La autoridad de Jesús, en realidad, radica en su
propia persona, en su conciencia de ser Hijo de Dios y su enviado, que enseña
no solo con palabra, sino con obras. Así, en el Evangelio de hoy, Jesús realiza
la curación de un poseso que gritaba contra Jesús porque había venido a
destruir el poder del mal. Después de curarlo, los testigos del milagro
afirman: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso
manda a los espíritus inmundos y lo obedecen» (Mc 1,27). Es claro, en este
comentario de la gente, que la enseñanza de Jesús es nueva, no solo por sus
contenidos, sino por la autoridad que la respalda con su poder milagroso. Como
sucede con la curación del paralítico curado en Cafarnaún, el milagro de Jesús
refrenda su capacidad para perdonar los pecados, que es propia y exclusiva de
Dios.
Estas consideraciones sobre la «novedad» que aporta Cristo en su enseñanza y en su modo de actuar explican el impacto que produjo su persona entre sus contemporáneos y sus propios discípulos que se preguntaban: ¿Quién es este? Esta cuestión se halla en el centro de los tratados cristológicos. Sin decirlo expresamente, Jesús ha respondido a esta pregunta mediante circunloquios que le sitúan en el ámbito de Dios, en la unidad con aquel a quien llama Padre.
Esta conciencia de ser Hijo de Dios
explica la novedad en todo lo que hace: puede hablar en su nombre, interpretar
la ley, hacer milagros y, sobre todo, entregar su vida a favor de los hombres
en su muerte y resurrección. El modo de hablar de Jesús sobre sí mismo revela
su identidad y nos abre las puertas de su propia conciencia. Sus obras, por
otra parte, dan testimonio de que su enseñanza es verdadera porque hace lo que
dice con plena autoridad. La curación del poseso muestra sobre todo que su
poder está por encima del mal, al que ha venido a vencer. Por eso, el espíritu
inmundo, al ver a Jesús, reconoce su poder y su identidad: «¿Has venido a
acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios» (Mc 1,24).
La novedad de Jesús es, en realidad, él mismo. Su persona encarna el reino que trae y la salvación que ofrece a los hombres. No es un profeta más, ni siquiera el que esperaba Israel, según la promesa de Moisés. Jesús supera las profecías y trasciende los esquemas del Antiguo Testamento. En su persona ha comenzado el tiempo definitivo porque solo él puede decir: «Mira, hago nuevas todas las cosas» (Ap. 21,5).
