La alegría por el retorno del pecador tiene en el cielo la magnitud de
la fiesta
En las parábolas de la
misericordia Jesús nos ha dejado el retrato de su Padre. Si por un azar, los
evangelios se perdieran y sólo nos quedáramos con estas tres parábolas de
Lucas, habríamos conservado la quintaesencia de la enseñanza de Jesús sobre la
misericordia del Padre.
Es sabido que en estas
parábolas Jesús se defiende de quienes, entre los fariseos y los letrados
criticaban su relación con los pecadores, dado que un maestro de la ley debía
evitarla. Jesús les dirige este alegato para que conozcan cuál es el secreto
del juicio de Dios sobre los pecadores arrepentidos.
En las dos primeras
parábolas sorprende la desproporción del comportamiento del pastor que abandona
sus noventa y nueve ovejas por salir a buscar solo una. Y el de la mujer que
pierde una moneda y pone todo su empeño en encontrarla. Quiere decir, en ambos
casos, que lo perdido es más estimable que lo poseído. Y que una oveja y una
dracma tienen el valor del conjunto. Por otra parte, para un pastor que ama a
sus ovejas, cada una tiene un gran valor, y para una mujer que seguramente ha
perdido una dracma de la dote de su boda, como parece ser el caso, se trataba
de la décima parte de su pequeño tesoro.
En la tercera parábola la
relación no es la del propietario con sus cosas, sino la del padre con su hijo
menor, que se marcha de casa para dilapidar la parte de su hacienda. Entra el
juego la relación paternofilial que va más allá del valor de un objeto.
La parábola del hijo pródigo
está cargada de simbolismo. En su desvarío, el hijo termina cuidando puercos,
animal impuro para los judíos, símbolo de la bajeza de su estado. El traje, la
túnica, el anillo y las sandalias con que el padre le reviste, indican la
recuperación de su dignidad perdida, la que tenía antes de marcharse de casa. El
encuentro entre el padre y el hijo está descrito con una conmovedora emoción,
pues al padre, al divisar en la lejanía el retorno, echa a correr, conmovido
internamente, se le echa al cuello, lo abraza y le cubre de besos. Al hijo apenas
le da tiempo a confesar su culpa y arrepentimiento. Todo ha quedado disuelto
por el abrazo del padre, que se adelanta en el amor, y lo engendra de nuevo con
la misericordia.
Es claro reconocer en la
figura del hijo mayor, el símbolo de los fariseos que criticaban a Jesús. El
enfado, el orgullo, la negación a entrar en el banquete son actitudes que no
corresponden a un hermano bueno, que se alegra del retorno de quien se había
perdido. El padre actúa con misericordia, saliendo afuera y recordándole su
condición de hijo fiel que cuenta con todo el patrimonio del padre: «Todo lo
mío es tuyo». No cabe mayor magnanimidad ni mayor signo de confianza.
Este hijo, que se creía
bueno, ha estado viviendo en la casa del padre, como si fuera un mercenario, no
un hijo; un asalariado, no un heredero; un extraño que no reconoce a su
hermano. El «deberías alegrarte» es un reproche del padre que indica la única
actitud posible, capaz de derrotar a la envidia asesina de las entrañas
misericordiosas. La alegría por el retorno del pecador tiene en el cielo la
magnitud de la fiesta, que en la tierra se refleja en el banquete que se da al
hijo recuperado, que, para el padre, nunca ha dejado de ser hijo, como el
hermano mayor.
El secreto del juicio de
Dios es la misericordia que Jesús practica precisamente en la relación que
sostiene con los pecadores. Como fruto de ella, la alegría se extiende sobre la
tierra porque ha llegado el único que puede acoger a los pecadores e
incorporarlos a la fiesta, pues cada vez que uno se convierte hay más alegría
en el cielo que por aquellos que, teniéndose por justos, creen que no necesitan
perdón. Son estos los que, como el hermano mayor, no entienden la alegría de la
fiesta.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
