Describe
que el espíritu que lo visitó llevaba “una tela azul, como vestiría la Virgen
en un cuadro de Rafael”
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En Cuento
de Navidad de Charles Dickens, al personaje Ebenezer Scrooge le
visitan tres espíritus que le muestran el error de su estilo de vida y lo guían
a una conversión vital. Es un cuento clásico navideño que ha sobrevivido al
paso del tiempo.
Curiosamente, un año después de
que Dickens escribiera Cuento de Navidad,
el escritor protestante vivió su propia experiencia espiritual. Escribió sobre
ella en una carta a su amigo John Forster el 30 de septiembre de 1844, estando
de vacaciones en Génova, Italia.
Permite
que te hable de un sueño curioso que tuve la pasada noche del lunes; y de los fragmentos
de realidad que puedo recordar, que me ayudaron a componerlo. Me había vuelto
el reumatismo en la espalda y sentía anudado en torno a mi cintura como un
cinturón de dolor; había estado despierto casi toda la noche debido a esta
aflicción, cuando entonces caí dormido y tuve este sueño.
En un
lugar indistinto, bastante sublime en su indeterminación, me visitó un
Espíritu. No
pude distinguir su rostro ni recuerdo haber deseado hacerlo. Llevaba
una tela azul, como vestiría la Virgen en un cuadro de Rafael, y
no se asemejaba a nadie que conociera, salvo en estatura. Creo (aunque no estoy
seguro) que reconocí su voz.
En cualquier caso, supe que era el
espíritu de la pobre Mary. No sentí miedo en absoluto, sino un gran deleite que
me hizo llorar mucho y estirar mis brazos hacia esta imagen llamándola
“Querida”. Ante mi gesto, creo que retrocedió, y de inmediato
sentí que, al no pertenecer a mi grosera naturaleza, no debí haberme dirigido a
ella con tanta familiaridad. “¡Perdóname!”, dije. “Las pobres criaturas que
somos podemos expresarnos solamente con gestos y palabras. He empleado la
palabra más natural en nuestros afectos; y ya conoces mi corazón”. Sentía tanta
compasión y pena por mí —lo cual sabía yo espiritualmente ya que, como he
dicho, no percibí sus emociones por su rostro— que me llegó al fondo del alma;
y dije entre sollozos: “¡Oh, dame alguna muestra de que me has
visitado realmente!”. “Formula un deseo”, me dijo.
Yo pensé, razonando para mis adentros: “Si
formulo un deseo egoísta, se desvanecerá”. Así que descarté apresuradamente mis
esperanzas e inquietudes propias según llegaron a mi mente y dije: “La
señora Hogarth está rodeada de grandes angustias —observa
que nunca se me ocurrió decir “tu madre” como a una criatura mortal—, ¿la liberarás?”. “Sí”. “¿Y su liberación será una
certidumbre para mí de que esto ha sucedido de verdad?”. “Sí”. “Pero respóndeme
a otra pregunta”, dije en una agonía de súplica por temor a que se marchara. “¿Cuál
es la religión verdadera?”. Como hizo una pausa un momento sin
responder, dije yo –¡sabe el Buen Dios la prisa agónica que tenía yo, no fuera
que se marchara!–: “¿Piensas, como yo, que la forma de la religión no importa
tanto si intentamos hacer el bien?”, dije, observando que aún dudaba y se
emocionaba con la mayor de las compasiones hacia mí, “¿o quizás
la católica romana es la mejor? ¿Tal vez haga que uno
piense en Dios más a menudo y crea en él con más constancia?”.
“Para ti”, dijo el Espíritu, lleno de tanta
ternura celestial por mí que sentí que mi corazón se rompería; “para
ti, ¡es la mejor!”. Entonces me desperté, con lágrimas
corriendo por mi cara, en la misma condición exacta que en el sueño. Acababa de
amanecer. Llamé a Kate y repetí tres o cuatro veces que nunca simplificaría o
exageraría inconscientemente esta historia. Fue exactamente así.
Dickens no estaba seguro
exactamente de la identidad del Espíritu. Dice que “no se asemejaba a nadie que
conociera, salvo en estatura”, pero se refiere al espíritu como “espíritu de la
pobre Mary”, en referencia a su cuñada Mary Hogarth, que había fallecido.
El escritor protestante continúa
explicando en la carta cómo podría haberle influido su dormitorio italiano,
lleno de muebles católicos romanos, incluyendo un altar.
… hay un gran altar en nuestro dormitorio, en
el que algunos familiares que una vez habitaron este palacio celebraron misa
antiguamente; y me había percatado, antes de ir a dormir, que
había una marca en la pared, por encima del sagrario, donde solía haber una
imagen religiosa; y me había preguntado para mis adentros cuál debió haber sido
el protagonista del cuadro y qué rostro tendría. En tercer lugar, había estado
escuchando las campanas del convento (que repican a intervalos durante la
noche) y había pensado, sin duda, en servicios católicos romanos. Y aun así,
con todo esto, pon el caso de que ese deseo se cumpliera por cualquier voluntad
ajena a mi intervención; y me pregunto si debería considerar esto un sueño
o una Visión verdadera.
La validez de un sueño así es
difícil de evaluar a partir de una única carta pero no
sería la primera vez que la Virgen María visita a un no católico. A
lo largo de la historia se sabe que se ha aparecido incluso a ateos.
Dickens quizás experimentara una
versión de su propia historia, con la visita de una mujer celestial que
intentaba orientarle a la práctica de la religión católica.
Philip
Kosloski
Fuente:
Aleteia
