El tema de este año es: “¿Quién dices que soy?”
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| El cardenal Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia |
“¡Convertíos
y creed en el Evangelio!”
El Predicador de la
Casa Pontificia comenzó explicando que dedicaba esta primera meditación a una
introducción general al tiempo cuaresmal, antes de entrar en el tema específico
programado, una vez terminados los ejercicios espirituales de la Curia. Y
recordó que en el Evangelio del Primer Domingo de Cuaresma del Año B han
escuchado el anuncio programático con el que Jesús inicia su ministerio
público: “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios se ha acercado;
¡Convertíos y creed en el Evangelio!”. Por esta razón su meditación se basó en
este llamamiento de Cristo que es siempre actual.
Al respecto explicó
que de conversión se habla en tres momentos o contextos diferentes del Nuevo
Testamento. Y dijo que cada vez se resalta un nuevo componente suyo. De manera
que esos tres pasajes dan una idea completa de lo que es la metanoia evangélica,
a la vez que añadió:
“Hay
una conversión para cada estación de la vida. Lo importante es que cada uno de
nosotros descubra la adecuada para él en este momento”
¡Convertíos,
es decir, creed!
El Cardenal
Cantalamessa dijo que la primera conversión es la que resuena al principio de
la predicación de Jesús y que se resume en las palabras: “Convertíos y creed en
el Evangelio” (Mc 1,15),
parágrafo a partir del cual explicó lo que significa la palabra conversión:
“`Convertíos
y creed´ no significan dos cosas diferentes y sucesivas, sino la misma acción
fundamental: ¡Convertíos, es decir, creed! `Prima conversio fit per fidem´,
dice santo Tomás de Aquino: La primera conversión es creer. Todo esto requiere
una verdadera `conversión`, un cambio profundo en la forma de concebir nuestras
relaciones con Dios. Exige pasar de la idea de un Dios que pide, que manda, que
amenaza, a la idea de un Dios que viene con las manos llenas para dársenos del
todo. Es la conversión de la `ley´ a la `gracia´, que era tan querida para san
Pablo”
“Si no
os convertís y no os hacéis como niños...”
Tras referirse al
segundo pasaje en el que, en el Evangelio, se vuelve a hablar de la conversión
y en el que entre otras cosas se lee: “En verdad os digo: si no os convertís y
nos hacéis como en niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,1-4).,
el Predicador afirmó:
“También
para nosotros hacernos niños significa volver al momento en que descubrimos que
fuimos llamados, en el momento de la ordenación sacerdotal, de la profesión
religiosa, o del primer verdadero encuentro personal con Jesús. Cuando dijimos:
¡Sólo Dios basta! y creímos en ello”
“No
eres ni frío ni caliente”
En el tercer
contexto en el que tiene lugar la invitación a la conversión, el Cardenal
predicador dijo que “lo dan las siete cartas a las Iglesias del Apocalipsis”,
que “están dirigidas a personas y comunidades que, como nosotros, han vivido
durante mucho tiempo la vida cristiana y, más aún, ejercen en ellas un papel de
liderazgo”. Y añadió que, de estas siete cartas del Apocalipsis, “la que sobre
todo debería hacernos reflexionar es la carta a la Iglesia de Laodicea”, cuyo
tono duro dice: “Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente... Porque eres
tibio, no eres ni frío ni caliente, te voy a vomitar de mi boca... Sé celoso y
conviértete” (Ap 3,
15s).
“Se
trata de la conversión de la mediocridad y de la tibieza. En la historia de la
santidad cristiana el ejemplo más famoso de la primera conversión, del pecado a
la gracia, es san Agustín”
Además, el
Predicador recordó que “el ejemplo más instructivo de la segunda conversión, de
la tibieza al fervor, es santa Teresa de Jesús”, que dijo de sí misma algo
“exagerado y dictado por la delicadeza de su conciencia”, que puede servirnos a
todos para un examen de conciencia:
“De
pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión, a
meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas
vanidades […]. Dábanme gran contento todas las cosas de Dios; teníanme atada
las del mundo. Parece que quería concertar estos dos contrarios, tan enemigo
uno de otro, como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos
sensuales”
Después de destacar
que “según el Nuevo Testamento hay una circularidad y una simultaneidad, de
modo que, si es cierto que la mortificación es necesaria para alcanzar el
fervor del Espíritu, también es cierto que el fervor del Espíritu es necesario
para llegar a practicar la mortificación”, el Predicador de la Casa Pontificia
aludió a San Ambrosio, “cantor por excelencia, entre los Padres latinos, de la
sobria ebriedad del Espíritu”, quien dijo:
“También
hay otra ebriedad que está operando a través de la lluvia penetrante del
Espíritu Santo. Así, en los Hechos de los Apóstoles, los que hablaban en
diferentes idiomas se aparecieron a los oyentes como si estuvieran llenos de
vino”
Hacia el final de
su predicación el Cardenal Cantalamessa afirmó que “el bautismo en el Espíritu
ha demostrado ser un medio sencillo y poderoso para renovar la vida de millones
de creyentes en casi todas las Iglesias cristianas”. Y concluyó invitando a
pedir a la Madre de Dios “que nos obtenga la gracia que obtuvo del Hijo en Caná
de Galilea. Por su oración, en aquella ocasión, el agua se convirtió en vino.
Pidamos que a través de su intercesión el agua de nuestra tibieza se convierta
en el vino de un fervor renovado. El vino que en Pentecostés provocó en los
Apóstoles la sobria ebriedad del Espíritu y los hizo fervientes en el
Espíritu”.
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