Con toda seriedad advierte Jesús que el hombre puede perder su alma aunque haya ganado el mundo entero. No es difícil ver hoy que muchos renuncian a salvarse, e incluso a salvar su honra privada y pública, si, en contrapartida, llenan los bolsillos de euros
En el Evangelio del domingo
pasado leíamos que, después de la confesión de Pedro, Jesús llama
bienaventurado a Pedro por haber recibido de Dios el conocimiento de su
condición de Mesías e Hijo del Dios vivo.
Hoy leemos la continuación
de este Evangelio. Jesús, para enseñar a sus discípulos que él no es un mesías
político, sino el siervo de Dios humilde y humillado, les revela lo mucho que
debe padecer para consumar su misión.
Pedro, al oírle hablar de
su pasión, llevando a Jesús aparte, le increpó y le dijo: «¡Lejos de ti tal
cosa, Señor! Eso no puede pasarte» (Mt 16,22). Jesús le replicó: «¡Ponte detrás
de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los
hombres, no como Dios».
Estas son las palabras más
duras que Jesús dirige a un apóstol suyo porque ve en él un obstáculo en el
camino que le ha trazado su Padre. Pedro, que confesó la fe en Cristo, se
convierte ahora en instrumento de Satanás para desviar a Jesús de su camino,
como queriendo llevar la delantera. Por eso Jesús le ordena: «¡Ponte detrás de
mí, Satanás!».
Jesús no se contenta con
reprender a Pedro, sino que, dirigiéndose a sus discípulos, les exhorta a
seguirle con su propia cruz, «porque quien quiera salvar su vida, la perderá;
pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un
hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?» (Mt 16,25-26).
Esta advertencia de Jesús
seguramente parecerá obsoleta a mucha gente. Hoy día, hablar de perder el alma
resulta trasnochado. Hace tiempo que, incluso en la iglesia, tenemos miedo (¿o
reserva?) a hablar de la posibilidad de perdernos para siempre, una vez pasado
el umbral de la muerte.
A no ser que pensemos que Jesús no sabía lo
que decía cuando hablaba del peligro de la perdición eterna, o del destino
final del hombre alejado de Dios —lo cual nos convertiría a nosotros en jueces
de Jesús—, sus serias palabras sobre el destino final del hombre permanecen
inmutables aunque no concuerden con nuestras opiniones.
Cualquiera que se tome en
serio los evangelios, debe reconocer que la tentación de ponerse delante de
Cristo para indicarle el camino es muy frecuente. Como si Jesús, al hablar de
la libertad del hombre, le hubiera cortado alas para no volar hacia la altura.
¡Así le evitaba, naturalmente, caerse al suelo!
Con toda seriedad advierte
Jesús que el hombre puede perder su alma aunque haya ganado el mundo entero. No
es difícil ver hoy que muchos renuncian a salvarse, e incluso a salvar su honra
privada y pública, si, en contrapartida, llenan los bolsillos de euros.
La frivolidad con que el
hombre se busca a sí mismo sólo es comparable con el orgullo de creerse dueño y
señor de este mundo. Nos rasgamos las vestiduras cuando oímos hablar de
corrupción, pero no llegamos al fondo de las cosas, cuando la reducimos al
nivel de lo económico o de lo sexual, como si el dinero y el sexo fueran los
únicos pecados capitales.
No nos atrevemos a
interrogarnos por la corrupción de la mente, que subvierte los valores con la
facilidad de quien cambia de corbata. Mentir, chantajear, servirse del poder en
beneficio propio, son pasiones del corazón humano que pueden arruinar la propia
vida y la ajena. Corruptio optimi pessima, dice una máxima latina.
Y es evidente que lo mejor
del hombre no es ni el dinero que tiene ni el sexo del que puede disfrutar,
sino la razón que le permite ser libre y escoger siempre el camino de la verdad
y del bien. Si la razón se corrompe, la ruina es estrepitosa.
No vivimos tiempos para
metafísicas, ni religiones, ni siquiera para entrar en el interior de nuestra
conciencia y pensar. Parece que salvar la vida es lo que importa, aunque al
final se pierda el alma.
+ César Franco
Obispo de Segovia.