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tareas super concretas y 3 claves para amarse más a uno mismo
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RAYUL/Unsplash | CC0 |
Todos
necesitamos momentos para apreciar lo valiosos que somos. Es innegable que uno
de los mayores sufrimientos que padece el ser humano en nuestro tiempo es la
falta de un auténtico amor propio. Nos cuesta vernos como Dios nos ve, mirarnos
con ojos de amor y de misericordia.
1. Eres bueno y digno de
amor
Un gran paso para amarte a
ti mismo es abrazar el amor que se te da
libremente en este preciso momento. Porque eres, en este instante de tu vida,
profundamente amado.
Sí en este momento. No más
tarde, no después de haber perdido peso. No después de que alcances el éxito.
No cuando logres resolver tu vida. No después de que seas popular. No más
tarde, una vez que obtengas el liderazgo en tu grupo de amigos, ni una vez que
ese chico o chica linda te note.
Hay
alguien que está amándote antes de que algo de eso suceda. Con seguridad, y lo más
importante, incluso si nada de eso sucede.
Dios
no está esperando alguna versión 2.0 de ti para amarte. Dios
no te ama por lo que haces, ni por lo que logras. Dios te ama por ti.
Eres sostenido por el amor.
El hecho de que existas es un acto de amor. Hay un
Dios amoroso que decidió que el mundo sería mejor contigo, y es gracias al amor
profundo y personal de este creador por ti, que en cada instante puedes
respirar, pensar y ser.
2. No necesitas un amor
romántico para ser feliz
Otro gran momento de amor
propio ocurre cuando aceptamos que una pareja romántica no es necesaria para
validarnos como seres humanos.
En serio, ¿quién dijo que el
romance lo era todo? Muchos como Shakespeare han escrito historias bastante
convincentes que nos han entretenido a todos, historias que capturan nuestra
imaginación y nos hacen pensar sobre qué es el amor.
Pero aquí hay un punto:
Jesús no dijo: “bienaventurados los casados porque de ellos es el reino de los
cielos” o “ama a Dios y ama a tu pareja romántica como a ti mismo”. Y esto se
debe a que el amor romántico no es la respuesta a
nuestro deseo de felicidad.
Sí, es verdad, fuimos
creados para el encuentro, para amar y ser amados, pero a veces limitamos
muchísimo lo que eso significa.
Tanto en el sermón de la
montaña (Mateo 5), como en el pasaje sobre el mandamiento más importante de
todos (Mateo 22), Jesús nos propone un enfoque más creativo para las
relaciones; uno que está ordenado al Amor. Un
Amor con mayúscula, uno que va un poco más allá de lo que puedo sentir.
Tristemente nuestro mundo ha separado el amor humano en todas
sus formas reduciéndolo a algo puramente “mundano” donde Dios está de más,
incluso molesta. En el
mundo encontramos un eros sin ágape y entre los creyentes encontramos
un ágape sin eros.
El eros sin ágape es un amor romántico, muy a
menudo pasional. Un amor de conquista que reduce al otro a
un objeto de placer e ignora toda dimensión de fidelidad y de donación de sí.
Es lo que el lenguaje común entiende, actualmente, como “amor”.
El ágape sin eros es como un “amor frío”, un “amar
con la cabeza”, sin participación de todo el ser, más por imposición de la
voluntad que por un impulso íntimo del corazón.
“Si el
amor mundano es un cuerpo sin alma, el amor practicado así es un alma sin
cuerpo. El ser humano no es un ángel, es decir, un puro espíritu; es alma y
cuerpo sustancialmente unidos: todo lo que hace, incluyendo amar, debe reflejar
esta estructura suya”
(Raniero Catalamessa).
Tenemos una urgencia de
redescubrir el amor en su unidad. El amor verdadero comprende el eros y el ágape. No podemos separar
estas dos dimensiones del amor sin destruirlo.
Si
dejas que Jesús te ame podrás amarte, y si te amas, podrás amar bien y
descubrirás un montón de felicidad, de belleza y de esperanza. El amor de
Dios conduce al amor propio, conduce al amor al prójimo.
3. Eres capaz de amarte a
ti mismo
Crecer en el amor propio es
una práctica continua. Requiere esfuerzo todos los días. Muchas serán las
circunstancias de la vida que afectarán tu capacidad de hacerlo bien, pero vale
la pena luchar por ello.
No quiero que pienses que
soy una experta en el amor propio, también tengo mis días malos. Pero estoy
agradecida de estar en un lugar donde puedo tratar
de hacer una cosa todos los días para mostrarme el amor que recibo como una
hija amada de Dios.
Aquí hay algunas cosas pequeñas,
pero útiles, que pueden servir:
- Deja de seguir cualquier cuenta en las redes sociales que te haga sentir menos que la persona increíble que eres.
- Dedica un tiempo de tu semana para pasar tiempo contigo. Ya sean 15 o 30 minutos. Desconéctate y pasa un rato tranquilo orando, pensando en ti.
- Tómate 15 minutos para sentarte o acostarte y pensar en todo lo que tu cuerpo es capaz de hacer: parpadear, respirar, crecer, bombear sangre, lo que sea, y presta atención a lo genial que es que el Señor hizo todo esto para ti.
- Toma letras de canciones inspiradoras, citas de la Biblia o citas de santos. Conviértelas en carteles para poner en tu cuarto y recordarte que eres amado.
Dondequiera que te
encuentres en el viaje hacia el amor propio, recuerda que en este instante eres
profundamente amado.
Luisa
Restrepo
Fuente:
Aleteia