Escoger el último puesto es propio del hombre humilde que ha superado la
convencional apariencia de ser importante
La enseñanza moral de Jesús está
llena de pequeños detalles, que le sirven para explicar actitudes fundamentales
del vivir cristiano. Partiendo de costumbres sociales, Jesús abre el horizonte
del conjunto de la vida moral indicando así que en lo pequeño subsiste lo
grande.
En el evangelio de hoy, Jesús explica dos virtudes fundamentales de la
vida cristiana: la humildad y la magnanimidad. La primera constituye el
fundamento de la vida moral; la segunda, es la actitud de los espíritus grandes
que buscan hacer el bien por encima de todo.
Para ayudar a entender la
importancia de estas virtudes, Jesús parte de una costumbre típica de oriente:
el banquete, símbolo de comunión de vida y de hospitalidad. El evangelio de hoy nos presenta a Jesús en
uno de ellos, observando el comportamiento de los participantes.
Viendo
que muchos se afanaban por escoger los primeros puestos, exhorta a la humildad
haciendo lo contrario: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el
puesto principal no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tu, y
vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: cédele el puesto a éste.
Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te
conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que cuando venga el que
convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante los
comensales. Porque todo el que se enaltece, será humillado y el que se humilla
será enaltecido».
Escoger
el último puesto es propio del hombre humilde que ha superado la convencional
apariencia de ser importante. Parece un gesto trivial, pero no lo es. ¡Cómo nos
gusta figurar, sentarnos al lado de personas importantes! Dios no mira las
apariencias sino el corazón humilde y pequeño. Sólo a Dios corresponde
enaltecer, y suele hacerlo cuando descubre a alguien de corazón humilde.
Por lo
que respecta a la magnanimidad, Jesús, dirigiéndose a quien le había invitado,
le exhorta a invitar, cuando dé un banquete, no a quienes pueden devolverle el
favor —parientes, amigos, vecinos ricos— pagándole con la misma moneda. Por le
contrario le anima a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos.
Y la
razón que da para este comportamiento tan inusual es la siguiente: «Dichoso tú
porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos». Las obras
buenas —viene a decir Jesús— las premia Dios, no los hombres. La dicha de hacer
el bien consiste en que el hombre no busca recompensa humana, reconocimientos y
homenajes públicos. Si fuere así, ya estaríamos pagados y nuestra obra buena
habría quedado reconocida en el ámbito de este mundo pasajero.
El
hombre magnánimo piensa en el bien en sí mismo. Su corazón se abre no a los
propios intereses, sino al bien común, que alcanza sobre todo a los más pobres
y necesitados. Y la recompensa que tendrá por su caridad es la vida eterna de
la resurrección final. Sólo Dios puede premiar de este modo, porque sólo Dios
conoce el interior del corazón humano y discierne la rectitud con que hacemos
nuestras buenas obras.
En la
eucaristía que celebra la Iglesia tenemos presentadas de modo eminente estas
dos actitudes evangélicas. La humildad del Hijo encarnado que sirve la mesa
ocupando el último lugar, el del siervo que se humilla hasta dar la vida. Y la
magnanimidad de quien invita a su mesa a quienes jamás podrán pagarle ese
banquete, porque todos los que participamos en él, independientemente de
nuestra condición social más o menos elevada, pertenecemos a ese grupo de
pobres, lisiados, cojos, es decir, los humildes de la tierra que se sientan con
Cristo, no en razón de sus méritos, sino de la amistad que Cristo nos brinda.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
