dicen, porque todos ven telenovelas egipcias.
Ayuda a mujeres víctimas
de la trata
Las combonianas en Tierra Santa trabajan también con mujeres
muy pobres víctimas de redes de tráfico de personas, inmigrantes eritreas en su
gran mayoría. “Es un proyecto muy bonito de integración y solidaridad que da esperanza a más de 300 mujeres
cuya situación era desesperada. En él compartimos espacio mujeres
africanas, israelíes, internacionales, las hermanas…”
Las hermanas Combonianas, con el apoyo de esta y otras entidades
católicas, también mantienen también el llamado Hospital Italiano de
Kerak, “al sur de Jordania, en la zona más desfavorecida del país. Este
hospital es la única obra social de la Iglesia en una región donde apenas llegan el
Estado y otras entidades. Es un lugar de referencia para los beduinos de
Jordania y para muchísimos refugiados iraquíes y sirios”.
A ambos lados del muro
entre Israel y Palestina
Entrevistada en la revista Ecclesia,
Alicia explicaba que “en Jerusalén, nuestra comunidad está en Betania, pegada
al muro que separa Israel y Palestina. De hecho, el muro se levanta sobre
la verja de nuestro jardín. Cuando lo construyeron perdimos el contacto con
Betania, así que alquilamos una casa al otro lado y dos hermanas viven
ahora en un piso junto a los cristianos del otro lado. Somos una única comunidad,
¡pero vivimos en dos casas a ambos lados del muro! En realidad,
podemos hablar por la ventana, pero para venir de una casa a la otra tenemos
que hacer 18 kilómetros y dar la vuelta al check point, el punto de control
militar”.
Su vocación nació para
mejorar el mundo
Cuenta en Forum Libertas que
“mi familia era cristiana practicante, sencilla, obrera de clase media en
Valladolid. Estudié en un colegio de las Franciscanas de los Sagrados Corazones,
que tenía un grupo juvenil
donde íbamos creciendo en la fe. Teníamos inquietud por lo social y el
Tercer Mundo", explica.
"Supimos por casualidad de la Pascua Joven Misionera de los
combonianos, fuimos en grupo, y me pareció una espiritualidad más encarnada.
Como tantos jóvenes me
preguntaba por el sentido de la vida, por cómo mejorar el mundo o por
la felicidad. Me preguntaba: ¿cómo, con quién y cuánto volcarme? Me di cuenta
de que tenía dos certezas: quería darlo todo y para siempre. Vi que eso
era un deseo de consagrarme, una vocación".
Entré en
las combonianas con 18 años y estudié con ellas en España e Italia.
Siempre había tenido inclinación por el mundo sanitario y estudié los tres
años de enfermería en Gijón”.
Testigo de cómo la
enfermedad acerca a Dios
En 2012, mucho antes de la pandemia, ya por su experiencia como
enfermera que ha trabajado con muchos pobres, afirmaba que la enfermedad acerca a Dios.
“La enfermedad nos saca de nuestro sueño de omnipotencia, nos
ayuda -si nos dejamos- a encontrarnos en nuestra fragilidad y humanidad y
ahí Dios se hace evidente. Tras la etapa de rebeldía ante el dolor, puede
llegar un sentido de entrega, acogida, desde la dependencia. Puede ser muy
bonito. Aprendes a valorar
y ser valorado por quien eres, no por lo que haces“, apuntó.
Fuente: ReL
